La última luz del atardecer del 24 de Diciembre se desvanecía sobre Seúl, pintando el cielo de un frío color añil. En el silencio opresivo y demasiado pulcro de uno de los departamentos más lujosos del distrito de Yongsan, Jin contemplaba por la ventana las primeras luces navideñas que empezaban a titilar en la ciudad. Un profundo suspiro se escapó de sus labios, empañando momentáneamente el cristal.
Detrás de él, en la sala de estar que parecía sacada de un catálogo de diseño de interiores (donde todo era estético, caro y alarmantemente impersonal), el resto de los miembros de BTS intentaban, con poco éxito, simular una comodidad que no sentían. La gira mundial, los récords, los discursos, las entrevistas y la agotadora maquinaria de ser los artistas más grandes del planeta se había detenido, por fin, por decreto de la propia compañía: “Descanso obligatorio. Nochebuena en familia.”
El problema era que, en ese momento, su única familia eran los siete reunidos allí.
—¿Y esto es “descanso”? — murmuró Jungkook.
Hundiéndose un poco más en el sofá de líneas perfectas, sintiendo cómo el cuero frío le traspasaba el suéter.
— Parecemos maniquíes en un escaparate —
Tenía razón. El árbol de Navidad, comprado y decorado por un servicio profesional, era simétricamente impecable. Las guirnaldas colgaban con precisión milimétrica. El fuego crepitaba en la chimenea eléctrica con una repetitividad hipnótica. Hasta el olor a pinar era artificial, proveniente de un difusor de aroma.
Suga, desde un rincón sombrío, observaba la escena con el ceño ligeramente fruncido. Había imaginado su noche de paz: solo, su estudio, un plato de mandu y tal vez un viejo drama en la televisión. En cambio, estaba atrapado en lo que parecía el set de filmación de un especial navideño surrealista. Revisó su teléfono por décima vez. Nada. La tranquilidad le pesaba.
— Alguien dijo algo de comida, ¿no? — preguntó V, vagando como un fantasma por la cocina de acero inoxidable.
— Hay… agua mineral importada y unas galletas que parecen de porcelana. No me atrevo a tocarlas —
J-Hope, el único que intentaba mantener una chispa del espíritu festivo, había puesto algo de música navideña suave, pero el eco en las paredes desnudas la hacía sonar fantasmal.
— ¡Vamos, chicos! ¡Es Navidad! Podemos… ¡Contarnos historias de fantasmas! — propuso, con un entusiasmo que se desinfló ante las miradas planas que recibió.
RM, que había estado intentando leer un libro de filosofía, lo cerró suavemente. Su mirada recorrió las caras de sus hermanos: la nostalgia de Jin, la incomodidad de Jungkook, el retraimiento de Suga, la perplejidad de V, el esfuerzo de J-Hope y la quietud de Jimin, quien, envuelto en una manta, miraba el árbol sin verlo realmente. Todos estaban físicamente presentes, pero mentalmente a miles de kilómetros: en sus hogares familiares, en sus habitaciones de la infancia, en lugares donde la Navidad tenía sabor a comida casera y caos familiar, no a este silencio pulcro y sofisticado.
Una punzada de responsabilidad, más propia de líder que de compañero en una noche de asueto, le recorrió. Ellos habían conquistado el mundo, pero en esa noche, en ese lujoso aislamiento, se sentían extrañamente huérfanos. El peso de un año entero, de una década entera, pareció depositarse de golpe sobre los hombros de los siete, en medio de un vacío festivo que el lujo no podía llenar.
Fue entonces cuando Jin se volvió lentamente desde la ventana. Una luz peculiar, una mezcla de determinación y desesperación navideña, brilló en sus ojos. La misma luz que precedía a sus ideas más gloriosamente catastróficas.
— Esto — anunció, con una voz que cortó el gélido ambiente.
— Es increíblemente triste. Y yo, como el mayor, me niego a que nuestra Nochebuena sea recordada como el día que nos convertimos en adornos de nuestra propia casa —
Todos lo miraron. Algo en su tono indicaba que la calma, esa calma artificial y opresiva, estaba a punto de terminar. Y que, probablemente, iba a terminar muy, muy mal.
— ¿Qué… qué estás pensando, hyung? — preguntó Jimin, con un atisbo de alerta mezclado con esperanza.
Jin esbozó una sonrisa amplia, la sonrisa que solía preceder al caos.
— Estoy pensando — dijo, frotándose las manos.
— Que si la Navidad no viene a la montaña, la montaña… va a cocinar —
Y en ese preciso instante, sin que ninguno de ellos lo supiera aún, el destino de su tranquila, solitaria y elegante Nochebuena dio un vuelco dramático hacia el territorio de lo impredecible, lo casero y lo potencialmente desastroso. La verdadera historia estaba a punto de comenzar.
Editado: 30.12.2025