En el velo gris entre la carne y la niebla,
floto sin peso, espectro de mi propio cuerpo,
las voces del mundo llegan como ecos lejanos,
mientras mi mente teje palacios de cristal negro.
Camino entre los vivos como hoja arrastrada por el
viento,
tocando sus manos pero sin sentir su calor,
mis ojos miran sin ver, mi piel respira sin alma,
perdida en laberintos de días que nunca ocurrieron.
Allí dentro, en la torre de sueños infinitos,
soy reina, soy amante, soy fuego y soy ruina,
vivo mil vidas con intensidad que quema los huesos,
mientras este cascarón vacío sigue sonriendo en la
cocina.
El tiempo se deshace como cera bajo llama fría,
horas enteras devoradas por castillos de humo,
regreso al mundo con el alma hecha trizas,
sin saber muy bien si aún pertenezco a esta carne.
Quiero anclar mis pies en la tierra húmeda y fría,
pero el abismo me llama con voz de terciopelo,
“quédate aquí, donde el dolor no tiene forma”,
y yo me entrego una vez más, ahogándome en lo
bello.
Hasta que la noche real me arrastra de vuelta,
con sus luces demasiado brillantes y sus voces
demasiado cerca,
y me pregunto, temblando en el umbral de la nada,
si alguna vez despertaré… o si ya estoy muerta.
Editado: 23.06.2026