Él era el invierno encarnado, el filo del abismo que
todos evitaban.
Imponente como torre negra, agresivo como lobo
herido,
sin amigos, sin interés en el calor de los mortales.
El demonio que escupía hielo y rechazaba el amor…
hasta que la vio a ella.
Ella, flor de sangre y ceniza,
buscaba la muerte como quien busca un amante fiel.
Cada noche abría las venas para dejar salir el dolor,
cada madrugada se colgaba de la nada,
huyendo de una vida que solo le ofrecía vacío.
Y él, el frío implacable, se convertía en fuego por ella.
La salvaba una y otra vez.
Arrancándola del borde del precipicio con manos que
temblaban de ira y miedo.
Limpiaba su sangre con dedos que nunca habían
conocido ternura,
la sostenía mientras ella gritaba, pataleaba y
maldecía su existencia.
La sacaba de la niebla de sueños donde se perdía
durante días,y la traía de vuelta a este mundo cruel,
aunque ambos sangraran.
“¡Déjame ir!”, suplicaba ella entre sollozos,
“no merezco que nadie me ame, mucho menos tú”.
Pero él, el demonio sin corazón,
le tomaba la mano con fuerza brutal y delicada a la
vez,
y respondía con voz rota:
“Si caes, caeré contigo.
Si sangras, sangraré yo.
No te dejaré marchar, aunque tenga que pelear contra
ti misma cada noche”.
Su amor era doloroso, sincero y salvaje.
Besos con sabor a hierro y lágrimas.
Abrazos que dejaban moretones y sanaban el alma.
Él, devorado por su propia oscuridad, ansiedad que lo
ahogaba y furia que lo quemaba,
encontraba en ella la única razón para seguir
respirando.
Ella huía de la vida…
pero corría hacia sus brazos.
Y así, dos almas rotas se aferraban la una a la otra
en medio de la tormenta eterna:
él, protegiéndola del mundo y de sí misma,
ella, amándolo con la poca luz que le quedaba.
Un amor maldito.
Un amor que duele.
Un amor que salva.
Editado: 23.06.2026