Especial de San Valentin: La voz de tu corazón

Capítulo 10

Naomi abrió los ojos y durante unos segundos permaneció inmóvil, tratando de reconocer la sensación que la había arrancado del sueño.

La habitación estaba en silencio. Giró apenas el rostro y estiró la mano hacia el lado de la cama.

Elian no estaba.

El corazón le dio un salto inmediato, brusco, como si alguien hubiera encendido una alarma dentro de su pecho. Su mente no se tomó el tiempo de buscar explicaciones lógicas. Mas bien el recuerdo llegó como una sombra antigua de su infancia, con una regla que había aprendido demasiado pronto.

“Si te equivocas… te dejan.”

Se incorporó de golpe. El pulso le latía desordenado, vibrándole en la garganta. Bajó las escaleras casi sin sentir los pies.

La luz tenue del living dibujaba una escena serena que contrastaba con el caos que llevaba dentro. Elian estaba sentado en el sillón, con la cabeza apoyada hacia atrás y los ojos cerrados. La tablet descansaba sobre la mesa baja.

Había visto la entrevista.

Naomi se detuvo un instante, observándolo. No parecía enfadado, sino aislado en la madrugada, que la hizo sentirse todavía más vulnerable.

Avanzó despacio, como si cualquier sonido pudiera quebrar algo delicado.

—¿No salió como esperabas? -Su voz salió más suave de lo que estaba su interior.

Elian abrió los ojos de inmediato y se incorporó al verla. La sorpresa dio paso a la preocupación cuando notó su expresión. Llevaba el sweater amplio, el cabello desordenado, el rostro pálido. Y en sus ojos había un temblor que no intentaba ocultar.

Antes de que él pudiera decir nada, Naomi dio un paso más.

—Elian… —tragó saliva— ¿estoy haciendo mal las cosas?

La pregunta lo atravesó con una fuerza inesperada.

—¿Qué? —se puso de pie al instante—. ¿Por qué decís eso?

Ella bajó la mirada, incapaz de sostener la intensidad de sus propios miedos mientras intentaba ordenarlos.

—No sé… hoy cuando no estabas en el estudio… y tampoco el otro día … y ahora … —la voz se le fue quebrando—. Si hice algo que te incomodó, decímelo. Yo puedo cambiarlo. Puedo aprender. No quiero cometer errores.

Y entonces ocurrió lo que ella había estado conteniendo desde que sintió la distancia de Elian.

Las lágrimas empezaron a caer.

Fue un llanto de una herida que no siempre estaba visible pero que seguía abierta.

Elian sintió el impacto como un golpe directo.

Se acercó de inmediato.

—No hay errores —dijo con firmeza, sosteniéndole los brazos—. Naomi, no hay nada que estés haciendo mal.

Ella negó con la cabeza, incapaz de creerlo del todo.

—Entonces… ¿por qué te siento lejos?

La pregunta salió limpia, sin rodeos. Dolía porque era verdad.

Elian pasó una mano por su cabello, frustrado consigo mismo.

—Porque el que está mal soy yo.

Naomi levantó los ojos, confundida entre el llanto y la necesidad de entender.

—Yo soy el problema —continuó él—. Mi inseguridad. Mi manera de pensar demasiado las cosas -Respiró hondo antes de seguir—. Vi la entrevista. Y sí… me removió cosas. Pero no por lo que hiciste. Sino por lo que yo todavía estoy aprendiendo a manejar.

Ella lo miraba como si cada palabra fuera una pieza que intentaba acomodar dentro del caos.

—Me dolió escuchar a Gianluca hablar de vos como su musa —admitió con honestidad—. No porque dude de vos. Sino porque siento que siempre llego tarde.

El llanto de Naomi se volvió más silencioso.

—Elian…

Él le sostuvo el rostro con cuidado, obligándola a mirarlo.

—Vos hablaste de mí con una claridad que me dejó sin aire. Dijiste que soy tu calma. Y me dedicaste una canción mientras que yo estaba escapándome, sintiéndome pequeño por compararme con Gianluca

Naomi respiró temblorosa, intentando recuperar el control.

—Cuando no estabas en el estudio… pensé que te ibas a ir. Que había hecho algo mal... nunca tuve la intención de hacerlo.

Elian frunció el ceño, impactado.

—¿Irme? Naomi, jamás me iría así.

Ella cerró los ojos un segundo antes de confesar:

—Mi cabeza a veces corre más rápido que la realidad. Desde chica aprendí que si hacía algo mal… me dejaban.

Esa frase lo desarmó por completo y de un impulso la abrazo.

Naomi seguía aferrada a él, como si todavía necesitara comprobar que no era un sueño. Elian apoyó la mejilla sobre su cabello y respiró profundo.

—Estoy acá —murmuró, casi contra su piel.

Ella asintió, pero no aflojó.

Cuando se separaron apenas, él le secó una lágrima con el pulgar.

—Ey… mirame.

Naomi levantó la vista.

—No quiero que cambies nada de vos para que yo me sienta más tranquilo. Si algo me mueve, lo tengo que aprender a manejar yo.

—Yo no quise hacerte sentir menos… Si lo del regalo… o lo que él dijo…

—No es eso —la interrumpió suave—. O sí, un poco. Pero no sos la culpable.

Respiró hondo antes de seguir.

—A veces siento que él siempre se adelanta. Que tiene el gesto exacto, la frase justa, el detalle perfecto. Y yo… a veces llego tarde. O no llego con tanta intensidad.

—Elian, yo no necesito fuegos artificiales todo el tiempo.

Él esbozó una sonrisa mínima.

—Ya sé. El problema es que mi cabeza a veces me hace creer que sí.

Naomi apoyó la mano en su pecho.

—Gianluca me trata de manera especial, es verdad. Y sé que desde afuera puede dar lugar a confusiones. Pero yo sé cuál es el límite. Siempre lo supe y nunca lo cruzaría. Yo te elijo a vos —continuó Naomi, más despacio— porque cuando estoy a tu lado… me siento en casa.

Elian apoyó la frente en la de ella.

—Tal vez me falta aprender a confiar más en que no tengo que competir con nadie. Que no estoy en segundo lugar en tu vida.

Ella negó con firmeza.

—No estás en segundo lugar. Estás en mi vida.

Elian la volvió a abrazar, esta vez más tranquilo.

—Prometeme algo.

—¿Qué?

—Si alguna vez sentís que me estoy alejando por inseguridad… no lo cargues sola. Vení y decímelo. No quiero que vuelvas a pensar que hacer algo mal significa que te van a dejar.




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