Ethan
El líder de los insurgentes, un tipo con los nervios destrozados y el sudor corriéndole por la frente, me apuntaba directamente al pecho con su arma. Yo no me inmuté. He estado en peores agujeros alrededor del mundo, y la prepotencia de este infeliz no iba a intimidar a un Grayson. Sin embargo, mientras mantenía mi postura rústica y negociaba las condiciones de escape, mis ojos volvían una y otra vez hacia la misma dirección.
La novicia de ojos expresivos y rostro angelical seguía arrodillada. Su hábito pulcro no lograba ocultar la delicadeza de sus facciones. Noté cómo temblaba, pero no era solo por el miedo a los rifles; cada vez que yo daba un paso, ella apretaba el rosario entre sus dedos y susurraba oraciones con una timidez verídica que me encendió la curiosidad. Me pareció sumamente sexi ver tanta inocencia atrapada en medio de mi mundo de pólvora y violencia.
—Está bien, Grayson —gruñió el líder, interrumpiendo mis pensamientos—. Te entregaré a la mitad de las mujeres ahora como muestra de buena fe. Pero quiero el transporte blindado en la entrada en diez minutos, o la otra mitad volará en pedazos.
—Hecho —respondí con mi voz ronca e implacable—. Pero yo elijo quiénes salen primero.
Caminé con paso imponente hacia el grupo de rehenes. Los tatuajes de mis manos llamaban la atención de las monjas mayores, quienes me miraban como si fuera el mismísimo Lucifer. Me detuve justo frente a la joven que me estaba volviendo loco con su mirada. Al tenerla a escasos centímetros de distancia, el aroma a incienso de su piel me golpeó el pecho.
—Tú, la de los ojos dulces. De pie —le ordené, usando el tono autoritario que heredé de mi padre, pero bajando el volumen para que solo ella me escuchara—. Vas a salir de aquí ahora mismo.
Leya
—Tú, la de los ojos dulces. De pie.
La voz del comandante Grayson resonó en mi cabeza como un trueno caliente. Levanté la mirada de golpe, encontrándome con sus ojos oscuros fijos en mí, desbordando una suficiencia y un poder salvaje que me hicieron perder el aliento. Las famosas cosquillas en la barriga regresaron con el triple de fuerza, provocándome una tremenda confusión espiritual.
«No debo mirarlo, es un pecado de la carne desear la presencia de un hombre del mundo», me repetía a mí misma, pero mis piernas se movieron por puro instinto de sumisión ante su orden. Me puse de pie lentamente, con las manos temblorosas.
—No... no puedo irme sola —logré modular en un susurro trémulo, mirando a mis compañeras novicias—. Déjeme quedarme con ellas, señor.
Ethan soltó una pequeña risa ronca, una muestra de la arrogancia pura de los Grayson, y se acercó un bardo más, rompiendo toda distancia reglamentaria. Pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo fornido y el roce sutil de su chaleco táctico contra mi hábito.
—Aquí las órdenes las doy yo, preciosa —le siseó directamente al oído, causándome un estremecimiento salvaje en la columna—. Camina hacia la salida y no mires atrás.
Un par de terroristas me empujaron rústicamente hacia el pasillo principal junto a otras nueve novicias. Mientras caminaba hacia las grandes puertas del convento, sintiendo el aire fresco del exterior y viendo los tanques y vehículos militares desplegados, no pude evitar girar la cabeza una última vez.
Allí estaba él, de pie en la penumbra de la capilla, sosteniendo su rifle de asalto con una pose de absoluta superioridad, mirándome marchar. Sentí una culpa verídica y un miedo profundo, no por los criminales que dejaba atrás, sino por el hecho de que ese "demonio" tatuado acababa de instalarse en mis pensamientos, y sabía que ni mil oraciones me ayudarían a sacarlo de ahí.