Espejo negro

Capítulo 1

 

Tengo quince años en esta academia, he crecido aquí. Recuerdo tanto mi primer  año, aquella presentación con disfraz de mono, la primera vez que salí en televisión. Tenía tan solo ocho años, un sinfín de experiencias y nuevas amistades  (rivalidades también) vendrían. ¿Quién iba creer que aquí pasaría lo que hasta ahora  serían los mejores años de mi vida?  

Soy Amaia, tengo veintitrés años, ocho meses y veintiún días. Vivo en una bella  ciudad al norte de Colombia. Mi pasión es el teatro, la música y las letras, en especial  la música. No puedo vivir sin ella. 

Al principio todo iba bien, pero las cosas comenzaron a cambiar en el año 2008. Yo  tenía trece años, recuerdo que era una tarde del mes de abril. Me encontraba en la  academia con algunos de mis compañeros. Efraín, de la ciudad de Bogotá y Hannes,  nativo de Dresden (Alemania).  

Los tres esperábamos en el gran salón blanco por el resto, para ensayar una nueva  obra. Todo era risas hasta que de pronto un fuerte golpe nos asustó. Los tres gritamos  como nunca.  

— Scheiße! — gritó Hannes — ¿Qué fue eso?  

Intenté calmarlo dando una explicación lógica a esta situación — Calma, tal vez fue  el viento o peor aún, una rata en medio del desorden. 

Efraín no pronunció una sola palabra en ese momento, solo temblaba mirando a un  punto fijo. Quizá él veía algo que Hannes y yo no podíamos ver. Intentamos ignorar  lo que había ocurrido, cuando un repentino golpe mucho más fuerte nos hizo volver  a gritar. 

—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? — decía Laura, la profesora de danza contemporánea — ¿Por qué tanto alboroto? ¿Y dónde está el resto de sus compañeros? — decía a medida  que avanzaba hacia nosotros. 

—Hay alguien en el cuarto de utilería, es un hombre y luce de los años 30— Contestó  Efraín con la voz bajita, casi como un susurro. 

—¿Otra vez tú y tus historias de fantasmas Efraín? Déjame decirte que no me parece  gracioso. 

La profesora se ubicó en un rincón, dejó sus cosas y caminó hasta una de las enormes  ventanas. Poco a poco el resto del grupo iba llegando al salón. 

De la nada ese frío que recorría mi espalda fue desapareciendo lentamente, pero lo  que minutos antes había dicho Efraín me dejó impactada por el resto de la semana. Decidí acercarme a él para preguntarle si lo que dijo era cierto, a lo que contestó: — Cien por ciento, se lo que vi Amaia, Créeme. Ahí dentro hay alguien y es realmente  espeluznante. 

—Te creo— dije — Yo puedo ver cosas y sé lo difícil que es convivir con eso y que  el resto te crea un loco. 

Efraín inclinó su cabeza diciendo — Viste lo que yo vi, ¿Verdad? — preguntó, pero  por desgracia yo no vi nada. En el instante en el que Efraín dijo ver al hombre, yo le  daba la espalda al cuarto de utilería.  

No seguimos conversando pues los profesores no llamaron para iniciar con los  ensayos. Dos horas más tarde, Osvaldo, otro compañero dijo que en dos ocasiones  vio una sombra al interior del mismo cuarto, cuando fue por sus cosas. 

Al salir del lugar, Efraín y yo caminamos dos calles. Distancia que había desde el  instituto hasta mi casa. Luego de acompañarme, Ef caminó hasta el pequeño parque  en busca de su hermana, quien todas las tardes iba a jugar con sus compañeritos de  clase después de la escuela.  

Así pasaron los meses, nadie volvió a escuchar un solo golpe desde ese día. Los que  estábamos presente aquella tarde habíamos olvidado lo ocurrido y continuamos con  nuestras vidas como si nada hubiese pasado. Horas y horas de ensayo corrían hasta  el mes de noviembre, la última función de ese año, por fin llegó. Los nervios invadían  a más de la mitad del grupo, yo por mi parte quería lucirme en el escenario, no  volvería a actuar por dos años. 

El reloj marcaba las siete en punto de la noche, el telón lentamente se abría y desde  el escenario podíamos ver cientos de rostros mirándonos esperando un excelente  acto. Sin duda, fue una noche sensacional, hicimos una magnífica actuación. A las  9:45 las cortinas rojas se cerraron y nosotros corrimos hasta los camerinos. Yo  estaba cansada y quería volver a casa. En pocos días, mi familia y yo nos mudaríamos  al norte de la ciudad. No supe nada del grupo, solo de Efraín. El día de la mudanza,  llegó hasta mi casa y nos ayudó con las cosas. 

—¿Sabes? — dijo Ef mientras levantaba una de las cajas — ayer a eso de las ocho de  la noche pasé por la academia y en el segundo piso había alguien asomado. 

—¿No se suponía que nadie debía estar en la academia en esta época? — pregunté — Si el profe Armando tiene una llave, y la profe Laura tiene una copia, ¿Cómo pudo  alguien más ingresar?  

Efraín caminó hasta el camión de la mudanza, acomodó la caja y luego dijo — Debo  averiguar que ocurre allí.  

—No sé cómo cangrejos le harás, pero te deseo suerte.  

En ese momento mi madre gritó “Amaia, nos vamos”. Abracé fuerte a Ef y subí al  auto. 45 minutos pasaron, yo bajé del auto y veía detalladamente mi nueva casa, en  la que vivo hasta el día de hoy.

Nuevo barrio, nueva casa, otra escuela, pero, difícilmente nuevos amigos. Esa era mi  realidad recién cumplidos mis catorce años, comenzaba a sentir que mi vida cambiaba y que ya no era tan emocionante. Eso creía yo en aquel entonces. 

A decir verdad, el 2009 no fue un buen año para mí. Siempre anduve sola en la  escuela, no hice amigos, un chico de último año me acosaba. De lunes a viernes  pasaba ocho horas del día en la escuela, no hice teatro y mis emociones por el piso  hacían de mí un desastre total. 




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