Espíritu y Armas ( leya y Ethan)

Capítulo 11: Destino: Seúl

Ethan

Los días posteriores al escándalo en el restaurante sirvieron para que Leya terminara de romper las cadenas de su pasado. Aunque le dolió la actitud rústica de sus padres, verlos atacarme con tanta saña le abrió los ojos: entendió que el amor verdadero no asfixia ni juzga con crueldad. Con el paso de las semanas, se instaló en un hermoso apartamento cerca de la playa que ayudé a conseguirle. Verla dejar atrás los vestidos apagados para usar ropa civil que resaltaba su silueta, sin perder su dulzura e inocencia, me tenía completamente dominado.

Estaba en mi despacho de la base revisando el inventario de la artillería pesada cuando la puerta se abrió con la prepotencia habitual que compartíamos en la familia. El coronel Damon, mi padre, entró con paso firme y me arrojó un sobre dorado con el sello oficial de la base.

—Te vas a Corea, Ethan —sentenció mi padre, cruzándose de brazos con una sonrisa de aprobación—. Tu hermana Kiara no deja de presionar al alto mando. Quiere que toda la familia viaje a Seúl para la primera parte de su boda con el recluta Min-jae.

—Pensé que la ceremonia en Estados Unidos sería la principal, coronel —respondí con mi voz ronca, arqueando una ceja con suficiencia.

—Ya conoces a tu melliza, es una diva arrogante y caprichosa —mi padre soltó una carcajada limpia—. Quiere hacer una ceremonia tradicional coreana allá para honrar a la familia de Min-jae, y luego regresamos a Los Ángeles para la gran fiesta militar. El jet privado de la base está listo. Y Ethan... —mi padre me clavó una mirada severa pero cargada de picardía—, Kiara me dijo que tienes permiso de llevar a tu "invitada especial". Quiero ver qué clase de mujer logró domar el carácter del soltero más codiciado del comando.

Una sonrisa de absoluta victoria se dibujó en mi rostro. —No se va a arrepentir de conocerla, coronel. Tiene la pureza que a esta familia le hace falta.

Leya

Cuando Ethan me propuso viajar con él a Corea del Sur, sentí que las famosas cosquillas en la barriga se transformaban en un torbellino de emociones. En toda mi vida, el lugar más lejano al que había ido era el jardín del convento, y ahora iba a cruzar el océano en un jet militar privado al lado del hombre que me había robado el corazón.

El día del vuelo, caminé por la pista de aterrizaje de la base de Los Ángeles agarrada firmemente del brazo de Ethan. Vestía un hermoso vestido de color lila que él mismo me había regalado, sintiendo el calor de su cuerpo fornido dándome una seguridad verídica frente al imponente despliegue de soldados y aeronaves.

Al subir al jet, el lujo del interior me dejó sin aliento, pero lo que de verdad me puso los nervios de punta fue ver a las personas sentadas en los asientos principales. El coronel Damon Grayson nos observaba con una imponente presencia que infundía sumisión por puro instinto, y a su lado, la capitana Kiara nos miraba con una sonrisa de suficiencia absoluta.

—¡Bienvenidos a bordo del vuelo del pecado! —exclamó Kiara con una carcajada limpia y ruidosa, derrochando su gracia de diva—. Te ves preciosa, Leya. Qué bueno que lograste sacar a este monstruo tatuado de su cueva militar.

—Buenas tardes, capitán... coronel —mancillé con mi tremenda timidez, apretando el rosario que aún conservaba en mi bolso.

El coronel Damon se puso de pie. Con su gran altura, se detuvo frente a mí, analizando mi rostro con sus ojos severos. El silencio duró varios segundos, recordándome la rigidez rústica de mi propio padre, pero a diferencia de él, el coronel Grayson suavizó la mirada y me extendió una mano grande y firme.

—Bienvenida a la familia, jovencita —dijo el coronel con voz de trueno, pero con un tono verídicamente cálido—. Mi hijo tiene un genio difícil y demasiados tatuajes, pero sé que bajo ese uniforme hay un soldado ejemplar. Si dejó de romper corazones en Los Ángeles por estar contigo, es porque vales oro. Disfruta el viaje a Seúl.

Ethan me tomó de la cintura con esa fuerza sexi que me volvía loca, anulando los centímetros de distancia para susurrarme al oído contra el cabello: —Te lo dije, preciosa. Mi mundo puede ser rústico, pero aquí estás a salvo de cualquiera.

Mientras el jet despegaba rumbo a Asia, miré a Ethan a los ojos, descubriendo que las páginas de chismes de internet no sabían nada de la verídica nobleza de su alma. Estaba viajando al otro lado del mundo con mi comandante, y por primera vez en mi vida, sentí que el cielo no estaba en el encierro del convento, sino en el infierno encantador de sus brazos.




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