Ethan
El Gran Palacio de Seúl estaba iluminado con linternas tradicionales de seda que proyectaban un brillo dorado sobre los jardines antiguos. La primera parte de la boda de mi melliza era un evento masivo; el clan de los Lee estaba en pleno, mezclado con altos mandos militares de la base de los Estados Unidos. Kiara lucía impecable y con su habitual prepotencia de diva en un hermoso traje tradicional coreano, mientras Min-jae mantenía su porte pulcro y maduro de asistente perfecto.
Yo estaba de pie cerca del altar de piedra, vistiendo mi uniforme de gala con todas mis medallas brillando en el pecho. Con mis 1.85 de altura, mantenía una postura rústica e imponente, pero mis ojos oscuros no dejaban de buscar entre la multitud.
De pronto, un murmullo recorrió el jardín. Me giré despacio y sentí que la respiración se me congelaba en el pecho.
Acompañada por mi madre, Liria, Leya entró a la ceremonia. Llevaba el vestido de alta costura que le habían comprado en la salida de chicas: una pieza de seda color lila que se ajustaba con delicadeza a su cuerpo fornido de curvas sutiles, dejando al descubierto sus hombros pulcros. Su cabello oscuro caía en ondas perfectas y su rostro angelical desbordaba una timidez verídica que hacía que todos los presentes se giraran a mirarla. Ya no quedaba nada de la novicia asustada del convento; era una mujer espectacular que derrochaba una gracia divina.
Caminé a grandes zancadas hacia ella, ignorando los saludos de los generales, con una suficiencia y un orgullo que me llenaban el alma. Al detenerme a escasos centímetros de distancia, sus profundos ojos dulces se clavaron en los míos, y noté el sutil temblor de sus manos que delataba las famosas cosquillas en su barriga.
—Estás verídicamente hermosa, preciosa —le siseé con mi voz ronca, ofreciéndole mi brazo.
—Tú también te ves muy imponente, comandante —respondió ella en un hilo de voz, dedicándome una sonrisa que me encendió la sangre.
Leya
Tener el brazo de Ethan entrelazado con el mío era mi único anclaje en medio de tanta opulencia. Sentir el calor de su cuerpo y ver la firmeza de sus tatuajes ocultos bajo el pulcro uniforme de gala me daba una seguridad absoluta.
La ceremonia tradicional fue un espectáculo hermoso lleno de cantos y reverencias. Al terminar el ritual, pasamos al banquete principal en los salones reales. Fue allí donde la verdadera prueba comenzó. El coronel Damon y mi suegra, Liria, nos hicieron señas para que nos acercáramos a la mesa principal, donde se encontraban los tíos, primos y padres de Min-jae, además de varios diplomáticos importantes de los Estados Unidos.
—Comandante Grayson, qué honor tenerlo aquí —dijo un general de división, mirando con asombro mis ropas y mi cercanía con Ethan—. No sabíamos que el soltero más codiciado de la base venía acompañado. ¿Quién es esta bella dama?
Ethan me tomó firmemente de la cintura con una posesividad sumamente sexi, anulando cualquier distancia entre nosotros frente a las miradas curiosas del clan familiar coreano y los oficiales.
—Caballeros, familia... les presento oficialmente a Leya Smith —anunció Ethan con una voz ronca que resonó con prepotencia y orgullo en toda la mesa—. Es mi novia, y la mujer que me acompaña en cada paso de mi vida.
Las tías de Min-jae soltaron exclamaciones de asombro por mi belleza, y los primos de la base miraron a Ethan con una envidia verídica, recordando seguramente las páginas de chismes de internet que lo pintaban como un hombre promiscuo. Ahora lo veían sosteniéndome como a su tesoro más pulcro y sagrado.
—Es un verídico placer conocerlos —mancillé, venciendo mi tremenda timidez y manteniendo la barbilla en alto, tal como me había enseñado Liria esa tarde.
Kiara, que pasaba por allí derrochando su gracia de novia victoriosa junto a Min-jae, se detuvo un segundo para guiñarme un ojo con varios grados de picardía. —Se los dije, es un ángel. Mi hermano tuvo que asaltar un convento rústico para conseguir una novia así de perfecta, así que más les vale respetarla.
Todos rieron de buena gana, y por primera vez desde que dejé los hábitos, sentí que el peso de los reproches de mis padres desaparecía por completo. Miré a Ethan de reojo, viendo su mandíbula marcada y sus ojos oscuros llenos de suficiencia y amor. Sabía que el mundo civil podía ser rústico y caótico, pero presentada ante la sociedad militar como la mujer de Ethan Grayson, entendí que mi verdadero santuario estaba en su pecho.