Mientras elegía el vestido para la cena con Elian, pensaba en la respuesta que le escribiría a Gianluca. No quería que fuese un mensaje breve ni una conversación improvisada en la que las palabras pudieran traicionarla. Necesitaba el silencio de su habitación, la calma del papel en blanco y el tiempo suficiente para ordenar lo que sentía sin presiones.
Esa decisión, lejos de generarle angustia, le devolvió una energía distinta. Se sintió más liviana, como si al aceptar que podía responder con honestidad hubiese recuperado una parte de sí misma. Frente al espejo acomodó el cabello sobre sus hombros y eligió un vestido azul profundo que resaltaba el tono claro de su piel. Se colocó unos pendientes pequeños, apenas visibles, y respiró hondo antes de salir.
Elian ya la esperaba en la sala, de pie junto a la puerta. Vestía una camisa blanca perfectamente planchada y un saco oscuro que le daba un aire más maduro. Cuando la vio aparecer, sus ojos verdes se suavizaron y por un instante se quedó en silencio, como si necesitara absorber la imagen antes de hablar.
—Te ves hermosa —dijo con una sinceridad que siempre le provocaba mariposas en el estómago.
—Vos no te quedás atrás —respondió Naomi, acercándose para darle un pequeño beso.
El trayecto en auto fue tranquilo. Las luces de la ciudad se reflejaban en las ventanas, y la música sonaba baja, acompañando una conversación ligera que, debajo de cada intercambio, había una sensación compartida de que esa noche tenía un propósito especial.
Cuando llegaron al restaurante y Naomi alzó la vista hacia la fachada iluminada, sintió un leve estremecimiento. Reconoció el lugar antes de que Elian dijera una sola palabra. Allí habían estado antes, cuando todavía no eran pareja y todo era incertidumbre .
—Recuerdo este sitio —murmuró, mientras sus dedos se aferraban al pequeño bolso que llevaba—. Fue aquí donde empezaron a cambiar las cosas.
Elian asintió con una sonrisa que intentó mantener discreta, aunque la emoción lo traicionaba.
—Pensé que sería buena idea volver para ver cuanto hemos crecido en esta relación.
Despues de cenar, al salir, el aire fresco de la noche los envolvió. Elian no explicó hacia dónde se dirigían; simplemente comenzó a caminar con paso seguro. Naomi, aunque fingió sorpresa, ya intuía el destino. Aquella noche, la escena habia sido la misma.
Cuando divisó el castillo Sant’Angelo iluminado en la distancia, supo que no se equivocaba.
Caminaron bordeando el río hasta llegar al puente. Las luces doradas se reflejaban sobre el agua del Tíber, y el murmullo lejano de la ciudad parecía atenuarse a cada paso. Naomi recordó con nitidez aquella noche pasada: la leyenda, el supuesto corazón en el reflejo, la confesión inesperada de Elian y su incapacidad para responderle.
Se detuvo a mitad del puente, exactamente donde él se había apoyado aquella vez. Alzó la vista hacia la luna, redonda y luminosa, y luego bajó la mirada hacia el agua, donde el reflejo temblaba suavemente.
No necesitaba buscar un corazón.
Lo que veía ahora no era una señal mágica, sino el recuerdo de su propio miedo. Recordó cómo había dudado, cómo le había preguntado qué seguridad tenía de que su amor durara para siempre, como si el amor pudiera firmar contratos o prometer certezas eternas.
Elian se acercó a ella sin hablar, esperando.
Naomi giró lentamente el rostro hacia él y sonrió con una serenidad que no tenía aquella vez.
—Ese día estaba paralizada por lo que podía salir mal —dijo con voz tranquila—. Tenía tanto miedo de repetir historias que olvidé escuchar lo que ya estaba sintiendo.
Elian no apartó la mirada, pero en sus ojos apareció una vulnerabilidad que aún no había desaparecido del todo.
—Y ahora… —preguntó con suavidad—, ¿qué sientes?
Naomi dio un paso hacia él. Sus manos buscaron las de Elian y las sostuvo con firmeza, como si quisiera que cada palabra quedara anclada en ese contacto.
—Ahora siento paz —dijo despacio—. Entendí algo que antes no podía ver. Tu amor no es una promesa lanzada al aire para tranquilizarme. Es algo que demostrás todos los días.
Respiró hondo antes de continuar, porque lo que iba a decir no era liviano.
—Sé que el amor no se sostiene solo con palabras. Y sé que nadie puede controlar el futuro. Pero también sé quién sos. Y sé que no romperías una promesa tan grande como amar para siempre. No porque estés obligado… sino porque cuando amás, lo hacés en serio.
Los ojos de Elian se humedecieron apenas, aunque intentó mantener la compostura. Naomi apretó suavemente sus manos.
—Yo tampoco quiero amar desde el miedo. Quiero amar desde la elección, por eso te elijo para compartir mi vida. Para crecer juntos. Quiero estar en las buenas, celebrando cada logro. Y quiero estar en las malas, sosteniéndonos cuando el mundo pese demasiado. Te amo y quiero seguir sumando recuerdos, risas, discusiones que nos enseñen, viajes, silencios compartidos… todo lo que venga... si el para siempre existe, yo quiero vivirlo con vos.
El sonido del agua, el viento leve que movía el cabello de Naomi, la luz de la luna iluminando el contorno del rostro de él… todo parecía sostener ese instante.
Elian no respondió. Sus ojos verdes la miraban con una mezcla de amor y agradecimiento.
Naomi colocó sus manos en su rostro con delicadeza y cuando sus dedos rozaron su piel, él cerró los ojos y apoyó su frente contra la de ella, respirando el mismo aire, tan cerca que el mundo alrededor dejó de importar. El murmullo del río quedó lejano, las luces del castillo se difuminaron en un resplandor cálido, y solo quedaron ellos dos en medio del puente, como si la ciudad entera hubiese decidido respetar ese instante.
Con ternura Elian llevó una mano a la cintura de Naomi, atrayéndola con suavidad. Ella respondió apoyando una mano sobre su pecho, sintiendo el latido acelerado bajo la tela de la camisa, y sonrió.