Espíritu y Armas ( leya y Ethan)

Capítulo 15: Honor, gala y un nuevo comienzo

Ethan

El salón de gala de la base militar de Los Ángeles estaba vestido de etiqueta pura. Candelabros de cristal colgaban del techo alto, reflejando su brillo sobre los uniformes impecables y los vestidos de diseñador de los invitados más distinguidos del comando. Afuera, la artillería pesada había tronado las salvas de honor en un despliegue rústico y perfecto para celebrar la unión oficial de mi melliza Kiara y Min-jae. Kiara, fiel a su estilo de diva arrogante, derrochaba una suficiencia absoluta con su vestido blanco de cola kilométrica, mientras Min-jae mantenía su porte pulcro de hombre afortunado.

Yo estaba de pie junto a mi padre, el coronel Damon, sosteniendo una copa de champán. Con mis 1.85 de altura, portaba mi uniforme de gala oscuro, pero mi mente y mis ojos oscuros estaban fijos en la entrada principal.

Entonces, las puertas dobles se abrieron.

Leya entró al salón del brazo de mi madre, Liria. El aire se me escapó de los pulmones. Llevaba un vestido de diseñador color lila, de una seda tan pulcra que parecía flotar a cada paso, amoldándose con una elegancia sumamente sexi a la silueta de su cuerpo. Su cabello oscuro estaba recogido en un moño alto que dejaba ver la delicadeza de su cuello, libre de velos y ataduras. Su timidez verídica seguía ahí, delatada por el sutil rubor de sus mejillas, pero caminaba con la barbilla en alto, derrochando el orgullo y la dignidad que había conquistado.

Crucé el salón a grandes zancadas, ignorando las miradas de los generales de división y los chismes de los portales de internet que solían vigilar mis noches salvajes. Me detuve frente a ella, anulando los centímetros de distancia reglamentaria.

—Te lo he dicho antes, preciosa, pero hoy pareces un ángel real —le siseé con mi voz ronca, tomándola firmemente de la cintura para pegarla a mi cuerpo fornido.

—Y tú pareces el dueño del mundo con ese uniforme, comandante —respondió Leya en un hilo de voz, y sus profundos ojos dulces brillaron con una confianza que me encendió la sangre. Las famosas cosquillas en su barriga se reflejaron en la hermosa sonrisa que me dedicó.

Leya

Caminar por ese salón tomada de la mano de Ethan Grayson era la confirmación verídica de que mi vida había cambiado para siempre. Ya no sentía el miedo crónico del convento ni la culpa mortal que mis padres me habían inculcado desde niña. El mundo real tenía peligros, sí, pero también tenía una belleza inmensa y un amor limpio que valía la pena vivir.

Ethan me llevó hacia la pista principal para el baile de honor. Mientras nos movíamos al ritmo de la música suave, rodeados por los aplausos de los soldados y las sonrisas de aprobación de mi suegra Liria y de Kiara, miré los intrincados tatuajes que asomaban sutilmente por el puño de la camisa de Ethan. Recordé el día que entró a la capilla del convento de Santa Elena, rústico, imponente y prepotente, luciendo como el mismísimo demonio del que tanto me habían advertido.

—¿En qué piensas, preciosa? —me preguntó Ethan, inclinando su rostro para rozar mis labios con su respiración caliente, sumamente sexi.

—En que las páginas de internet se equivocaron mucho contigo —le susurré con grado de picardía, perdiendo toda la timidez espiritual—. Decían que eras un hombre frío, promiscuo y peligroso.

Ethan soltó una carcajada ronca, rústica, y me apretó más contra su pecho, haciéndome sentir protegida bajo el sello implacable de la dinastía Grayson.

—Soy peligroso para los que intentan hacerte daño, Leya. Pero para ti, soy solo el hombre que no va a dejar de amarte ni un solo día de su vida. Prepárate, porque la próxima boda que organice esta base va a ser la nuestra.

Me colgué de su cuello, ignorando el decoro pulcro del lugar, y le planté un beso verídico, lleno de fuego y de una sumisión voluntaria que nacía del fondo de mi alma. Había dejado los hábitos y los rezos perpetuos, pero al mirar los ojos oscuros y cargados de suficiencia de mi comandante, supe con absoluta certeza que había encontrado mi propio pedazo de cielo aquí en la Tierra, justo en los brazos de mi rudo y amado militar.

FIN




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