Ethan
El regreso de Corea del Sur a la base militar de Los Ángeles nos sumergió de lleno en la organización de la segunda boda de Kiara y Min-jae. Esta iba a ser la fiesta grande, al estilo Grayson: uniformes de gala impecables, despliegue de artillería pesada en los honores y una lista de invitados que incluía a la élite del comando.
Yo estaba en la oficina de control táctico terminando de revisar los perímetros de seguridad para el evento cuando mi comunicador emitió un pitido agudo. Era la guardia de la entrada principal.
—comandante Grayson —informó el centinela con tono rígido—. Los civiles Smith están en la puerta principal. Exigen ver a su hija, Leya. Dicen que no se moverán de la entrada de la base hasta que ella salga a hablar con ellos. Venían con un abogado civil.
Apreté los puños, sintiendo cómo la furia rústica de mi apellido encendía mi sangre. Los intrincados tatuajes de mis brazos se tensaron bajo las mangas de mi uniforme. Esos malditos infelices no entendían razones. Su devoción extrema los cegaba y su prepotencia los hacía creer que podían venir a mi territorio a exigir sumisión.
—Manténganlos en la zona de espera exterior. Yo mismo voy a bajar —ordené con mi voz ronca y helada—. Y que nadie le diga una sola palabra a Leya. No quiero que se altere.
Bajé a grandes zancadas por los pasillos de metal, derrochando el carácter duro y la suficiencia que mi padre me había enseñado. Al llegar a la reja principal de la base, bajo el sol abrasador, divisé a los padres de Leya. Vestían sus ropas pulcritas y oscuras, y el señor Smith sostenía una biblia rústica en su mano derecha como si fuera un arma.
—¿Dónde está nuestra hija, Grayson? —rugió el hombre en cuanto me vio detener a escasos centímetros de distancia—. Hemos venido a sacarla de este antro de pecado y perdición. Exigimos verla.
—Su hija es una mujer mayor de edad, libre y civil, señores —respondí con una sonrisa cargada de suficiencia absoluta, cruzándome de brazos con altanería—. Leya no está secuestrada. Está viviendo su vida real, lejos de la burbuja y la culpa mortal en la que ustedes la tenían atrapada.
—¡Tú la sedujiste con tus mentiras de hombre promiscuo! —gritó la madre, apuntándome con el dedo—. Leímos los chismes en internet, sabemos las muertes que cargas. ¡Devuélvenos a nuestra niña o te destruiremos con la prensa!
Leya
Estaba en el apartamento de oficiales de la base, terminando de arreglar con mi suegra, Liria, los detalles florales lila para el vestido de damas de honor de la noche. Me sentía feliz, plena, experimentando una seguridad verídica que jamás había conocido. Sin embargo, un presentimiento extraño me recorrió la columna, provocándome un vuelco salvaje en el estómago. Las famosas cosquillas en la barriga regresaron, pero esta vez eran de pura angustia.
Miré por el gran ventanal del pabellón norte que daba a la entrada principal y ahogué un grito.
A lo lejos, junto a las rejas de metal y los tanques de exhibición, alcancé a distinguir las figuras severas de mis padres discutiendo con Ethan. Pude ver el porte imponente de mi comandante, su cuerpo fornido parado de manera desafiante frente a ellos para protegerme, incluso a la distancia.
—Leya, ¿qué pasa? —preguntó Liria, levantándose con esa elegancia madura que la caracterizaba.
—Mis padres... están en la entrada —mancillé en un hilo de voz, sintiendo que la tremenda timidez intentaba paralizarme—. Están peleando con Ethan. Tengo que bajar, mamá Liria. No puedo dejar que Ethan cargue con mis batallas familiares.
—Voy contigo, hija —sentenció Liria con rostro firme—. Es hora de que esos señores entiendan que los Grayson protegemos a los nuestros con uñas y dientes.
Caminamos rápido hacia la entrada. Cuando llegamos, las palabras hirientes de mi padre resonaban en el patio militar. Estaba llamando a Ethan "monstruo", "alimaña" y "asesino".
—¡Ya basta! —grité, rompiendo los metros de distancia que nos separaban y colocándome justo al lado de Ethan. Él me miró de inmediato con sus ojos oscuros llenos de sorpresa y preocupación, atrapando mi mano con su fuerza sexi y firme.
—¡Leya! Regresa a casa con nosotros —exclamó mi padre, extendiendo la biblia hacia mí—. Deja a este soldado pecador. Todavía puedes pedir perdón en el convento y limpiar tu alma del pecado de la carne.
Miré a mis padres a los ojos, y por primera vez en mi vida, no sentí miedo ni sumisión. Sentí una profunda lástima por su ceguera.
—No voy a regresar —les respondí con voz clara, firme y llena de orgullo verídico—. Mi alma está limpia, papá. Dejar el convento no fue un pecado, fue el inicio de mi libertad. Ethan no es un demonio; es el hombre que me salvó la vida, que me respeta y que me ama tal como soy. Si ustedes no pueden aceptar al yerno que el destino les trajo, si prefieren su rigidez rústica antes que la felicidad de su hija, entonces son ustedes los que se están quedando solos en su iglesia vacía. No me busquen más.
Mi madre soltó un sollozo de rabia y mi padre se quedó mudo, impactado por la tremenda determinación de mis palabras. El abogado que traían botes supo qué decir ante mi declaración voluntaria.
El coronel Damon, que venía llegando en su camioneta militar oficial, se bajó del vehículo derrochando su imponente presencia de general. Miró a los guardias y dio una orden implacable. —Retiren a estos civiles del perímetro militar ahora mismo. Si vuelven a acosar a la prometida de mi hijo, los haré procesar por violar la seguridad del comando de artillería pesada. ¡Lárguense!
Mis padres no tuvieron más remedio que dar la vuelta, derrotados por completo, marchándose bajo el sol de Los Ángeles. Cuando se alejaron, me giré hacia Ethan con lágrimas en los ojos. Mi comandante me tomó de la cintura, anulando los centímetros de distancia, y me plantó un beso verídico, rústico y hambriento frente a sus padres y los soldados de guardia.