Especial De Navidad Con Bts (2025)

EPILOGO LOS ECOS DEL CAOS

La luz del día de Navidad se filtró, pálida y fría, a través de los altos ventanales del ático, iluminando el silencioso campo de batalla. Los primeros rayos encontraron latas de leche condensada vacías y relucientes, cuencos con restos de salsa de bulgogi secándose en sus bordes, y el coco, centinela imperturbable, observando desde su trono en el centro de la mesa.

El departamento olía a una mezcla peculiar:

Ajo salteado, café dulce, pino real de las ramas que V había arrancado, y el tenue fantasma del desodorante de pino artificial que aún colgaba en el aire. Era un olor a memoria recién forjada.

Poco a poco, el montón de mantas y cuerpos entrelazados en el sofá comenzó a moverse. Un gemido aquí, un estiramiento allá. Jungkook fue el primero en abrir los ojos, desorientado, sintiendo el peso de Jimin sobre su hombro y un hormigueo en la pierna. Al ver el desastre congelado en la luz matutina, una sonrisa lenta se dibujó en su rostro. No era el caos del pánico, sino el de la victoria.

Uno a uno, despertaron. No hubo exclamaciones, solo suspiros de reconocimiento, sonrisas adormiladas intercambiadas, y el lenguaje tácito de quienes han compartido una odisea. Jimin se frotó los ojos y señaló silenciosamente una huella de salsa de gochujang en forma de estrella perfecta que J-Hope tenía en la mejilla. J-Hope, al notar la mirada, se tocó la cara y luego se encogió de hombros, riendo en voz baja.

La mañana transcurrió con una lentitud viscosa y agradable. En lugar de atacar la limpieza con la energía frenética de la víspera, lo hicieron con un método compartido y cansado. Suga, pragmático, se encargó de la basura. RM y Jin fregaron los platos, sumergiendo las manos en agua caliente y comentando, ahora con humor, cada utensilio manchado de una historia específica.

— Esta sartén vio cosas, RM — decía Jin solemnemente.

— Cosas que no puede olvidar —

Jungkook y Jimin barrieron y limpiaron superficies, encontrando bajo la mesa un trozo de patata russet que había rodado hasta allí durante la fuga inicial, ahora convertido en una reliquia. V, con cuidado de arqueólogo, desmontó su “instalación” frutal, comiéndose las uvas sobrantes y guardando las semillas de la granada en un vaso de agua “para ver si germinan”, afirmó.

Nadie mencionó los compromisos que seguramente les esperaban más tarde, las llamadas familiares pendientes, el mundo que seguía girando fuera de su burbuja nevada. Por unas horas, existieron en el ecosistema cerrado de su experiencia compartida.

Fue al mediodía, cuando el departamento recuperó un semblante de orden (aunque un orden más lived-in, más humano, con el coco ahora en el centro de la encimera de la cocina como mascota oficial), cuando sonaron los timbres de sus teléfonos, casi al unísono. Eran mensajes de su manager, preguntando suaves recordatorios sobre los vuelos y agendas del día siguiente.

La realidad llamaba a la puerta, suave pero insistentemente.

Se reunieron una última vez en la sala, ya sin disfraces, con la ropa arrugada del día anterior, pero con los rostros lavados y relajados. Había una calma diferente entre ellos, una sintonía que no había estado allí la noche anterior.

— Bueno — dijo Jin, cruzando los brazos.

— Sobrevivimos a nuestra propia Navidad —

— Y creamos un monstruo — añadió Suga, señalando con la cabeza hacia el coco.

— Tenemos una mascota de coco. ¿Qué hacemos con él? —

— Lo cuidaremos — declaró V.

— Es parte de la familia ahora —

Todos asintieron, como si fuera la decisión más natural del mundo.

Antes de separarse para empezar a empacar y prepararse para reincorporarse a sus vidas de ídolos globales, se quedaron un momento más en silencio, mirando el árbol. Ya no les parecía una pieza fría. Les parecía que guardaba el secreto, que había sido testigo de la transformación. De la perfección impuesta a la belleza imperfecta.

— El próximo año — dijo Jungkook, con una determinación nueva.

— Hagamos los mandu. Yo me encargo de la masa —

— Siempre y cuando yo controle las especias — rio J-Hope.

— Y yo supervisaré desde un taburete, lejos de objetos cortantes — concluyó Jin, provocando las risas generales.

No hicieron un juramento solemne, ni un pacto escrito. No hizo falta. El recuerdo del caos, del desastre convertido en calor, del sabor a esfuerzo compartido, estaba ya tatuado en la memoria de esa Navidad. Era un punto de referencia, un faro de autenticidad en medio del huracán de sus vidas.

Cuando finalmente salieron del departamento, uno a uno, cargando sus maletas y llevándose el coco en una bolsa de tela que V improvisó, dejaron atrás más que un lugar. Dejaron la prueba de que, juntos, podían convertir incluso la noche más potencialmente triste y solitaria en un tesoro de risas, frustración y compañía inquebrantable.

Y en el aire, mezclado con el último rastro de pino real, quedó flotando la promesa no dicha pero segura:

Pase lo que pase en el año que viene, pase donde pasen, la Navidad siempre sería, de alguna manera, suya. Un recordatorio de que el hogar no es un lugar, sino el ruidoso, desordenado y perfecto sonido de siete corazones encontrando, una y otra vez, su ritmo común en el caos.



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En el texto hay: navidad, bts, humor bts

Editado: 30.12.2025

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