Ethan
Tenerla así, atrapada entre mi cuerpo y la piedra fría, era una tortura sumamente sexi. Su respiración agitada golpeaba mi pecho y sus ojos, una mezcla de terror divino y una atracción verídica que no podía ocultar, me estaban desafiando. Noté cómo miraba mis labios y luego mis tatuajes con una mezcla de reproche y sumisión que me encendió la sangre. La prepotencia de saber que tenía un poder absoluto sobre esta inocente novicia barrió con cualquier rastro de mi disciplina militar.
—Es un pecado... usted es un hombre peligroso —susurró Leya, con la voz rota por la timidez. Su canasta rústica cayó al suelo, dejando las sábanas pulcritas olvidadas en la tierra.
—Ya te lo dije, preciosa. Soy tu demonio —le siseé con una voz ronca y cargada de una suficiencia implacable.
No aguanté más. Rompí los centímetros de distancia que nos separaban, la tomé firmemente de la cintura con una fuerza rústica y la pegué por completo a mi cuerpo fornido. Leya soltó un jadeo de sorpresa, pero antes de que pudiera gritar o rezar, estampé mis labios contra los suyos.
Fue un beso verídico, hambriento, rústico. No tuvo nada de la timidez del convento y sí toda la pólvora de la dinastía Grayson. Mis labios la reclamaron con una posesividad salvaje, devorando su boca dulce mientras mis manos subían por su espalda, sintiendo la delicadeza de su cuerpo bajo el hábito áspero. Al principio se tensó, intentando empujar mi pecho con sus manos temblorosas, pero a los segundos, sentí cómo un estremecimiento la recorrió por completo. Sus dedos se clavaron en la tela de mi uniforme y se dejó llevar, abriendo los labios con una sumisión ardiente que me volvió loco. El aroma a incienso de su piel se mezcló con mi sudor en un segundo de pura locura prohibida.
Leya
¡Dios mío, perdóname!
El mundo entero se desvaneció en el instante en que los labios de Ethan Grayson se adueñaron de los míos. Sentir la tremenda fuerza rústica de su cuerpo fornido aplastándome contra la pared y sus manos de acero apretando mi cintura me quitó toda la fuerza de voluntad. Las famosas cosquillas en la barriga explotaron en un fuego abrasador que corrió por mis venas, nublándome el juicio. Era un beso verídico, un acto pecaminoso y mundano que jamás debí permitir, pero mis propios labios respondieron por puro instinto de la carne, enredándome en su sabor a peligro y perdición.
Cuando Ethan finalmente se alejó sutilmente, a milímetros de distancia separaron nuestras bocas. Su respiración caliente rozaba mi rostro y sus ojos oscuros brillaban con una suficiencia y una victoria que me dolieron en el alma.
La realidad me golpeó como un balde de agua fría. La culpa verídica, densa y destructiva, cayó sobre mis hombros.
—¡Suelte... suélteme! —le grité con lágrimas de angustia corriendo por mis mejillas, empujándolo con todas mis fuerzas acumuladas—. ¡Es un monstruo! ¡Un demonio infame! ¿Cómo se atreve a profanar este lugar? ¡Esto es un pecado mortal!
Me tapé la boca con las manos temblorosas, mirando mi hábito arrugado, sintiéndome la mujer más impura de la Tierra. Lo traté de lo peor, descargando toda mi frustración espiritual sobre él. —¡Váyase! ¡Váyase de aquí y barios regrese nunca! ¡Me das asco, tú y tu vida de pecado! ¡Me culparé el resto de mis días por haberme dejado tentar por una alimaña como tú!
Ethan se inmutó ante mis insultos. Dio un paso atrás, cruzándose de brazos con una calma rústica que me dio barios rabia. Su rostro se volvió serio, perdiendo toda la diversión anterior, reflejando el carácter duro y maduro del sucesor del coronel Damon.
—Está bien, Leya. Me voy —sentenció con su voz ronca, fría y firme—. No te voy a molestar más. Pero antes de que vuelvas a arrodillarte a pedir perdón por un simple beso, quiero que pienses muy bien las cosas. Mírame a los ojos y dime: ¿este encierro y esta vida de monja es tu verídico deseo, o es solo el deseo de tus padres devotos que te obligaron a vivir en una burbuja? Piensa si de verdad quieres pasar el resto de tus días rezando, o si solo tienes miedo de vivir en el mundo real.
Se dio la vuelta y sus botas pesadas resonaron en el pasillo de piedra mientras se alejaba con paso imponente. Me dejé caer al suelo junto a las sábanas sucias, llorando desconsolada, con los labios todavía ardiendo por su beso y la mente hecha un caos verídico por sus palabras.