En el velo de la noche sin luna,
donde el viento aúlla como alma en pena,
se yergue un castillo de piedra y ruina,
guardián de secretos que el tiempo condena.
Sus torres rasgan el cielo de obsidiana,
y en sus salones, ecos de lamentos,
fantasmas de amores que el destino ultrana
bailan eternos con pasos lentos.
Una dama de pálida faz y velo,
espera al pie de un rosal marchito,
sus ojos, dos pozos de eterno duelo,
buscan al amante que nunca ha venido.
La luna rota derrama su sangre,
sobre tumbas de mármol que el musgo devora;
aquí la muerte no es fin, sino hambre,
que besa los labios y el alma devora.
Si escuchas, oh viajero, el latido apagado
de un corazón que late bajo la tierra fría,
no busques la luz, ni el alba ansiado:
en la oscuridad eterna, la belleza yace mía.
Editado: 23.06.2026