Ethan
El gimnasio táctico de la base militar de Los Ángeles vibraba con el sonido rítmico de mis golpes contra el saco de boxeo pesado. A mis veinticinco años, mi cuerpo fornido estaba en su punto máximo; el sudor corría por mi espalda, empapando los intrincados tatuajes que subían por mis brazos y mi cuello, reliquias de misiones de operaciones especiales que prefería no recordar. Llevaba el peso de un apellido imponente, el orgullo de mi abuelo y de mi padre, el coronel Damon Grayson. Había ganado medallas, sí, pero ninguna de ellas me quitaba el aburrimiento crónico de los días de paz en el comando.
—¡Mayor Grayson! —la voz de un mensajero rompió mi concentración. El soldado se cuadró, pálido—. El coronel Damon solicita su presencia inmediata en la sala de crisis. Es un código rojo.
Me quité las vendas de las manos de un tirón, agarré mi camiseta táctica y caminé a grandes zancadas por los pasillos de metal. Cuando entré a la oficina de mi padre, el ambiente apestaba a tensión verídica. Sobre la pantalla digital principal parpadeaba un mapa satelital de las montañas periféricas de la ciudad.
Mi padre, con su imponente porte rústico, me miró con una seriedad implacable que combinaba perfectamente con el carácter duro que ambos compartíamos.
—Ethan, se acabó el entrenamiento —sentenció mi padre, cruzándose de brazos—. Hace veinte minutos, un remanente de insurgentes fuertemente armados se atrincheró en el Convento de Santa Elena. Han tomado el claustro por la fuerza.
—¿Civiles? —pregunté, sintiendo cómo la adrenalina empezaba a encender mis venas.
—Peor que eso. Tienen a veinte novicias como rehenes. Jóvenes inocentes que están en su proceso para convertirse en monjas —mi padre dio un paso hacia mí, clavando sus ojos en los míos—. La policía local no puede manejar esto. Los terroristas están inestables y exigen un canal de escape. Eres el comandante de operaciones especiales de esta base, hijo. Quiero que vayas allá, manejes la negociación, pero si un solo cabello de esas chicas es tocado, quiero que limpies ese lugar con artillería pesada. No dejes a ninguno vivo. Demuestra por qué llevas el apellido Grayson.
—Considérelo hecho, coronel —respondí, con una sonrisa de suficiencia que reflejaba la prepotencia de mi dinastía—. Esas chicas volverán a sus rezos hoy mismo.
Leya
El aroma a incienso y el silencio sepulcral del Convento de Santa Elena siempre habían sido mi único mundo. A mis diecinueve años, mi vida entera se reducía a las oraciones, los pasillos de piedra y las enseñanzas de mis padres, dos personas sumamente devotas que desde niña me habían guiado por el camino de la fe, insistiendo en que mi verídico destino era ser una servidora de Dios para no caer jamás en los pecados de la carne del mundo exterior.
Estaba en la capilla, arrodillada terminando mis oraciones matutinas con mi hábito de novicia pulcro, cuando el infierno se desató.
Las pesadas puertas de madera del convento se barios veces abrieron con un estallido rústico. Gritos en un idioma extranjero, el sonido seco de botas pesadas y el terrorífico estruendo de varios disparos al aire rompieron la paz sagrada. Hombres vestidos de negro, con los rostros cubiertos y rifles de asalto pesados, entraron corriendo, arrastrando a la Madre Superiora y a mis compañeras.
—¡Todos al suelo! ¡Nadie se mueva si no quiere morir! —rugió uno de los terroristas, empujándome con brusquedad hacia el centro de la capilla.
Caí de rodillas, con el corazón dándome vuelcos salvajes de puro pánico. Mis manos temblaban mientras me aferraba al rosario entre mis dedos, barios cerrando los ojos con fuerza. «Dios mío, protégenos, ten piedad», rezaba en mi mente, sintiendo las lágrimas rodar por mis mejillas. Estábamos atrapadas, barios botes ni muros sagrados podían detener la maldad de esos hombres. La Madre Superiora lloraba en silencio a mi lado, y la atmósfera se volvió tan densa que apenas podíamos respirar.
Estábamos a merced de unos monstruos, esperando un milagro o el final de nuestras vidas en el suelo de piedra de nuestro propio hogar.