La brisa gélida de la noche de Nochebuena en Itaewon les azotó los rostros, una mezcla de aire frío, olor a castañas asadas y la lejana melodía de Jingle Bell Rock procedente de algún café. Los siete, apiñados un momento en la entrada del lujoso edificio, se miraron con una repentina lucidez sobre la locura que acababan de emprender.
— Esto es una mala idea — musitó Suga, cuya bufanda ahora también le cubría las orejas, dándole el aspecto de un erizo gruñón y congelado.
— Demasiado tarde para retroceder — declaró Jin, ajustándose el bigote que amenazaba con emprender vuelo propio.
— Separémonos. Nos encontramos en la caja rápida en… treinta minutos. ¡No más! —
Con la determinación de soldados entrando en territorio enemigo, se dispersaron en la multitud festiva. El Mega Martbrillaba como una nave nodriza alienígena en la noche, sus puertas automáticas deslizándose con un susurro constante para tragar y expulsar a última hora compradores con cara de pánico.
RM, con su gabardina ondeando, se dirigió con paso decidido hacia la sección de vegetales. Su misión era simple: zanahorias, cebollas, patatas. Sin embargo, al llegar al imponente despliegue de verduras, se sintió abrumado por una responsabilidad filosófica. ¿Qué clase de patatas eran las ideales para un guiso? ¿Las rojas o las russet? Se inclinó, frunciendo el ceño ante un cartel que decía “Gamja de temporada”, y comenzó un análisis interno que habría sido apropiado para una tesis doctoral, no para una compra impulsiva de Nochebuena.
Mientras tanto, en el pasillo de los lácteos, Jimin había entrado en un estado de éxtasis nevado. Las neveras largas, repletas de filas interminables de leche, yogures, natas y quesos de todas las formas y tonalidades imaginables, lo hipnotizaron. Su lista decía simplemente “nata para cocinar y queso”. Pero había queso cheddar, mozzarella, gouda, emmental, brie, camembert, y unos cuadrados amarillos con nombres franceses que sonaban a poesía. Extendió una mano, tanteando hacia el paquete de queso rallado, pero su mirada fue capturada por una rueda de brie con una etiqueta que prometía “sabor a hierbas y nueces”. ¿No sería eso más festivo?
— Disculpe — oyó a su lado una voz anciana y temblorosa.
— Joven, ¿me podría alcanzar ese yogur de soja? Está muy alto —
Jimin, automatizado por años de buenos modales, se giró sonriendo.
— ¡Claro, halmeoni! — En su movimiento, la manga de su abrigo de detective enganchó el borde de una bandeja de muestras de queso crema con galletas que un promotor descuidado había dejado en un carrito. La bandeja cayó al suelo con un estrépito metálico y húmedo, salpicando queso crema con sabor a salmón ahumado por sus zapatos y los de la anciana.
— ¡Ay! — exclamó la mujer, dando un paso atrás.
— ¡Lo siento mucho! — gritó Jimin, agachándose de inmediato, su sombrero de fieltro cayéndole sobre los ojos. Al intentar recoger la bandeja, golpeó sin querer el carrito de la promoción, que comenzó a rodar lentamente, con una inercia pesada y ominosa, hacia la pirámide perfectamente construida de latas de leche condensada en el extremo del pasillo.
— ¡No, no, no! — susurró Jimin, persiguiendo al carrito en cámara lenta, como en una pesadilla. Pero era demasiado tarde. El carrito, con un golpe sordo y satisfactorio, hizo contacto.
Lo que sucedió después fue una especie de ballet catastrófico. Una lata rodó. Luego otra. Y de pronto, toda la pirámide cedió a la gravedad en una avalancha metálica y retumbante. Clang, clang, clang, clang. Latas de leche condensada rodaron por el suelo de linóleo como bolos gigantes, golpeando tobillos desprevenidos, chocando contra las ruedas de otros carritos y dispersándose por medio Mega Mart.
Un silencio de shock cubrió el pasillo de lácteos por un segundo. Luego, el grito de un niño emocionado:
— ¡Mamá, mira! ¡Una inundación de leche! — Y el llanto de un bebé, asustado por el estruendo —
Jimin, completamente pálido bajo el ala de su sombrero, se quedó congelado en medio del desastre, un bote de queso crema en una mano y la bandeja torcida en la otra. Vio cómo la anciana a la que había intentado ayudar se alejaba rápidamente, lanzándole una mirada de profunda decepción. Vio al promotor regresar con una bandeja de quesitos nuevos y quedarse boquiabierto. Vio a un empleado con un walkie-talkie acercarse con expresión de fastidio.
Desde el otro extremo del pasillo, J-Hope, que estaba comparando brillantemente dos tarros de canela, levantó la vista al sonido. Reconoció la espalda acorralada de Jimin, la postura de gato asustado. Sin pensarlo, activó su instinto de protección y de caos. Con una sonrisa radiante que su jersey de renos hacía aún más chocante, se acercó al empleado.
— ¡Vaya accidente! ¡Pero qué bonito ruido, ¿eh?! ¡Parecía una campana de Navidad… de metal… y leche! — dijo, poniéndose entre el empleado y Jimin.
— Ayudaremos a recoger, ¡por supuesto! ¡Es el espíritu navideño! —
J-Hope comenzó a agarrar latas al azar y a meterlas en los brazos de un Jimin paralizado, quien, por reflejo, empezó a apilarlas contra su pecho como un pescador llevando una captura récord. En treinta segundos, Jimin estaba cargado con doce latas de leche condensada que no estaban en la lista, el empleado estaba demasiado desconcertado por el entusiasmo navideño de J-Hope como para regañar, y la operación “Banquete Imprevisto” había adquirido su primer excedente no planificado: suficiente leche condensada para endulzar un batallón.
Editado: 30.12.2025