Esposa y Madre por Error.

CAPÍTULO 2.

Capítulo 2

Horas más tarde, Jossie empezaba a despertar y lo primero que notó fue que el techo se veía diferente, elegante, con unas lámparas colgantes demasiado ostentosas. Las paredes eran de un tono beige impecable y el olor a desinfectante industrial que había sentido antes de dormirse fue reemplazado por un sutil aroma a lavanda.

Había un televisor enorme en la pared y un lujoso sillón de cuero junto al ventanal. El entorno era demasiado silencioso, demasiado cómodo para ser una sala de recuperación postoperatoria común.

Se levantó sobre los codos, ignorando un ligero mareo repentino que tuvo. Su mente, excesivamente lógica, comenzó a procesar la situación: una extracción de órgano implicaba una herida profunda y dolor agudo. Deslizó sus manos debajo de la sábana y palpó sus costados.

Presionó la zona lumbar. No había gasas ni suturas. No sentía el dolor punzante de una nefrectomía.

La puerta se abrió suavemente y una enfermera entró sosteniendo una tableta digital. Al ver a Jossie despierta, le dedicó una sonrisa.

—Buenos días, señorita Ferrer. Veo que ya pasó el efecto de la anestesia —dijo, acercándose—. No se preocupe, todo está en orden, pasará un día más en su suite VIP.

Jossie la miró fijamente, sin parpadear.

Sus dedos comenzaron a rasgar la piel de su pulgar derecho, un movimiento inconsciente que la ayudaba a mantener el control ante los estímulos del entorno.

—¿Ferrer? Yo soy Jossie Herrera. Usted... está confundida. ¿Dónde está el doctor Silva? —preguntó con voz plana—. ¿Por qué no tengo una incisión en el costado? ¿Por qué no me han extraído mi riñón? Quiero ver el reporte de la cirugía de mi abuela ahora mismo.

La enfermera parpadeó, desconcertada. Revisó la pantalla de su dispositivo antes de responder.

—Señorita, no debe preocuparse, a veces la anestesia reacciona de manera extraña. Usted está en el pabellón privado bajo el cuidado directo del cirujano jefe. Y no hay ninguna incisión porque el procedimiento no requería cortes quirúrgicos. De hecho, tengo excelentes noticias para usted y su familia. El proceso fue un éxito. Usted ya está oficialmente embarazada. La inseminación con la última muestra viable del magnate Jorge Luis Reverón prendió a la perfección en su útero. ¡Es un milagro!

Las palabras llegaron al cerebro de Jossie como piezas de un rompecabezas.

Embarazada. Inseminación. Jorge Luis Reverón. Su cabeza analizaba los términos de manera rápida y los rechazó de inmediato.

—Eso es un error de datos —dijo con voz temblorosa—. Yo ingresé al quirófano para una nefrectomía. Iba a donar un riñón para Carmen Herrera. Lo que usted describe es un procedimiento de reproducción asistida que jamás solicité.

La enfermera perdió su seguridad, mirando la pulsera de identificación en la muñeca de la joven.

—Aquí dice que usted estaba en la camilla asignada... El cirujano jefe realizó el procedimiento adecuado.

—No me interesa lo que diga esa pantalla —la interrumpió Jossie, subiendo el tono de voz—. Introdujeron fluidos biológicos en mi cuerpo sin mi autorización. Eso constituye una negligencia catastrófica. Mi abuela va a morir en una semana si no recibe mi órgano de inmediato. Una mujer gestante no puede someterse a una extracción de órgano debido a los riesgos. Por lo tanto, exijo que me practiquen un aborto ahora mismo. Limpien mi útero para poder entrar al quirófano correcto.

—¿Un aborto? —la enfermera palideció, dando un paso atrás—. Señorita, usted no entiende. Esa era la única muestra viable del señor Reverón. Si interrumpimos este proceso, el hospital se enfrentará a una crisis legal destructiva.

El zumbido del aire acondicionado pareció triplicar su volumen en los oídos de Jossie. El pitido regular del monitor cardíaco comenzó a acelerarse golpeando su cabeza como un martillo.

La luz de la lámpara colgante se volvió más intensa.

Los colores, el olor a lavanda, la voz de la enfermera... todo se convirtió en una masa intolerable de estímulos.

La crisis de sobreestimulación la golpeó con fuerza, desatando su temperamento volátil.

—¡No me importa su apellido, ni su dinero, ni las finanzas de este hospital! —gritó Jossie, perdiendo el control—. ¡Saquen ese embrión de mi cuerpo! ¡Quiero que extraigan mi riñón ahora!

La enfermera, aterrada por la furia de la joven, presionó el botón de emergencia de la pared y retrocedió hacia la salida, pero Jossie no iba a quedarse sentada esperando a que ellos decidieran sobre la vida de su abuela.

Sin pensarlo dos veces, sujetó la vía intravenosa de su brazo y tiró de ella con un movimiento brusco. Se quitó los electrodos del pecho de un tirón y bajó de la cama, mareada.

El choque térmico la hizo reaccionar, pero la rabia que tenía por dentro era mayor que cualquier molestia sensorial o física.

Con los pies descalzos y pasos firmes caminó hacia la salida de la suite imperial, dispuesta a encontrar al responsable de esa atrocidad, y no le importaría tener que derribar la clínica entera con sus propias manos para lograrlo.




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