En la torre de niebla donde el viento suspira,
ella se entrega como llama que devora la noche,
sus manos ansiosas tejen cadenas de suspiro,
buscando en su pecho el calor que la aproxime.
Él, espectro de mármol de ojos distantes,
retrocede al roce como hoja que huye del fuego,
sus labios prometen y luego se desvanecen,
muros de hielo donde el alma se esconde en silencio.
Se aman en el umbral de una puerta entreabierta,
intenso el abrazo de ella, voraz como la hiedra,
que trepa y envuelve sin pedir permiso a la tierra,
mientras él se desvanece, fantasma que nunca se
entrega.
“Quédate”, susurra ella entre lágrimas de obsidiana,
“no me dejes en este abismo de ausencia y frío”,
pero él responde con silencio de cripta lejana,
“el amor es jaula, y yo vuelo solo en el vacío”.
Un amor roto que sangra bajo la luna partida,
ella da océanos, él ofrece solo gotas de sombra,
se acercan, se queman, se alejan en la herida,
eterna danza de fuego y hielo que nunca se nombra.
Ella ama con la fuerza de un corazón desangrado,
intenso, profundo, dispuesto a morir en el intento,
él huye del abismo que ella tanto ha anhelado,
temeroso de ahogarse en ese mar turbulento.
Y así se consumen en la ruina del castillo antiguo,
donde las rosas marchitas recuerdan lo que pudo ser:
un lazo imposible, un eco de dolor continuo,
dos almas condenadas a quererse y no poder.
Editado: 23.06.2026