La nieve cubrió Seúl con un manto de silencio irreal. Desde las alturas del ático, el caos de la ciudad parecía amortiguado, reducido a luces titilantes que parpadeaban tras el velo blanco y constante. Dentro, el calor era físico y emocional. La mesa, un paisaje de platos semi-vacíos, cuencos con restos de salsa y migajas de arroz, testimonios del festín, era ahora un monumento a su éxito compartido.
La cocina seguía siendo una zona de desastre, pero un desastre que ya no inspiraba pánico, sino una especie de afectuosa resignación. “El problema de mañana”, había decretado Suga, y por una vez, todos estuvieron de acuerdo.
Se habían trasladado al amplio sofá frente a la chimenea eléctrica, cuyo fuego falso ahora parecía emitir un calor más genuino. Estaban apiñados, unos recostados sobre otros, envueltos en mantas arrebatadas de los dormitorios. Jungkook tenía la cabeza en el regazo de Jimin, que le jugueteaba distraídamente con el pelo, aún con rastros de la loción de la peluca rubia. V y J-Hope compartían una manta, el primero dibujando formas en el aire mientras describía cómo el coco central había sido el “axis mundi” de su experiencia culinaria. RM observaba las llamas digitales con una sonrisa tranquila, y Jin, en un extremo, tenía los pies sobre el regazo de un Suga que, sorprendentemente, no se quejaba.
El silencio que los envolvió no era incómodo, sino denso, satisfactorio. Era el silencio del trabajo bien hecho, de la tormenta superada, de la plenitud.
— ¿Saben? — dijo Jin, su voz ronca y suave en la penumbra.
— Todo este año… todo ha sido horarios, aviones, coreografías, presiones. Intentar que todo sea perfecto — Hizo una pausa, mirando el techo.
— Esta noche, nada salió perfecto. Absolutamente nada. Y ha sido… genial —
— Fue real — asintió Jimin, mirando a Jungkook, que asentía con los ojos cerrados.
— Fue nuestro — añadió RM
— No un producto, no una imagen. Un desastre auténtico y casero —
— Con un bulgogi aceptable — apuntó Jungkook, sin abrir los ojos, provocando una risa suave y general.
Suga se movió un poco, acomodándose.
— Prefiero este desastre a cien cenas perfectas en hoteles de cinco estrellas. Allí el silencio es vacío. Este… este está lleno —
Sus palabras, simples y profundas, flotaron en el aire. J-Hope, que había estado quieto, se incorporó un poco.
— Deberíamos hacerlo otra vez — dijo, y ante las miradas llenas de amor pero también de horror que recibió, aclaró.
— ¡No lo del supermercado y el caldo monstruoso! Lo de… esto. Sentarnos. Sin un guión. Solo… ser. Incluso si es para cocinar algo mal otra vez —
— Podríamos intentar hacer kimchi — sugirió V, con ojos soñadores.
— Es un proceso caótico y bello —
— No — dijeron al unísono Jin y Suga, pero con una sonrisa en los labios.
RM miró a través de la ventana, donde la nieve seguía cayendo, limpiando simbólicamente la noche.
— Este año nos dio el mundo. Esta noche… nos dimos esto a nosotros mismos. Es un buen equilibrio. Un buen cierre —
Jungkook bostezó, enorme y felino, y se acomodó contra Jimin.
— Me gusta este regalo de Navidad. El mejor —
Poco a poco, el cansancio de la larga, absurda y emocionalmente agotadora noche comenzó a pesar sobre sus párpados. Ya no había energía para juegos, para pantallas, para nada más que la tranquila compañía. Uno a uno, fueron sucumbiendo al sueño allí, en el nido de mantas y cuerpos familiares, bajo la luz parpadeante del árbol impecable que ahora parecía menos una pieza de museo y más un testigo benigno.
Jin fue el último en quedarse despierto. Su mirada recorrió a sus hermanos dormidos:
A Suga, cuya frente finalmente estaba relajada; a RM, con sus gafas torcidas; a J-Hope, con una sonrisa dormida; a V, abrazado a un cojín; a Jimin y Jungkook, enredados como cachorros. El departamento estaba en silencio, solo roto por la respiración profunda y el tenue crepitar de la chimenea falsa.
Afuera, la primera luz del amanecer del día de Navidad empezaba a teñir de gris perla el cielo nevado. Jin sonrió, un gesto pequeño y privado, lleno de un cariño abrumador y tranquilo.
Quizás no tenían a sus familias biológicas cerca. Quizás el mundo esperaba de ellos perfección y gloria. Pero en esa mañana de Navidad, rodeado del desorden perfecto que habían creado juntos y del sueño pacífico de sus seis almas gemelas, Jin supo, con una certeza que calaba más hondo que cualquier éxito, que estaba exactamente donde debía estar. En casa.
Cerró los ojos, y mientras la nieve seguía cayendo sobre una ciudad que empezaba a despertar, el último pensamiento que tuvo antes de dormirse fue una promesa silenciosa para el año que llegaba: pase lo que pase, se asegurarían de tener más noches como esta. Imperfectas, ruidosas, caóticas y completamente suyas.
Editado: 30.12.2025