Naomi se quitó el vestido con cuidado, deslizándolo por sus hombros como si al hacerlo también se desprendiera del personaje que había sostenido durante la transmisión. Lo acomodó sobre el respaldo de la silla antes de cambiarse por un jean oscuro y un sweater grueso que la envolvió en una tibieza inmediata. El abrigo fue lo último. El invierno se sentía incluso en los pasillos del canal.
Mientras guardaba sus cosas en el bolso, tomó el celular y miró la pantalla unos segundos antes de escribir.
“¿Dónde estás?”
El mensaje quedó enviado y la pantalla volvió a oscurecerse.
Camino al estacionamiento, el sonido de sus propios pasos resonaba en el subsuelo con una claridad que la incomodaba. Intentó convencerse de que no estaba molesta. Solo sorprendida. Solo un poco herida por algo que no sabía bien cómo nombrar.
El celular vibró cuando empujaba la puerta metálica.
“Lo siento. Me demoré más de lo normal. Ya estoy a la vuelta del canal. Paso por la entrada del estacionamiento.”
Naomi dejó escapar el aire lentamente. La respuesta le trajo alivio, pero también la certeza de que durante el programa había buscado un rostro que no estaba.
Cuando el auto apareció, ella ya esperaba junto a la columna señalizada. Subió sin decir nada. Elian la miró apenas, con una mezcla de culpa e incomodidad.
—Perdón. De verdad se me fue el tiempo.
Naomi asintió, acomodándose el cinturón.
—Está bien.
Y lo estaba, en parte. Pero también habría querido decirle que había mirado la entrada del estudio hasta el último segundo, que una parte de ella esperaba verlo allí para compartir el cierre, para sentir que ese momento también era de los dos. No lo dijo. El temor a parecer demandante le cerró las palabras antes de que tomaran forma.
Durante el trayecto a casa, las luces de la ciudad se deslizaban por la ventanilla como reflejos fugaces. Elian abrió la boca en un par de ocasiones, como si buscara iniciar una conversación, pero el silencio terminó imponiéndose con una naturalidad incómoda.
La cena transcurrió correcta, casi amable. Hablaron de cosas pequeñas, de horarios y compromisos, de detalles que no exigían mucha explicación. Ambos parecían entender, sin necesidad de acordarlo, que había un territorio que esa noche tratarían de no pisar.
Cuando levantaban los platos, Naomi preguntó con suavidad:
—¿Vas a mirar la entrevista?
Elian levantó la vista hacia ella.
—Claro que sí. Apenas esté subida la veo.
Naomi sostuvo su mirada un instante más de lo habitual, como si buscara algo en esa promesa. Luego asintió, sin saber si esperaba confirmación o consuelo.
La madrugada llegó envuelta en una quietud densa.
Elian despertó antes de que sonara el despertador. Giró la cabeza y la vio dormir de costado, con el rostro relajado y el cabello oscuro extendido sobre la almohada. Había en esa imagen una delicadeza que lo desarmó. Se permitió observarla unos segundos más, con la certeza íntima de que la amaba, de que ese sentimiento no admitía dudas.
Se levantó con cuidado, tomó la tablet y salió del cuarto sin hacer ruido hacia el living.
Las luces del estudio aparecieron primero, luego la voz de Isabella y finalmente Naomi, sentada con esa serenidad que parecía tan propia de ella. El orgullo le atravesó el pecho de inmediato. Era la mujer que amaba. Y también era una artista que pertenecía al mundo.
A su lado, Gianluca.
Las risas compartidas fluían con naturalidad. Se entendían en pequeños gestos, en referencias que solo ellos entendían. Había un lazo allí, uno que no se podía negar.
Cuando Naomi comenzó a cantar, el living se llenó de su voz. Cerró los ojos un instante. Escucharla siempre le recordaba el día que la conoció y su mundo cambió para siempre.
Después llegó “Música”.
—Ella fue mi musa en ese momento. Y siempre lo será.
Elian observó el rostro de Naomi en la pantalla. Tenía una mirada de gratitud y cariño por su compañero. Había una parte de la vida compartida que los había marcado.
Y antes de que la punrada en su pecho se hiciera más grande, Naomi habló de él de una manera que lo hizo sentirse mala persona por dudar de los sentimientos de ella. Le estaba dedicando una canción, un mensaje, y él se había ido.
Elian apoyó la tablet sobre la mesa cuando el video terminó y se recostó en el sillón, con la vista fija en el techo oscuro.
Naomi lo amaba. No tenía razones para cuestionarlo. Entonces ¿qué era lo que le estaba revolviendo el pecho?
Los pensamientos iban y venían hasta que entendió algo incómodo: no le inquietaba que ella pudiera elegir a Gianluca, sino la certeza de que el joven italiano estuvo en un momento de la vida de Naomi que él no pudo ver por estar obligado a cumplir contratos sin desmoronarse por dentro. En cambio Gianluca, a pesar de su egocentrismo, la había visto en su etapa más vulnerable, cuando Naomi tocó fondo por querer ser ella misma a pesar de tener todo en contra, y de sus propios miedos.
A pesar de las diferencias que tuvieroon al principio, Naomi y Gianluca construyeron un lazo en ese tiempo que él solo conocía por mirar de lejos, o por fragmentos que Naomi compartía cuando el pasado aparecía.
En cambio él, obligaba la había obligado a seguir la línea del trabajo, de alejarse de Gianluca porque lo veía como el culpable de su malestar. Sin embargo, no era así.
Se daba cuenta que durante la etapa del Circo Clown él se había mantenido distante, envuelto en su propio duelo, en su propio miedo a repetir pérdidas. De esa manera había decidido protegerse cuando quizá Naomi necesitaba cercanía.
Ahora esa elección le pesaba.
No se trataba de celos desbordados. Era una inseguridad callada que no encontraba respuesta fácil.
Apagó la luz del living y permaneció unos segundos en la oscuridad.
Comprendió entonces que no lo que realmente lo desvelaba era la posibilidad de no ser suficiente si algún día Naomi necesitaba algo que él todavía no sabía cómo ofrecer. Y esa idea, más que cualquier rival, era lo que verdaderamente lo enfrentaba consigo mismo.