Capítulo 5
El olor a humedad mezclado con cloro barato impregnaba el aire del pequeño laboratorio. Jossie permanecía acostada sobre una camilla de cuerina rota, la superficie fría le calaba los huesos de la columna a través de la tela de su ropa.
P
En el techo, un extractor de aire averiado emitía un chirrido metálico constante que, sumado al estruendo de los neumáticos, las vocinas y el tráfico pesado que se filtraba desde la calle por una ventana rota, amenazaba con desatar otra crisis en su cabeza.
Le zumbaban los oídos y la luz parpadeante de una lámpara vieja le hería los ojos, pero se obligó a quedarse inmóvil. Tenía un único objetivo fijo en la mente, una prioridad absoluta: salvar la vida de su abuela.
El médico, un hombre de mirada esquiva y manos descuidadas, se encontraba de espaldas, ordenando unos frascos sobre un estante oxidado.
Jossie bajó la mirada hacia su cuerpo. Con lentitud, llevó su mano derecha hacia su vientre plano, apoyando la palma con suavidad sobre la tela de su abrigo. En su interior no había odio, sino un profundo respeto y un dolor sordo que le partía el alma. Ella no despreciaba la vida que apenas comenzaba a formarse en su útero; sabía que ese bebé no tenía la culpa de la incompetencia de la clínica.
Sin embargo, la balanza de sus prioridades no dejaba espacio a las dudas. Su abuela la había criado, la había protegido cuando el mundo entero la rechazaba por ser diferente, y Jossie no sabría como vivir sin ella.
Una lágrima solitaria resbaló por su mejilla, cayendo sobre la sábana grisácea de la camilla. Acarició su abdomen por última vez y dejó escapar un susurro.
—No es tu culpa, bebito. Perdóname. pero ella me necesita y yo no podría vivir sin ella.
El médico se dio la vuelta acomodándose unos guantes de látex. Sostuvo un espéculo de metal y una jeringa de succión, cuyos reflejos opacos hicieron que Jossie apretara los dientes.
El hombre no mostró la menor empatía; solo quería terminar el trabajo rápido para cobrar el dinero que ella había podido conseguir vendiendo su celular y lo poco que tenía.
—Muy bien, señorita, ya deje la lloradera. Usted quería hacer esto, nadie la obligó —dijo el hombre con voz ronca, acercando la bandeja metálica a los pies de la camilla—. Abra las piernas y manténgase lo más quieta posible. Si grita o se mueve podemos tener complicaciones y aquí no hay ambulancias que la vayan a salvar.
Jossie no respondió. Se limitó a clavar la mirada en el techo, manteniendo los dedos de su mano izquierda rasgando con fuerza la uña de su pulgar, buscando desesperadamente un ancla física para soportar lo que vendría después. El médico levantó el instrumento, listo para iniciar el procedimiento.
En ese instante, las puertas del laboratorio se abrieron de par en par.
El médico soltó el instrumental del susto, haciéndolo resonar contra el suelo, mientras daba un paso hacia atrás con el rostro pálido.
Jossie se levantó de golpe sobre sus codos, con los ojos abiertos como platos, perdiendo por completo la rigidez de su postura ante la violenta interrupción.
Jorge rge Luis Reverón se abrió paso al laboratorio como un vendaval de destrucción. Vestía el mismo traje de diseñador, pero ahora no tenía la corbata y los primeros botones de su camisa estaban abiertos. Su rostro era la viva imagen de un demonio enfurecido.
Detrás de él, dos guardaespaldas de traje negro entraron armados, bloqueando de inmediato cualquier salida y paralizando el procedimiento por completo.
El espacio, que ya era pequeño, se sintió asfixiante ante la imponente y peligrosa presencia del magnate.
Jorge recorrió la habitación con una mirada rápida y cargada de asco, hasta que sus ojos se clavaron en la camilla. Al ver a la chica del escándalo de la clínica allí acostada, vulnerable, pero con esa mirada altiva que lo había hipnotizado, sintió que su corazón se saltó unos latidos.
"¡Esto debe ser una maldita broma!"
No podia creer que era ella. Su arrogancia desmedida mezclada con el miedo a perder su único legado biológico lo hicieron avanzar con pasos rápidos, apartando al asistente del laboratorio de un empujón violento.
El médico levantó las manos, rendido ante las armas de los guardaespaldas y la violencia del hombre que acababa de romper su puerta.
—¿Quiénes son ustedes? ¡Maldita sea, no pueden entrar así a mi propiedad! —alcanzó a decir el médico, intentando retroceder hacia una esquina.
Jorge ni siquiera lo miró a los ojos. Se acercó a la camilla, interponiendo su cuerpo entre el instrumental médico y Jossie.
Su respiración era errática y sus puños seguían apretados con tanta fuerza que los nudillos se le veían blancos.
Se giró despacio hacia el médico, clavándole una mirada letal que prometía un sufrimiento absoluto.
—Cállate la maldita boca, infeliz, antes de que te la rompa a golpes —sentenció Jorge con una voz profunda, ronca y cargada de una furia salvaje. Miró fijamente al médico y le advirtió—: Si pones una sola mano sobre la madre de mi hijo, te destruiré.
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Editado: 30.07.2026