Espinas eternas

La Rosa Encadenada

En el velo eterno de una noche sin estrellas,

ella camina descalza por los pasillos de ruina,

donde las velas agonizan en charcos de cera negra

y el silencio susurra promesas de dulce nada.

Sus ojos, dos pozos de agua estancada y fría,

miran al abismo que la llama con voz de amante,

“ven, descansa en mis brazos de tierra y olvido,

deja que el viento apague tu llama agonizante”.

Quiere rendirse, fundirse con la sombra espesa,

dejar que la oscuridad bese sus labios marchitos,

terminar este peso que le quiebra los huesos,

este dolor que late como un corazón maldito.

Pero entonces escucha, en el eco de la torre,

las risas lejanas de aquellos que la llaman “hogar”,

manos pequeñas que aprietan su falda con amor,

ojos que brillan esperando su regreso sin par.

“¿Por qué debo cargar esta cruz de espinas vivas?

¿Por qué he de respirar este aire envenenado,

sufrir cada latido como puñal en la herida,

solo para que ellos sigan sonriendo a mi lado?”

Se aferra al alféizar de la ventana rota,

el viento la invita a volar hacia lo eterno,

pero el rostro de su madre, frágil y remota,

la detiene con hilos invisibles de tierno infierno.

Vive, pues, condenada a ser faro en la tormenta,

a sangrar en silencio para que otros no sangren,

a llevar la corona de espinas que la atormenta,

por el bien de quienes nunca entenderán su carga.

Y en la cripta de su pecho, el deseo sigue vivo,

susurrando cada noche: “mañana quizás sea el día”,

mientras ella sonríe con labios de mármol frío,

guardiana rota de una felicidad que no es la suya.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.