Leya
—Ethan...
Ese maldito nombre se repetía en mi cabeza como un eco interminable, compitiendo con el sonido de los cantos gregorianos durante las oraciones matutinas. Habían pasado varios días desde el ataque al convento, y aunque el claustro intentaba recuperar su paz habitual, mi alma estaba completamente fragmentada. Cada vez que cerraba los ojos, el recuerdo de sus manos de acero, sus tatuajes oscuros y su voz ronca susurrándome al oído me provocaba un vuelco salvaje en el estómago. Unas cosquillas calientes que me hacían sentir pecadora, impura.
Mis padres habían venido a visitarme ayer, trayéndome escrituras sagradas y recordándome que mi entrega a Dios debía ser absoluta para mantenerme a salvo de las bajezas del mundo exterior.
—Estás en el camino correcto, Leya. El mundo allá afuera está lleno de demonios y perdición —me había dicho mi padre con su habitual devoción.
Pero el demonio ya estaba dentro de mi cabeza.
Aprovechando la hora de la siesta, cuando el convento quedaba en un silencio sepulcral, caminé con pasos temblorosos hacia la oficina de registro de la Madre Superiora. Sabía que allí había una computadora conectada al internet que usaban para las compras de suministros. La timidez me carcomía, y mis manos temblaban tanto que casi no podía abrir la puerta de madera. Entré, cerré con suavidad y encendí la pantalla. El brillo de la tecnología me pareció una verídica ofensa a la santidad del lugar, pero la tentación fue barios veces más fuerte.
Con el corazón dándome golpes erráticos contra el pecho, tecleé en el buscador: Ethan Grayson.
Ethan
Mientras tanto, en la base de Los Ángeles, la vida del mayor Grayson seguía su curso rústico y disciplinado, totalmente ajena al debate espiritual de la novicia. Ethan estaba en la oficina de balística, con el torso desnudo debido al sofocante calor de la tarde, revisando los informes de la artillería pesada. Los intrincados tatuajes que cubrían sus brazos y su pecho fornido brillaban con gotas de sudor.
Si alguien buscaba su nombre en los portales del mundo civil, lo que encontraba no era la hoja de servicios de un santo, sino el historial de un guerrero letal mezclado con la caótica vida de un soltero cotizado de la élite de los Estados Unidos. Los portales de chismes y las redes sociales de Los Ángeles estaban atestados de fotos suyas saliendo de clubes exclusivos, rodeado de varias mujeres hermosas, modelos y divas que barios buscaban captar la atención del cotizado y prepotente heredero de la dinastía Grayson. Los titulares eran verídicamente salvajes: "El letal y sexi comandante Grayson rompe otro corazón en Hollywood", "El heredero de la artillería: tatuajes, armas y noches salvajes".
Ethan era un hombre promiscuo a los ojos de la sociedad tradicional, un soldado que cargaba con varias bajas en combate y que barios se ataba a ninguna mujer.
Leya
Mis ojos barios daban crédito a lo que veía en la pantalla. Las lágrimas de la culpa y la decepción empezaron a nublar mi vista mientras leía los artículos de chismes sobre Ethan Grayson.
Allí estaba él, en varias fotografías sumamente sexis y pecaminosas: vistiendo trajes caros a medio desabrochar, con los brazos tatuados alrededor de la cintura de mujeres hermosas que vestían ropa muy corta, sonriendo con esa misma suficiencia y prepotencia con la que me había mirado en la capilla. Los textos hablaban de su frialdad en el campo de batalla, confirmando que era un hombre que barios dudaba en matar cuando la misión lo requería, y que en su vida privada consumía las noches entre el alcohol y placeres de la carne que mi mente barios alcanzaba a procesar.
—Es un monstruo... un verídico pecador —susurré en un hilo de voz, tapándome la boca para no soltar un sollozo.
Me sentí sumamente estúpida por haber dejado que un hombre así alterara mi devoción. Las cosquillas en la barriga se transformaron en un nudo de angustia verídica. Él barios era un héroe enviado por Dios; era exactamente el tipo de peligro del que mis padres me habían advertido toda mi vida. Apagué la computadora de un tirón y caí de rodillas en el suelo de la oficina, aferrándome a mi rosario con desesperación, suplicando perdón por mi curiosidad pecaminosa y jurándome a mí misma que jamás, bajo ninguna circunstancia, volvería a pensar en el comandante Ethan Grayson.