Capítulo 3
Las puertas del ascensor privado se abrieron en la recepción principal de la clínica. El piso de mármol brillaba bajo las enormes lámparas de cristal, reflejando la opulencia de un lugar diseñado para personas con dinero y no para trabajadores como ella.
Jossie avanzó con paso firme, ignorando las miradas de asombro de los pacientes elegantemente vestidos y del personal de seguridad. Llevaba puesta una pijama de seda rosa que le habían colocado en la suite imperial, un atuendo costoso que contrastaba con la rigidez de su postura.
Su dedo índice no dejaban de rasgar la piel de su pulgar derecho; la incomodidad de su entorno la estaba presionando al límite.
Se plantó frente al mostrador de la entrada principal. La recepcionista la miró con una mezcla de incomodidad y desprecio.
—Necesito ver al director de este hospital y al cirujano jefe ahora mismo —dijo Jossie. Su voz era un tono plano, directo y alarmantemente alto que se extendió por todo el vestíbulo—. Cometieron una negligencia médica. Ingresé aquí para donar un riñón a la paciente Carmen Herrera del piso nueve y, en su lugar, me realizaron un proceso de reproducción asistida que no pedí. Exijo que solucionen su error de inmediato.
Un silencio sepulcral cayó sobre la recepción. Dos señoras vestidas con ropa de diseñador se taparon la boca, escandalizadas, mientras los murmullos cesaban de golpe. La recepcionista se quedó muda, pálida detrás del mostrador.
Antes de que la situación se saliera por completo de control, el gerente de la clínica apareció corriendo desde un pasillo lateral, con el rostro empapado en sudor.
Se colocó frente a Jossie, intentando tapar a la recepcionista con su propio cuerpo.
—Señorita, por favor, le suplico que baje la voz —susurró el gerente, con las manos levantadas en un gesto de súplica—. Venga conmigo a mi oficina privada. No puede decir esas cosas aquí. El material biológico que se utilizó... usted no lo entiende, pero es un milagro médico. Pertenece a un hombre sumamente poderoso que lleva años intentando tener un hijo y que no puede dejar descendencia de otra forma. Es un asunto de mucha confidencialidad.
Jossie apenas lo miró un segundo para darse cuenta de que no mentía.
—El estatus económico de ese hombre no altera la realidad de los hechos —respondió ella, con una honestidad brutal que desarmó al gerente—. Su milagro médico es una invasión a mi cuerpo que yo no aprobé. Usaron mi vientre sin mi consentimiento y, al hacerlo, detuvieron la cirugía que mi abuela necesita para seguir viva. Ustedes cometieron un delito y están destruyendo a mi familia.
A unos veinte metros de distancia, frente a los ventanales más cercanos a la salida, Jorge Luis Reverón esperaba a que su chofer trajera el vehículo. Al escuchar el altercado, se giró lentamente con una sonrisa arrogante apenas marcada en los labios.
El caos le resultaba sumamente interesante. Sin embargo, al clavar sus ojos en la mujer que causaba el alboroto, su expresión cambió.
Jorge quedó cautivado y completamente intrigado por la escena. La fiera de la pijama de seda rosa tenía una altivez extraña, una forma de pararse que denotaba que no le temía a nada ni a nadie. Sus gestos eran bruscos, precisos e imponentes.
No pudo evitar bajar la mirada a sus piernas pálidas y firmes, que quedaban al descubierto con esa bata tan corta.
Había algo salvaje e indomable en ella que capturó su atención de inmediato. Se cruzó de brazos, disfrutando del espectáculo sin tener la más mínima idea de que esa mujer descalza llevaba el destino de su propio legado en su vientre.
Mientras tanto, la paciencia de Jossie se había agotado por completo.
—Escúcheme bien —sentenció ella, apuntando al gerente con el dedo, con una mirada volátil y decidida—. Tienen una hora. Si esta clínica no soluciona el desastre que hicieron, voy a salir por esa puerta, caminaré hasta el primer laboratorio que encuentre y haré que saquen eso de mi vientre. La vida de mi abuela es una bomba de tiempo y su única salvación depende de mi riñón.
El gerente dio un paso atrás, aterrado por la determinación y el carácter indomable de la joven, sabiendo que la amenaza era completamente real.
A lo lejos, Jorge seguía observándola detenidamente, deseando incluso acercarse a ella para contradecirla, solo por el morbo de verla rabiar aun más.
En ese momento una mano temblorosa tocó su hombro un par de veces. Jorge se volteó con fastidio, encontrándose cara a cara con el doctor Olivares. El director del hospital estaba completamente pálido, con la frente cubierta de sudor frío y las manos temblando ligeramente sin control.
—¿Qué carajo quieres, Olivares? ¿No ves que estoy ocupado? —gruñó Jorge, con su habitual grosería.
El médico tragó saliva, con la voz quebrada por el miedo a lo que venía después.
—Señor Reverón... por favor, escúcheme —tartamudeó el doctor, con las palabras atascadas en su garganta—. Cometimos un terrible error en el pabellón... hemos Inseminado a la paciente equivocada.
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Editado: 30.07.2026