Espinas eternas

Eterno Lazo de Sangre y Ceniza

En la niebla de un siglo olvidado,

dos almas se encontraron en la penumbra,

tú, flor de invierno de piel de alabastro,

yo, sombra errante que la muerte embruma.

Nuestro beso fue fuego en la tormenta,

intenso como el veneno que embriaga,

imposible como el sol en la cripta helada,

donde el destino ya había dictado la daga.

Morimos jóvenes, con las manos entrelazadas,

tu corazón latiendo contra el mío en agonía,

la luna testigo de nuestra sangre derramada,

maldiciendo el amor que nunca se desvía.

Pero la muerte, celosa y cruel señora,

no nos concedió el olvido piadoso:

nos arrojó al vacío, fragmentos de aurora,

para que renaciéramos en cuerpos prestados.

Siglos después, en otra carne extraña,

tus ojos me buscaron entre la multitud,

el mismo fuego antiguo, la misma saña,

el mismo juramento de eterna quietud.

Nos amamos de nuevo bajo cielos rotos,

con la urgencia del que sabe que el fin acecha,

besos que sabían a tumbas y a votos,

cuerpos que ardían sabiendo la flecha.

Y otra vez la muerte, fiel a su promesa,

nos segó en la cumbre de nuestro delirio,

joven la carne, eterna la promesa,

un ciclo de cenizas y cruel martirio.

Así vagamos por el tiempo infinito,

reencarnados en amantes que se encuentran,

se reconocen, se entregan al grito,

y mueren juntos, malditos, se alimentan.

No hay escape, no hay luz que nos redima,

solo este amor voraz que nos condena,

a morir una y mil veces en la misma rima,

eternamente jóvenes, eternamente en pena.




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