Leya
Corea del Sur era un sueño hecho de contrastes: rascacielos imponentes que tocaban el cielo y palacios antiguos que respiraban una paz muy parecida a la del convento, pero sin el peso del encierro. Nos habíamos hospedado en un hotel de absoluto lujo en el centro de Seúl.
La mañana previa a la boda tradicional coreana, Ethan tuvo que quedarse en el complejo militar con su padre y Min-jae para revisar los protocolos de seguridad. Antes de irse, me dio un beso corto, pero sumamente sexi en los labios, dejándome con las famosas cosquillas en la barriga frente a toda su familia.
—Disfruta tu día, preciosa. Estás en buenas manos —me susurró con su voz ronca, acariciando mi cintura con sus dedos tatuados antes de marchar con paso imponente.
Las "buenas manos" resultaron ser una camioneta de lujo esperándome abajo, comandada por la capitana Kiara y, por primera vez, por la madre de Ethan: la señora Liria Grayson. Liria era una mujer de una elegancia pulcra, con una presencia imponente que derrochaba la suficiencia de una verdadera dama de la alta sociedad militar, pero sus ojos oscuros compartían la misma calidez profunda de su hijo.
—¡Arriba, Leya! Hoy es un día libre de hombres y artillería pesada —exclamó Kiara con su habitual gracia de diva, vistiendo un conjunto rosa pastel espectacular.
—Es un placer tenerte con nosotras, Leya —dijo Liria con una sonrisa verídicamente cálida, tomándome de la mano con suavidad rústica pero protectora—. Mis hijos tienen un carácter duro heredado de la vida militar, pero sé que Ethan te cuida como a su tesoro más preciado. Hoy nos encargaremos de que te sientas una reina.
Kiara
Llevé a mi madre y a Leya a una de las zonas de compras más exclusivas de Seúl, Myeong-dong, y luego a un spa privado donde nos dieron un tratamiento digno de la dinastía Grayson. Ver a Leya relajarse fue una victoria absoluta. Seguía siendo una chica con una timidez verídica, pero mientras le pintaban las uñas en un tono lila precioso, empezó a soltarse, riendo con mi madre sobre las ocurrencias rústicas de los hombres de nuestra familia.
—Dime la verdad, Leya —le siseé con picardía mientras tomábamos un té tradicional—. ¿Cómo hace mi hermano en la intimidad? Porque ese monstruo tatuado desborda una prepotencia salvaje en la base, pero contigo parece un cachorro obediente.
—¡Kiara, por favor! —la reprendió mi madre, Liria, soltando una carcajada limpia y elegante—. No abochornes a la niña. Recuerda que viene de una vida muy pulcra.
Leya se puso roja como un tomate, una timidez adorable que justificaba por qué mi hermano se había vuelto loco por ella. Jugó con el dobladillo de su vestido rosa pálido antes de responder en un hilo de voz.
—Él... él es muy respetuoso, capitana —susurró Leya, mirándonos con sus ojos dulces—. Al principio me asustaba su reputación en internet, las cosas rústicas que leí sobre su pasado promiscuo... Pero conmigo es diferente. Es protector, firme, y me hace sentir que el mundo real no es un pecado, sino una oportunidad para ser feliz.
Mi madre, Liria, suavizó el rostro por completo. Se inclinó hacia ella, rompiendo los centímetros de distancia, y le dio un tierno abrazo de aceptación verídica.
—Las páginas de chismes inventan muchas cosas de los Grayson, mi vida —sentenció mi madre con seriedad madura—. Ethan ha tenido que ser un soldado letal y fuerte para ganarse sus medallas, pero su corazón es noble. Tus padres no supieron ver el gran hombre que es, pero nosotras sí sabemos la joya de mujer que eres tú por haberlo cambiado por completo. Desde hoy, eres una Grayson más, y nadie volverá a juzgarte.
Escuchar eso me llenó de orgullo. Mi madre tenía razón. Leya había dejado los hábitos por amor, y mi hermano se había ganado el cielo, aunque yo le siguiera diciendo que tenía su pase VIP al infierno por robarse a una monja. La salida de chicas terminó en una boutique de alta costura, donde mamá Liria y yo le compramos a Leya un vestido de diseñador espectacular para la ceremonia de la noche, asegurándonos de que cuando Ethan la viera, cayera de rodillas por completo ante la hermosa civil que domaba su rústico corazón.