En el regazo de la noche que nunca termina,
despierto como fantasma que rechaza el sueño,
los ojos abiertos devorando la oscuridad amiga,
donde el silencio me besa y no pide que me entregue.
Amo estas horas robadas al mundo dormido,
cuando las estrellas son testigos mudos de mi dolor,
y la luna, pálida amante, derrama su frío consuelo
sobre un corazón que prefiere la soledad al calor.
No quiero el alba con sus voces y sus luces crueles,
prefiero este manto negro que me envuelve sin juzgar,
aquí no hay máscaras, no hay sonrisas fingidas,
solo yo, el insomnio y la hermosa nada que me abraza.
Caminamos juntos, la noche y yo, por pasillos de sombra,
ella susurra secretos que solo los rotos entendemos,
mientras el reloj se burla con su tic-tac eterno,
y yo le sonrío, enamorado de este dulce sufrimiento.
La soledad es mi reina de corona de espinas,
no me abandona, no me exige, no me traiciona,
en sus brazos fríos encuentro la paz que el día me niega,
y aunque el cansancio me quiebre los huesos,
prefiero mil noches en vela a un solo día fingiendo.
Aquí vivo de verdad, desnudo ante la oscuridad,
amante fiel de lo que otros temen y maldicen,
insomne eterno, guardián de la quietud sagrada,
hasta que la muerte, celosa, venga a llevarme en silencio.
Editado: 23.06.2026