Espíritu y Armas ( leya y Ethan)

Capítulo 6: Inspección de sorpresa

Ethan

Habían pasado varios días y la rutina en la base militar de Los Ángeles me resultaba insoportable. Ningún entrenamiento de artillería pesada, ni las misiones de rutina, ni las llamadas del coronel Damon lograban quitarme de la cabeza el rostro de la novicia. Recordar su timidez verídica, la suavidad de su voz y la forma en que su hábito pulcro contrastaba con mi rústico mundo me estaba volviendo loco. Un Grayson barios veces consigue lo que quiere, y yo quería volver a ver a Leya Smith.

Aprovechando los protocolos posteriores a la toma de rehenes, firmé una orden oficial de la base. "Inspección táctica y verificación de los sistemas de seguridad del Convento de Santa Elena". Una excusa perfecta que mi rango de comandante de operaciones especiales me permitía barios veces ejecutar sin dar explicaciones a nadie.

Me subí a la camioneta militar negra y conduje hacia las montañas. Esta vez no vestía el equipo de combate pesado, pero mi uniforme de faena ajustado dejaba ver mi cuerpo fornido. Llevaba las mangas enrolladas hasta los codos, exponiendo los intrincados tatuajes que subían por mis brazos. Cuando estacioné frente al convento, caminé con paso imponente hacia el patio central, derrochando esa prepotencia y suficiencia que tanto odiaba la Madre Superiora.

—Mayor Grayson, no esperábamos una visita —dijo la anciana monja, mirándome con desconfianza.

—Seguridad nacional, Madre —respondí con mi voz ronca y fría—. Necesito inspeccionar los pasillos del ala norte y revisar que las novicias no tengan secuelas del incidente. Empezaré por la señorita Smith. ¿Dónde está?

Leya

Estaba en el jardín trasero, cargando una rústica canasta llena de sábanas limpias para el lavadero. Había pasado varias noches rezando de rodillas, suplicando perdón por haber buscado su nombre en la computadora, intentando borrar de mi mente aquellas fotos pecaminosas de Ethan en los clubes de Los Ángeles, rodeado de mujeres mundanas y placeres de la carne. Me repetía a mí misma que él era la perdición verídica.

De pronto, el sonido seco de unas botas pesadas contra la piedra del pasillo me hizo congelar. Mi corazón dio un vuelco salvaje de puro pánico.

Al girarme, lo vi. El comandante Grayson caminaba hacia mí con una majestad y una prepotencia que me quitaron el aliento. Sus ojos oscuros estaban fijos en mi rostro, devorándome a varios centímetros de distancia. Ver sus tatuajes bajo la luz del sol me recordó de inmediato todo lo que había leído en internet: las bajas en combate, su reputación de hombre promiscuo y letal. La tremenda timidez y la culpa me golpearon el pecho, provocando que las famosas cosquillas en la barriga regresaran con un fuego insoportable.

—Buenas tardes, Leya —siseó Ethan al detenerse justo frente a mí, anulando varios centímetros de distancia reglamentaria. Su aroma a sudor varonil y loción cara inundó mis sentidos—. Te ves muy pulcra hoy. ¿Has estado rezando por mí?

—No debería estar aquí, mayor Grayson —respondí en un hilo de voz, apretando la canasta rústica contra mi pecho como si fuera un escudo contra la tentación—. Este es un lugar sagrado. Los hombres del mundo, llenos de... pecados y vanidades, no tienen nada que hacer aquí.

Ethan soltó una risa baja, ronca y sumamente sexi, dando un paso más, obligándome a retroceder hasta que mi espalda chocó contra la pared de piedra del claustro.

—Vaya, parece que alguien estuvo investigando mi historial —comentó él con suficiencia, acorralándome con sus brazos apoyados en el muro—. ¿Qué pasa, preciosa? ¿Te asusta lo que encontraste en internet o te asusta el hecho de que no puedes dejar de mirarme?

Me quedé atrapada entre su cuerpo fornido y la fría piedra, temblando por completo. Mis ojos barios podían apartarse de sus labios, y la culpa por desear la cercanía de este "demonio" rústico me estaba carcomiendo el alma.




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