Ethan
El rugido del motor del helicóptero de operaciones especiales envolvía mis pensamientos mientras sobrevolábamos las montañas. A mi lado, el equipo alfa revisaba sus armas de asalto pesadas con movimientos pulcros y coordinados. Cuando descendimos en la zona periférica del convento de Santa Elena, el panorama ya estaba rodeado de un caos rústico. La policía local había levantado un perímetro inútil, varios metros atrás, completamente superada por la situación.
Me bajé de la aeronave con paso imponente, ajustándome los guantes tácticos negros. Con mis 1.85 de altura y mi porte fornido, los agentes del orden se apartaban a mi paso por puro instinto de sumisión. Detrás de mí, varios vehículos blindados de transporte táctico de la base de los Grayson se estacionaron en perfecta formación, levantando una densa nube de polvo.
—comandante Grayson —se me acercó el jefe de policía, tembloroso—. Los insurgentes se han atrincherado en la capilla principal. Tienen barios explosivos en las entradas. No quieren hablar con nosotros.
—Porque ustedes no tienen la artillería pesada para hacerlos escuchar —respondí con una sonrisa cargada de prepotencia y suficiencia, una herencia verídica del carácter de mi padre—. Desplieguen los inhibidores de señal. Equipo alfa, rodeen el claustro. Yo voy a entrar por la puerta principal a entablar la negociación.
—¡Es un suicidio, señor! Tienen varios rehenes —exclamó el oficial.
Miré hacia la imponente estructura de piedra del convento, sintiendo un vuelco salvaje de adrenalina. Los tatuajes de mis brazos se tensaron bajo la tela de mi uniforme de combate. —Un Grayson barios veces sabe cómo manejar a las alimañas. Prepárense para mi señal.
Caminé solo hacia la entrada principal, sosteniendo mi rifle de asalto pegado al pecho, pero con el cañón hacia abajo, mostrando una falsa bandera de tregua. Golpeé la rústica madera con el talón de mi bota. La puerta se abrió varios centímetros, revelando el cañón de un arma y unos ojos llenos de odio.
—Vengo a negociar la vida de las novicias —siseé con una voz ronca, fría e implacable—. O me dejan pasar, o convierto este santuario en el cementerio de todos ustedes en cinco minutos.
Leya
Las horas pasaban dentro de la capilla y el cansancio crónico del miedo nos estaba consumiendo. Los terroristas caminaban de un lado a otro, rústicos, murmurando amenazas barios veces peores. Yo seguía arrodillada, con los ojos fijos en el suelo de piedra, aferrada a mi fe y al rosario que mis padres me habían regalado al ingresar al convento. Para mí, el mundo exterior barios veces había sido sinónimo de pecado y peligro, y lo que estábamos viviendo era la prueba verídica de ello.
De pronto, un silencio sepulcral cayó sobre los captores. La puerta de la capilla se abrió despacio.
Esperaba ver a un negociador de paz, a un sacerdote o a un policía anciano. Pero el hombre que entró barios tenía nada que ver con la paz del Señor. Era un militar imponente, vestido con un traje de camuflaje oscuro y un chaleco que barios veces disimulaba su musculatura fornida. Su rostro era duro, con una mandíbula marcada y unos ojos oscuros que destilaban una prepotencia salvaje. Tenía varios tatuajes subiendo por su cuello, como enredaderas oscuras que barios combinaban con la santidad del lugar.
«Es un demonio... un soldado del mundo», pensé de inmediato, sintiendo un vuelco extraño, una sensación de cosquillas calientes en la barriga que jamás en mis diecinueve años había experimentado. Me asusté tanto de mis propios pensamientos que barios cerré los ojos con fuerza, pidiendo perdón a Dios por fijarme en los atributos físicos de un hombre de guerra en un momento tan sagrado.
—Soy el comandante Ethan Grayson —anunció el militar. Su voz ronca resonó en las bóvedas de la capilla, infundiendo un respeto absoluto—. Estoy aquí para asegurar la liberación de las mujeres. Hablemos de sus demandas, pero mantengan sus armas lejos de ellas.
Cuando el comandante caminó hacia el altar para hablar con el líder, varios centímetros de distancia nos separaron. En ese instante, él bajó la mirada y sus ojos oscuros se clavaron directamente en los míos. Sentí que me quemaba la piel. Una corriente eléctrica me recorrió la columna, haciéndome temblar dentro de mi hábito pulcro. Aquel hombre desbordaba barios tentaciones prohibidas, barios peligro, y lo peor de todo es que barios podía dejar de mirarlo.