1418, año 18 del rey Taejong
—Anda, vuela —dijo el príncipe heredero Yi Je. El halcón soltó su agarre sin demora, desplegó las alas y se elevó con un gañido agudo que cortó el aire. Él mismo lo había criado desde polluelo, y no perdía ocasión de presumir su destreza.
El ave ascendió como si pudiera tocar el sol, dibujando círculos sobre las copas del bosque que acababa de dejar atrás. Se deslizaba con precisión y ligereza, dueño del cielo. El viento lo sostenía, el sol lo adornaba; sus plumas brillaban como plata flotando en lo alto.
Desde esa altura, la vista era un espectáculo: la nieve cubría la tierra como una manta inmaculada, y la escarcha que bordeaba los senderos devolvía la luz como espejos rotos. Lo más notable era que el halcón todavía distinguía la silueta de su amo, montado sobre un caballo blanco, aguardando con la paciencia de quien sabe leer el aire. A su lado, el rey —un hombre de rostro endurecido por los años— cabalgaba en silencio. Yi Je le lanzó una mirada discreta. El rey se la devolvió. Entonces el joven volvió la vista al cielo.
—¡Que inicie la caza! —anunció una voz, seguida del sonido grave del cuerno.
Yi Je miró una última vez a su halcón con orgullo. Aspiró el aroma húmedo de la tierra y espoleó su caballo. El animal respondió con ímpetu y se adentró en el bosque al mismo tiempo que el del rey. Detrás de ellos, jinetes y soldados se desplegaron con rapidez para custodiar a padre e hijo.
Los gritos resonaban entre los árboles y el suelo temblaba bajo el galope. Los hombres a caballo ajustaban el ritmo para no alejarse demasiado; los soldados a pie corrían con fuerza, desafiando el frío. Algunos se adelantaban con tambores e instrumentos metálicos, para crear un estruendo deliberado para acorralar a las presas.
—¡Justo en la cabeza del jabalí! —gritó un soldado, y los suyos arrastraron el cuerpo hacia el botín.
—¡El príncipe heredero ha abatido otro! —exclamó un jinete. Estallaron vítores desde la retaguardia.
—¡Felicidades, alteza! —dijo Min Mu Hyul, mientras observaba cómo retiraban al animal.
—¿Vieron cómo acertó al primer tiro? —comentó Min Mu Hoe, sujetando las riendas con fuerza por la inquietud de su caballo.
—¡Este es más grande que el anterior, alteza real! —añadió Gyeongnyeong, acercándose al lado izquierdo de su hermano.
Yi Je sonrió con serenidad.
—Tu caza ha sido buena, Bi —dijo, sin bajar la guardia—. Has mejorado desde la vez pasada. —Descansó el arco sobre los muslos y extendió el brazo. El halcón descendió y se posó sobre él—. Pronto podrías dejarme atrás.
—No diga eso, alteza —replicó Gyeongnyeong con una risa tímida—. ¿Quién podría compararse con usted?
—Con esfuerzo, todo es posible —dijo Je, acariciando el plumaje del ave.
—Imagine que me esfuerzo, subo la montaña más alta y salto para tocar el cielo... ¡no lo alcanzaría! Además, usted ha cazado tigres por su cuenta... —chasqueó la lengua—. ¿Qué hizo con la piel del último?De cualquier modo, no puedo vencerlo cuando se nota que el cielo lo bendijo en persona con ese talento.
—¡Eso! ¡Bendecido por los cielos! —voceó Kim Han Ro, el antiguo suegro de Je.
—¿Lo dudan acaso? —añadió Min Mu Hyul, con una sonrisa hacia Hwan Hee y Maeng Sa Seong.
—Por este hombre regresaría al exilio —dijo Hwan Hee.
—Dicen que quien nace con talento no necesita fortuna —sentenció Maeng Sa Seong.
Je observó las risas y los asentimientos con una sonrisa contenida. La confianza que lo sostenía parecía invulnerable.
—Tienen razón, señores —dijo Gyeongnyeong, mientras guiaba su caballo hacia los otros príncipes—. Incluso sin armas, su alteza ganaría. Por eso debería regalarme ese arco. ¡Yo sí necesito un talismán!
El príncipe heredero lanzó de nuevo al halcón al cielo y giró su caballo hacia el grupo. Vio cómo sus hermanos menores negaban con la cabeza al oír la petición de Bi.
—Debes dejar de insistir —dijo Chungnyeong—. Nada en el mundo hará que hyeongnim entregue su arco.
Los señores Min rieron en voz baja.
—Al menos lo intenté —resopló Bi—. Parece que tengo un talento especial para no obtener lo que deseo.
—Sigamos —ordenó Je, mirando al más joven del grupo—. Es el turno de Do.
—Matar por placer sigue siendo contradictorio para mí —dijo Chungnyeong.
—¡No has atrapado un solo conejo desde que empezaste a participar! —comentó Je—. ¿Cómo puedes decir que te causa o no placer? ¿Puedes juzgar sin siquiera intentarlo?
—El príncipe heredero tiene razón, Chungnyeong —dijo Gyeongnyeong—. No entiendo qué te impide hacerlo a ti cuando ni siquiera Hyoryeong, que es un antiguo devoto del budismo y siempre carga un vestido de amargura, se ha negado a participa en la caza.
—¿Así que soy un amargado ante tus ojos? —intervino Hyoryeong al final—. Ante mis oídos eso sonó como un insulto. ¿Me estás insultando con tanta facilida... porque de pronto me menosprecias, Gyeongnyeong?
—En absoluto, magnífico Hyoryeong —aseguró Bi con desenfado. Era un año mayor que Bo, pero tenía un estatus inferior por ser el hijo de una concubina.
El príncipe heredero sacudió la cabeza, pero no pudo deshacerse del gesto cómico que tenía pegado en el rostro.
—¿Volviste a darle a algo, Je? —preguntó el rey, cuya voz surgió tan de repente como su silueta entre los árboles, montado en un caballo marrón.
Los presentes bajaron la mirada e inclinaron la cabeza al reconocer al monarca. Solo Yi Je mantuvo el rostro en alto y esbozó una sonrisa comedida.
—Sí, padre real. Todas las presas de hoy serán atribuidas a usted. Podrá presentar un botín generoso ante su pueblo.
—Su hijo mayor es sin duda talentoso, majestad —añadió Min Mu Hyul.
Algunos del segundo grupo alzaron las cejas con disgusto. Uno de ellos, Yoo Jeong Hyeon, hombre de poca montaba que de repente había conseguido poder, apenas disimuló su desdén.
—Veo que has cultivado bien tus habilidades —continuó el rey, ignorando los comentarios ajenos.