Espíritu y Armas ( leya y Ethan)

Capítulo 10: La confrontación de dos mundos

Ethan

Para su primera cita oficial en el mundo real, decidí sacar a Leya de la base militar. Quería que experimentara algo completamente diferente a la comida del comedor de soldados. Elegí un restaurante elegante en una de las zonas más exclusivas de Los Ángeles, un lugar con luces tenues, música suave y grandes ventanales.

Cuando pasé a buscarla a su alojamiento, casi me quedo sin aliento. Leya llevaba un vestido sencillo de color rosa pálido que se amoldaba con delicadeza a la silueta de su cuerpo, y su cabello oscuro caía suelto en ondas suaves. Su timidez era evidente; jugaba con sus manos mientras caminaba a mi lado. Al verla tan hermosa, sentí una fuerte punzada de posesividad. Apreté su cintura con firmeza, pegándola a mi cuerpo fornido mientras subíamos a mi camioneta negra.

Ya en el restaurante, la cena transcurría de maravilla. Ella me miraba con sus ojos dulces mientras probaba platos nuevos, y esas famosas cosquillas en su barriga se delataban cada vez que yo le rozaba la mano sobre la mesa. Mi prepotencia habitual se suavizaba solo con escuchar su risa limpia.

—¿Ves que el mundo exterior no es tan terrible, preciosa? —le dije con mi voz ronca, dedicándole una sonrisa sumamente sexi.

—Es hermoso, Ethan... —respondió ella en un hilo de voz—. Pero todavía me asusta un poco. Siento que en cualquier momento mis padres...

No pudo terminar la frase. El ambiente sofisticado del lugar se rompió cuando dos figuras irrumpieron cerca de nuestra mesa. El color se le fue del rostro a Leya al instante. Eran ellos: el señor y la señora Smith.

Leya

El corazón me dio un vuelco salvaje de puro terror. Mis padres, vestidos con su ropa pulcra y severa, estaban parados frente a nuestra mesa, mirándome con una mezcla de profunda decepción y rabia. Habían estado buscándome desde que dejé el convento, y vernos en un lugar así era su peor pesadilla.

—¡Leya! —exclamó mi padre, con su voz rústica temblando de indignación—. Así que era verdad. Dejaste el camino del Señor para entregarte a los placeres del mundo... y con este hombre.

Mi madre me miró con desprecio, fijando sus ojos en los intrincados tatuajes que subían por el brazo de Ethan, quien se había puesto de pie de inmediato. Con sus 1.85 de altura, mi comandante se convirtió en una barrera imponente entre mis padres y yo.

—Buenas noches, señores —dijo Ethan. Su voz era fría, implacable, y desbordaba el carácter duro que heredó del coronel Damon—. Soy el comandante Ethan Grayson. Les sugiero que bajen la voz. Están alterando a su hija.

—¿El comandante? ¡Tú eres un demonio! —rugió mi padre, dando un paso al frente sin intimidarse por el porte militar de Ethan—. Hemos leído sobre ti en internet. Eres un soldado promiscuo, un asesino que carga con muertes en su conciencia y un pecador que solo busca arrastrar a nuestra hija pura al fango de la carne. ¡No eres más que una alimaña que profanó el convento!

La tremenda timidez y la vergüenza me hicieron romper a llorar. Los clientes del restaurante empezaron a murmurar, y las miradas de reproche de mis padres me hacían sentir sumamente pequeña. Traté de esconderme detrás de la espalda ancha de Ethan.

—Ustedes no saben nada de mí, ni de lo que su hija realmente desea —siseó Ethan, y sus ojos oscuros brillaron con una suficiencia peligrosa. Su mandíbula estaba tensa—. Leya dejó el convento por su propia voluntad. Ella no quería esa vida de encierro que ustedes le impusieron. Y les advierto una cosa: ya no está sola. Ahora está bajo mi protección. Así que midan sus palabras antes de volver a insultarme en su presencia.

—¡Esto es una abominación! —gritó mi madre, tomándose el pecho—. Dios nos libre de un yerno como tú. Jamás aceptaremos a un monstruo tatuado en nuestra familia. ¡Te estás condenando, Leya!

Ethan no perdió la calma rústica que lo caracterizaba en situaciones de crisis. Sacó su billetera con prepotencia, dejó varios billetes de alta denominación sobre la mesa para pagar la cena, y me tomó de la mano con una fuerza decidida que me dio una seguridad verídica.

—Nos vamos, Leya —me ordenó con suavidad, pero con firmeza.

Caminamos hacia la salida del restaurante, dejando a mis padres gritando oraciones y reproches a nuestras espaldas. Mientras subíamos a la camioneta bajo la noche de Los Ángeles, me abracé a su pecho fornido, llorando por el dolor de haber roto con mi familia, pero sintiendo al mismo tiempo el fuego inconfundible de saber que este "demonio" era el único hombre capaz de defenderme de todo el mundo.




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