En el castillo de paredes frías y mudas,
donde el viento solo trae ecos de silencio,
creció una niña entre palabras vacías,
emociones ahogadas como flores en invierno.
Sus lágrimas, llamadas “caprichos del viento”,
sus miedos, ridiculizados como sombras inventadas,
y la madre, estatua de mármol distante y lento,
nunca extendió el brazo cuando la oscuridad la
acechaba.
Sin escudo contra los lobos que rondaban la noche,
sin refugio cuando el mundo clavaba sus garras,
aprendió que su dolor era carga invisible,
algo que se guarda en el pecho hasta que lo desgarra.
Los años pasaron como niebla sobre ruinas,
y la semilla plantada en esa tierra estéril germinó:
un vacío que devora desde dentro, que arruina,
que convierte el alma en laberinto hostil.
Ahora camina entre vivos como espectro errante,
con una ira que arde en silencio y quema la sangre,
heridas que se inflige en la carne palpitante
para sentir algo en medio de la nada que la invade.
Los pensamientos negros la visitan cada noche,
susurrando dulces promesas de paz en la tumba,
“ven, descansa, deja este peso que te agobia”,
pero la responsabilidad, cadena de hierro, la tumba.
Vive por aquellos que no saben el precio,
por sonrisas que dependen de su máscara rota,
sufriendo en la torre de su propio suplicio,
guardiana silenciosa de una deuda que no es suya.
Madre ausente, padre de voz fría y distante,
raíces envenenadas que aún beben su savia,
la dejaron sola en el bosque de lo inconstante,
y ahora el bosque crece dentro, oscuro y voraz.
No hay consuelo en las velas que se apagan solas,
solo el eco eterno de “no es para tanto”,
mientras ella carga el peso de todas las olas
y finge que respira en un mundo que la ahoga.
Editado: 23.06.2026