Esposa y Madre por Error.

CAPÍTULO 4.

Capítulo 4

La mirada de Jorge Luis Reverón se transformó por completo. El atisbo de diversión que se reflejaba en su rostro al ver aquel espectáculo en el vestíbulo desapareció por completo, reemplazado por una furia ciega.

Sin importarle que estuvieran en medio de la entrada principal y bajo la mirada de docenas de personas, Jorge avanzó un paso y agarró al doctor Olivares con fuerza por el cuello de la camisa, estampándolo contra una columna de mármol.

—¿Qué carajo acabas de decir, Olivares? —rugió, con la voz temblando de una impotencia incontrolable. Sus ojos ardiendo de una rabia ciega, amenazaban con perforar al médico—. Repítelo si tienes los malditos pantalones.

—Se... señor Reverón, por favor, suélteme —suplicó el director, con el aire escapándosele de los pulmones y el rostro completamente pálido—. Fue una confusión con las carpetas de las pacientes en el quirófano...

—¡Me importa una mierda tus malditas carpetas! —le gritó Jorge en la cara, sacudiéndolo con violencia. Su arrogancia desmedida estalló ante todo el mundo—. Pasé meses seleccionando minuciosamente a la incubadora perfecta para mi hijo. Pagué mucho dinero para conseguir a la mujer perfecta, una profesional sana, con genes impecables, con un árbol genealógico limpio. ¡No a una maldita pueblerina común y corriente! ¿Estás demente?

El médico temblaba tanto que apenas podía mantenerse en pie. Los hombres de seguridad de la clínica miraban la escena desde lejos, pero ninguno se atrevía a intervenir ante el hombre más poderoso del país.

—¡Saca a mi hijo de su cuerpo ahora mismo! —ordenó Jorge, apretando aún más el puño en la ropa del doctor—. Extrae ese embrión y ponlo en la mujer que yo elegí para que lo llevara. O usa otra de mis malditas muestras, para eso les pago una fortuna. Resuelvan su porquería de error ya.

—¡N... No se puede, señor! ¡Eso es biológicamente imposible! —murmuró Olivares, con la mirada llena de terror—. Si intentamos extraer el embrión ahora, el óvulo se destruirá por completo. Y... y eso no es lo peor. Usted no tiene más muestras. Se lo advertí en la oficina, esa era su última muestra viable tras años de tratamientos. Su conteo de esperma cayó a cero después de eso. Científicamente, esa mujer es su única oportunidad en la vida de tener un hijo. Si ella pierde a ese bebé, usted jamás podrá ser padre.

Jorge se quedó paralizado. La revelación lo golpeó como una bofetada en la cara. Soltó el cuello del médico, dejándolo caer de rodillas al suelo mientras intentaba recuperar el aire. El mundo del magnate se tambaleó por un segundo.

Una mujer extraña llevaba en su vientre a su único heredero. Su única oportunidad.

—Eso no es todo, señor Reverón —añadió el doctor, frotándose el cuello, con la voz rota.

—¿Hay algo más? —preguntó el magnate, desconcertado.

—Lo peor es que esa chica entró en crisis y salió corriendo de la clínica hace unos minutos. Dijo que no le importaba quién fuera usted, que iría a un laboratorio privado a realizarse un aborto de inmediato porque necesita operarse para salvar a su abuela.

La furia de Jorge regresó multiplicada por mil. La sola idea de que una desconocida pretendiera deshacerse de su único hijo lo sacó por completo de sus cabales.

—Si ese bebé no nace, Olivares, me voy a encargar personalmente de destruir este maldito hospital —sentenció Jorge, levantándolo por el cuello nuevamente—. Voy a acabar con tu carrera, con tus bienes y con tu miserable vida. Vas a terminar en la calle comiendo de la basura, te lo juro por mi propia vida.

Jorge se dio la vuelta de inmediato, como un león hambriento buscando a su presa. Su asistente personal, Marcos, se acercó a él con su tablet en la mano, habiendo escuchado toda la conversación.

—¡Marcos! —le ordenó Jorge, con un tono cortante y directo—. Rastrea a esa intrusa ya mismo. Hackea las cámaras de seguridad de la calle, busca la señal de su celular, haz lo que tengas que hacer. Pero detén cualquier intento de aborto. Esa mujer no puede sacarse a mi hijo.

Marcos comenzó a teclear a una velocidad impresionante en su tableta, sudando frío bajo la intensa mirada de su jefe. Pasaron dos minutos que parecieron eternos, llenos de una tensión asfixiante.

De pronto, el asistente abrió los ojos con preocupación.

—Señor, localicé la ubicación del dispositivo móvil de la chica. Acaba de encenderse en una de las calles más solitarias de la ciudad, justo frente a un laboratorio de dudosa reputación. Es un lugar que fue cerrado hace años por la práctica de procedimientos ilegales.

A Jorge se le congeló la sangre, pero la adrenalina lo hizo reaccionar. No iba a permitir que una pueblerina testaruda arruinara su vida.

Salió al estacionamiento donde su lujoso coche ya lo esperaba con la puerta abierta. Subió al asiento trasero con el rostro rígido y los puños apretados. Soltó un bufido pesado y miró fijamente a su chofer.

—¡Conduce a toda prisa a esa dirección! —ordenó Jorge, dándole un golpe al asiento delantero—. ¡Muévete antes de que sea tarde!




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