Las siguientes semanas, no fue distinto. Las bromas y venganzas continuaron. De eso había pasado prácticamente un mes desde que llegó y pensó que era momento de hablar con Mara para pedirle que le pusiera un freno a sus hijas.
Le quedaban cinco meses y debía hacer que se casara. No estaba dispuesto a volver con un fracaso. Aun así, esperaba Mara parecía cada vez más enfadada, por alguna razón parecía incómoda y hablaba muy poco con él.
Esa noche estaba decidido a hablar con ella, así que esperó paciente luego de llegar y estar todo el día en la calle, buscando a hombres adecuados. Ninguno le parecía que lo fuera, a todos les encontraba un pero y seguía creyendo que O’Callaghan era la opción más viable.
Ese día, Mara había ido al salón. Dijo que quería estar lista para las vendimias de fin de mes. Eran festividades del pueblo y quería acabar con lo que tenía en resguardo, luego de la tormenta, muchos de sus cultivos habían muerto, así que necesitaba recursos para poder seguir cultivando y eso la obligaba a vender sus suministros para invierno. Con la esperanza de tener dinero para cultivar y sobre todo para poder comprar y almacenar para su propia supervivencia.
Finalmente, Nicholas llegó a casa a eso de las ocho. Arribó decepcionado de planear con Dilan algo para sorprender a Mara.
En cuanto entró, sintió el abrumador silencio, lo que le hizo suponer que las niñas ya se habían dormido, así que se apresuró a buscar a Mara. La encontró en la cocina, estaba guardando cosas en la nevera y observó su cabello. Lucía igual que siempre, así que frunció el ceño.
«¿No dijo que iría al salón?». Pensó.
—Hola —dijo y ella se giró.
Nicholas no observó ningún cambió, pero no quiso ser grosero.
—Que bueno que llegas, necesito hablar contigo —anunció la mujer y él asintió antes de recordar lo que iba a darle.
—Por cierto, antes de que lo olvide. Iba a darte este dinero en la mañana, pero ya te habías ido —comentó Nick antes de extender el efectivo hacia ella—. Es por mi estancia en esta casa, como un alquiler. No me dijiste una cantidad y pues… soy muy malo como granjero, así que pensé que es una cantidad justa.
—Dije que lo mejor era que te mudaras —aclaró Mara y dio un suspiro—. He estado esperando que tocaras el tema luego de que Dilan me dijera que decidiste quedarte… sin consultarme.
—Bueno, lo hice porque quería darle una lección a tus hijas —aclaró con sinceridad—. Son malas, me maltratan y me hacen muchas travesuras. Yo soy víctima y me has mirado todo este tiempo como si el villano fuera yo. Quería disciplinarlas.
Mara parpadeó, sorprendida.
—¿¡Perdón!? —exclamó Mara.
—Pero ya se me quitaron las ganas, no se puede ganar con ellas —añadió Nicholas en su defensa—. Sin embargo, creo que deberías hacer algo. No pueden ir por la vida llenando la maleta de ranas a la gente.
Mara suspiró y apretó las manos.
—Voy a decir esto solo una vez. Nadie más que yo, disciplina a mis hijas. Son niñas, no soldados. Además, esta no es tu casa para que pongas reglas. —La mujer lo enfrentó, dispuesta a darle con la escoba si continuaba—. ¿Desde cuándo te nombré tutor oficial? No tienes derecho a hacerles nada y si me entero de que lo hiciste.
—¡No pensaba lastimarlas! —se defendió molesto, acercándose a ella, quien lo enfrentó aun más retadora.
—¡Eso sería el colmo! —exclamó rabiosa—. Nunca te atrevas a ponerles un dedo encima.
—Eres demasiado permisiva. Esas mocosas son esbirros haciendo y deshaciendo y no les pones límites, parecen animales salvajes andando por ahí —declaró él, sin poder contenerse—. Definitivamente les hizo falta su padre.
La bofetada sonó tan fuerte que sin que se dieran cuenta, despertaron a las chicas, quienes en filita se acercaron a la puerta y abrieron para oír lo que pasaba.
—¡Mis hijas no necesitan a nadie! —gritó furiosa, con la barbilla temblando y los ojos acuosos—. ¿Crees que no sé por qué lo hacen? Sé que piensan que un hombre vendrá, se casará conmigo y las hará a un lado. Son unas chicas inocentes y hermosas, pero intentan alejar a cualquiera que amenace con separarlas de mí. Son solo niñas que creen que si me enamoro de alguien, tendré hijos y las haré a un lado. Soy todo lo que tienen y se aferran a conservarme a cualquier costo. No es tan difícil de entender, pero has dejado claro que mis hijas te molestan, así que guarda tu dinero y busca un nuevo sitio. No es una invitación, es una orden.
—Eso no justifica su comportamiento —insistió rabioso y acercándose a ella de forma amenazante.
—No, pero yo tampoco quiero un marido, creo que dejé eso muy claro e insistes en continuar —sentenció la mujer—. No quiero un hombre porque a la mayoría, como a ti, mis hijas les estorban y desde ya te digo que nadie, ni Dios, está por encima de ellas para mí.
La tensión se volvió palpable, tanto que parecían salir chispas de coraje. Estaban tan cerca uno del otro que podían sentir el aliento del otro.
Se miraban desafiantes.
—No me iré —dijo él, finalmente y, con voz baja—. No lo haré porque sé que en el fondo no te molesta la idea de tener una pareja, te molesta que ellas no puedan aceptar al que te gusta. Todas las mujeres alguna vez, al menos una vez soñaron con una pareja perfecta.