Esposa y Madre por Error.

CAPÍTULO 6.

Capítulo 6

La puerta del vehículo se cerró con un golpe seco que aisló por completo el ruido de la calle. Los guardaespaldas habían escoltado a Jossie con una firmeza que no le daba opción a escapar.

Ella se sentó en el asiento trasero con sus manos firmes sobre sus rodillas. El espacio cerrado había empezado a abrumarla, pero se obligó a concentrarse.

Jorge Luis se sentó a su lado, respirando de forma errática, todavía alterado por la adrenalina del momento.

Jossie no mostró rastro de temor ante la imponente presencia del magnate, se giró despacio y clavó su mirada inexpresiva en su rostro enfurecido.

—Usted es el hombre del hospital. El que estaba gritando al director —dijo ella con su voz plana—. El gerente dijo que el material biológico pertenecía a un hombre poderoso que no podía dejar descendencia de otra forma. Usted es el dueño de esa muestra. Usted es el padre de este bebé.

Jorge soltó un bufido seco y cargado de arrogancia. Se giró hacia ella, sorprendido por la frialdad con la que procesaba la situación.

—Vaya, la pueblerina resultó ser más inteligente de lo que creí —escupió, grosero y tajante—. Sí, soy el padre. Y más vale que te metas eso en la cabeza de una buena vez, porque ese bebé es lo único que me importa ahora. Así que a partir de este instante vas a hacer exactamente lo que yo te diga, sin protestar.

—Usted no tiene ningún derecho a darme órdenes —replicó Jossie, con una honestidad brutal que lo dejaba cada vez más desconcertado—. Su interferencia y sus demandas biológicas son un obstáculo para los planes que tenía antes de que su médico confundiera mi expediente.

—¡Me importa una mierda tus planes! —le gritó él, perdiendo los estribos ante su altanería—. A partir de ahora, te callas y juegas bajo mis reglas.

El coche se detuvo frente a la imponente mansión que parecía sacada de una revista.

Jossie fue trasladada a una habitación en el segundo piso. Cuando la puerta se cerró a sus espaldas se quedó completamente inmóvil.

La habitación era enorme, más grande que el apartamento donde vivía con su abuela. Había una cama King size y una iluminación excesiva que le causó rechazo inmediato.

Lejos de deprimirse o asustarse por el encierro, una rabia volcánica comenzó a hervir en su pecho.

Su autismo la mantenía atada a horarios, tareas diarias específicas y el conocimiento exacto de lo que vendría después para sentirse segura. Estar atrapada en un lugar desconocido, bajo las reglas arbitrarias de un extraño, alteraba por completo su equilibrio interno.

Sus dedos comenzaron a rasgar con fuerza la palma de su mano para intentar contener la sobreestimulación que amenazaba con romper su compostura.

—¡Abran la puerta ahora mismo! —gritó Jossie hacia el pasillo, su voz altiva resonando en las paredes del exterior—. ¡No tienen el derecho de retenerme contra mi voluntad!

Una empleada entró un par de horas más tarde, dejando una bandeja con sopa caliente, carne y jugo sobre la mesa de noche. Jossie ni siquiera se dignó a mirar los alimentos.

—Llévese eso —le dijo a la mujer—. No voy a comer nada de lo que provenga de este lugar.

Pasó el primer día, luego la mañana del segundo día y Jossie se negó a probar una sola gota de agua o un bocado de comida. Permanecía sentada en una silla de madera de respaldo recto, ignorando por completo la enorme cama que tenía a un lado, con la mirada fija en la ventana.

Su cuerpo empezaba a sentir la debilidad física, pero su mente se mantenía inflexible.

Por la tarde, el silencio total de la suite se rompió cuando la puerta se abrió con un golpe violento. Jorge entró como un torbellino de furia, con el rostro desencajado y los puños apretados.

El informe de que la joven no había tocado los alimentos lo había sacado por completo de sus casillas. La preocupación por su heredero, su última oportunidad en la vida de tener un hijo, lo tenía al borde del colapso.

—¡¿Qué carajo te pasa por la cabeza?! —gritó Jorge, con su habitual patanería—. ¿Te quieres morir de hambre o qué te pasa? Llevas dos días sin tocar la maldita comida. ¡Tienes que alimentarte, carajo! No voy a permitir que tus berrinches estúpidos maten a mi hijo.

Jossie levantó la barbilla de manera altiva, sosteniéndole la mirada con una firmeza indomable. Su rostro seguía carente de expresión, pero sus palabras salieron con una claridad tajante.

—Es mi cuerpo y yo decido si como o no —respondió ella—. Usted me encerró aquí, eso es secuestro y yo no tengo ninguna obligación de cooperar con sus demandas.

Jorge soltó un bufido cargado de desprecio y se inclinó hacia ella, acortando la distancia hasta que sus rostros quedaron a pocos centímetros.

—Escúcheme bien, testaruda. Crees que puedes hacer lo que deseas, pero estás equivocada. El mundo se mueve porque yo lo permito. Si no empiezas a comer y a cuidar a mi hijo ahora mismo, voy a ordenar que desconecten a tu abuela de los aparatos médicos del hospital. Una sola palabra mía, y ella se muere. Tú decides si comes o si la entierras mañana.




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