El programa cerró entre risas, aplausos y la música de despedida que llenó el estudio con una alegría ensayada. Isabella agradeció una vez más a los invitados y las cámaras comenzaron a apagarse lentamente, como si el brillo también necesitara descansar.
Cuando Naomi cruzó el límite del escenario y dejó atrás el foco de luz, sintió el cambio inmediato. Detrás de escena el aire era más frío, más crudo. Técnicos que caminaban apurados, cables enrollándose, voces que ya no sonaban cálidas sino prácticas.
Por primera vez en toda la noche, pudo exhalar sin sostener una sonrisa.
—Salió bien —dijo para convencerse
—Salió muy bien —respondió Gianluca, todavía con la energía vibrándole en el cuerpo—. Estuviste increíble. Se notaba que cantabas algo que te importaba.
Naomi le agradeció con una sonrisa suave. Pero esa sonrisa no terminó de llegarle a los ojos. Había algo en su expresión que parecía quedarse a medio camino.
Mientras avanzaban por el pasillo lateral, ella miró hacia las primeras filas del estudio, ahora casi vacías. Algunas personas aún se despedían, otras recogían pertenencias. Sus ojos recorrieron el espacio con una expectativa discreta, casi involuntaria.
No estaba.
Intentó no detenerse en ese pensamiento. Quizás se había movido. Tal vez estaba esperándola afuera. Se aferró a esa posibilidad durante unos segundos, aunque algo en el pecho ya empezaba a asentarse con un peso silencioso.
Gianluca, que caminaba a su lado, percibió el cambio en su respiración.
—¿Te preocupa algo? —preguntó con una naturalidad cuidadosa.
—No —respondió ella demasiado rápido, y esa rapidez la delató—. Debe ser el cansancio.
Se llevó una mano al cabello, acomodándolo sin necesidad real. Era un gesto que hacía cuando intentaba ordenar algo más interno.
Volvió a mirar hacia la entrada del estudio.
Vacía.
Gianluca bajó el tono de voz.
—Me conocés. Sé cuándo algo te pesa.
Naomi sostuvo su mirada un instante. Había confianza allí. Historia compartida. Pero también había un límite que ella nunca olvidaba.
Desvió los ojos.
—A veces… extraño a mi mamá —dijo finalmente, y esta vez la emoción fue auténtica—. Hay días como hoy en los que necesitaría su abrazo para acomodar todo lo que siento.
No era una mentira. Era una verdad incompleta.
Porque en ese “todo lo que siento” también estaba la pequeña desilusión de no haber encontrado a Elian entre el público. De haber cantado imaginando su mirada fija en ella. De haber sostenido una nota larga esperando cruzarse con sus ojos y confirmar, sin palabras, que estaba ahí.
Gianluca sintió el impulso casi instintivo de acercarse más. De abrazarla. De ser ese sostén. Durante un segundo lo deseó con una intensidad silenciosa.
Pero no lo hizo.
Se quedó en su lugar, respetando el espacio que ella marcaba sin decirlo.
—Seguro falta menos de lo que pensás para que vuelvan a verse —respondió con suavidad—. Ya pasaron momentos en los que parecía imposible… y se reencontraron. Va a volver a pasar.
Naomi asintió despacio.
—Ojalá.
La palabra quedó suspendida entre ambos.
El equipo seguía desmontando luces. El eco de los pasos resonaba en el suelo del estudio casi vacío. Naomi volvió a mirar hacia la entrada una vez más, esta vez sin expectativa, solo para confirmar lo evidente.
Y esa imagen, simple y silenciosa, fue la que terminó de decirle que esa noche algo le faltaba.
No era aplauso.
No era reconocimiento.
Era una mirada que no encontró.