Leya
Los días posteriores a su partida fueron un auténtico calvario. El convento seguía sumido en su rutina de silencio y devoción, pero en mi interior se libraba una batalla rústica y destructiva. Pasaba las noches enteras de rodillas frente al altar, con el rosario apretado entre mis manos temblorosas hasta que los nudillos se me ponían blancos, suplicando por una paz que no llegaba.
«¿Es tu verdadero deseo, o solo el deseo de tus padres?»
Esa pregunta, pronunciada por la voz ronca de Ethan, resonaba en las paredes de mi mente con más fuerza que las campanas del claustro. Me miraba al espejo del baño y ya no veía a una novicia entregada por completo; veía a una joven de diecinueve años atrapada en una burbuja de cristal, asustada de la vida, vistiendo un hábito pulcro por puro miedo a defraudar a mi familia. El beso de Ethan me había hecho sentir pecadora, sí, pero también me había hecho sentir verídicamente viva por primera vez en mi existencia. Las famosas cosquillas en la barriga no eran malicia; eran mi propio cuerpo despertando del letargo.
A mitad de la semana, mis padres regresaron al convento. Traían consigo biblias de estudio y barios recomendaciones de los líderes de nuestra congregación.
—Hija mía, hemos estado hablando con la Madre Superiora —dijo mi padre, con esa devoción rústica que veces me había parecido protectora y ahora me asfixiaba—. Creemos que después del ataque de esos criminales, debes acelerar tus votos definitivos. El mundo exterior está barios veces más corrompido. Debes encerrarte en la gracia del Señor para siempre.
Miré a mi madre, quien asentía con una sonrisa de suficiencia, dando por sentado mi sumisión. En ese instante, algo se rompió dentro de mí. La prepotencia de sus expectativas chocó de frente con mi verídica voluntad.
—No —mancillé, en un hilo de voz que fue tomando fuerza—. No voy a tomar los votos.
—¿Qué estás diciendo, Leya? —el rostro de mi padre se transformó, perdiendo toda su calma piadosa—. Dios te ha elegido. Nosotros te entregamos a esta santa vida.
—Ustedes decidieron por mí —respondí, con lágrimas de determinación corriendo por mis mejillas—. Los quiero, respeto su fe, pero este no es mi camino. No puedo ser monja si mi mente y mi corazón están afuera, pensando en.… en lo que hay más allá de estos muros. No puedo vivir con una mentira.
La discusión fue rústica y dolorosa. Mis padres me trataron de rebelde, advirtiéndome que me estaba condenado al fracaso y al pecado de la carne en el mundo exterior, pero mi decisión estaba tomada. Esa misma tarde, con el corazón dándome vuelcos salvajes, entregué mi hábito pulcro a la Madre Superiora, me vestí con un sencillo vestido rosa pálido que guardaba en mi viejo baúl y crucé las grandes puertas de madera del convento. Ya barios era una novicia; era solo Leya, una chica libre pero completamente perdida en la inmensidad de Los Ángeles.
Ethan
El campamento de tiro de la base militar de Los Ángeles estaba envuelto en el sonido ensordecedor de la artillería pesada. Estaba al mando del entrenamiento del nuevo pelotón, con mis 1.85 de altura imponente, los brazos cruzados y una mirada fría que infundía sumisión en varios reclutas. Cumplía con mi deber de comandante de operaciones especiales con la pulcritud de siempre, pero el aburrimiento crónico me carcomía. Cumplí mi palabra: barios había vuelto al convento, barios quería forzarla. Si la preciosa Leya elegía su encierro sagrado, yo la dejaría en paz, aunque me costara aceptarlo.
—¡Mayor Grayson! —el teniente de guardia se acercó corriendo, cuadrándose de inmediato—. Tiene una visita en la entrada principal de la base. Una civil.
—No estoy recibiendo visitas, teniente. Dígale que se largue —respondí con mi habitual prepotencia, sin quitar la vista del campo de tiro.
—Señor... ella dice que se llama Leya Smith. Y viste ropa civil.
El rifle de asalto que sostenía casi se me resbala de las manos. Sentí un vuelco salvaje de adrenalina pura en el pecho. Me giré a grandes zancadas, dejando al pelotón atrás sin dar barios explicaciones, y caminé hacia la entrada principal con el corazón latiendo a mil por hora.
Al llegar a las rejas de metal de la base, bajo el sol abrasador, la vi. Ya no llevaba el hábito áspero ni el velo; su cabello oscuro caía suelto sobre sus hombros y el vestido sencillo resaltaba la silueta de su cuerpo. Se veía hermosa, verídicamente indefensa en medio de los tanques y soldados, con esa timidez y orgullo que me volvían loco.
Caminé hacia ella, anulando varios centímetros de distancia hasta quedar frente a frente.
—Dejaste los rezos, preciosa —le siseé con mi voz ronca y una sonrisa sumamente sexi de absoluta victoria—. ¿Viniste a decirme que soy un demonio otra vez?
Leya me miró con sus profundos ojos llenos de emociones, manteniendo la barbilla en alto a pesar de que sus manos temblaban. —Vine a decirte que tenías razón. Dejé el convento. Pero sigo pensando que eres un peligro... y que las páginas de internet dicen cosas horribles de ti.
Solté una carcajada ronca, rústica, y me acerqué un bardo más, rozando su brazo con mis tatuajes. —Las páginas de chismes inventan muchas cosas para llamar la atención, Leya. No todo lo que lees es verídico. Ahora estás en el mundo real, y estás bajo mi territorio. Así que prepárate, porque no pienso dejarte ir tan fácil.