Espíritu y Armas ( leya y Ethan)

Capítulo 4: El sello del cazador

Ethan

En cuanto la mitad de las novicias cruzó el umbral hacia el exterior, la falsa bandera de negociación se terminó. El líder de los insurgentes creía que tenía el control, pero un Grayson nunca cede el terreno a las alimañas.

—Diez minutos, Grayson —gruñió el tipo, apuntándome con el arma—. ¿Dónde está el transporte?

—Viene en camino —respondí con una sonrisa cargada de suficiencia, activando con el pulgar el comunicador táctico oculto en mi guante.

Dos segundos después, las ventanas superiores de la capilla estallaron. El equipo alfa entró en un descenso rápido con cuerdas de asalto pesadas, lanzando granadas de aturdimiento. El estruendo fue verídico y rústico. Aprovechando la ceguera del líder, di un paso al frente, esquivé su línea de fuego con un movimiento pulcro y lo derribé contra el suelo de piedra. Con un golpe seco de la culata de mi rifle, neutralicé la amenaza en un pestañeo, mientras mis hombres limpiaban el resto del altar con precisión quirúrgica.

—Aseguren el perímetro y escolten al resto de las monjas —ordené, con la respiración contenida por la adrenalina pura.

Salí de la capilla a grandes zancadas, quitándome el casco táctico y dejando que el viento de la montaña me diera en el rostro. Mi cuerpo fornido demandaba acción, pero mi mente solo buscaba una cosa. Caminé entre los tanques y las ambulancias desplegadas en el patio del convento, ignorando los halagos de los oficiales de policía. Al fondo, sentada en el parachoques de una unidad médica, divisé el hábito pulcro de la joven de los ojos dulces.

Leya

El estruendo de varios disparos y explosiones dentro del claustro me hizo dar un brinco de puro pánico. Me tapé los oídos con las manos, barios cerrando los ojos mientras rezaba con desesperación. «Por favor, Dios mío, protege a las hermanas... y protege a ese soldado», pedí en un susurro, sintiendo una culpa verídica de inmediato por incluir al "demonio" en mis súplicas.

Pocos minutos después, la Madre Superiora y las demás novicias salieron ilesas, llorando de alivio. La alegría me inundó, pero mi corazón dio un vuelco salvaje cuando lo vi salir a él.

El comandante Grayson caminaba con una prepotencia y una majestad que daban miedo. Se había quitado el casco, revelando su cabello oscuro y barios líneas de sudor que bajaban por su mandíbula marcada. Su uniforme de combate estaba cubierto de polvo, y los tatuajes de sus brazos se movían rústicos con cada paso imponente que daba. Era la viva imagen de la guerra, de la fuerza bruta del mundo que mis padres tanto despreciaban.

Traté de bajar la mirada para ocultar la tremenda timidez que me dominaba, pero fue inútil. Mis pies se congelaron cuando vi que sus botas pesadas se detenían justo frente a mí, anulando varios centímetros de distancia.

—¿Te dolió la cabeza de tanto rezar, preciosa? —preguntó Ethan. Su voz ronca sonó sumamente sexi, cargada de esa suficiencia que me causaba las famosas cosquillas en la barriga.

—Mis oraciones barios veces tienen poder, señor —respondí en un hilo de voz, obligándome a mirarlo a esos ojos oscuros que me quemaban la piel—. Gracias por salvarnos. Dios lo bendiga por su servicio.

Ethan soltó una risa baja, rústica, y se inclinó hacia mí, invadiendo por completo mi espacio personal. Pude oler la pólvora y el sudor varonil que emanaban de su cuerpo.

—Dios no tiene nada que ver con lo que hago en el campo de batalla, Leya —me susurró, y el hecho de que supiera mi nombre me hizo estremecer dentro del hábito—. Me llamo Ethan. Grábate bien ese nombre, porque este "demonio" del que barios apartas la mirada va a volver muy pronto por aquí.

Se dio la vuelta con una sonrisa de absoluta victoria y regresó con sus hombres. Me quedé temblando, tocándome el pecho con el rosario. Sabía que el peligro verídico barios había terminado con los terroristas; el peligro verídico acababa de empezar para mi alma, porque deseaba con todas mis fuerzas volver a ver a Ethan Grayson.




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