Capítulo 7
Jossie se levantó de la silla ignorando el mareo repentino que amenazó con hacerla perder el equilibrio.
Se paró frente a Jorge y fijó su mirada inexpresiva en él. Un gesto que no acostumbraba a hacer.
—Mi abuela no necesita de su caridad, ni de sus equipos médicos —soltó, con una honestidad brutal que le heló la sangre al magnate—. Lo único que ella requiere para seguir viva es un riñón. Y yo misma se lo habría dado hace días si usted y su clínica incompetente no hubieran arruinado mis planes con este embarazo.
Jorge frunció el ceño, desconcertado por el contraataque. No estaba acostumbrado a que nadie le gritara sus verdades a la cara.
—¡No te atrevas a gritarme! —rugió él, intentando recuperar el control—. Yo no tengo la culpa de los malditos errores de ese hospital... ¿De verdad crees que te hubiera elegido a ti para que seas la madre de mi hijo? ¿A caso no te das cuenta de lo insignificante que eres comparada conmigo?
—¡Usted es un patán, un maleducado de lo peor! —lo interrumpió Jossie—. Es un soberbio, tosco y egoísta que solo piensa en sí mismo y en su estúpido legado. Se cree el dueño del mundo solo porque tiene una cuenta bancaria llena, pero es un hombre vacío. Jamás en mi vida, bajo ninguna circunstancia le daría un hijo a alguien tan desagradable como usted.
Las palabras de Jossie salieron como ráfagas, sin adornos, directas y brutales. Pero mientras hablaba, su cuerpo empezó a pasarle factura.
La falta de alimentos, la rabia acumulada, el olor a lavanda y la luz incandescente de la lámpara de techo comenzaron a fundirse en un caos sensorial insoportable.
Sentía que el aire no entraba a sus pulmones. Su mano izquierda ya estaba herida de tanto rasgarse con las uñas, y la incomodidad se sumó a la sobrecarga.
Su cerebro, que necesitaba orden, rutinas y control total, se vio completamente desbordado por el estrés, el pánico por el encierro y la preocupación por la salud de su abuela.
—¿Qué te pasa?—Jorge dio un paso hacia ella, notando como empezaba a balancearse de un lado a otro.
De pronto, sus ojos se cerraron y su cuerpo se desplomó hacia adelante como un muñeco de trapo.
Jorge, con el corazón golpeándole las costillas de puro pánico, reaccionó por instinto. Se lanzó hacia ella y la atrapó en sus brazos justo antes de que cayera al piso.
El peso de Jossie cayó por completo sobre su pecho. Al sentirla tan cerca, una corriente eléctrica totalmente desconocida le recorrió la espina dorsal.
—¡Ey! ¡Oye, tú, despierta!
—¡Marcos, llama al médico de inmediato! —gritó Jorge, desesperado, cargándola con cuidado para recostarla sobre la cama—. ¡Muévete, carajo!
Una hora más tarde, el médico privado de la familia Reverón terminó de revisar los signos vitales de Jossie y de realizarle un ultrasonido portátil de urgencia.
Jorge caminaba de un lado a otro, con una mezcla de rabia y angustia que no lograba comprender.
—¿Cómo está el bebé, doctor? —preguntó Jorge, deteniéndose al pie de la cama.
El médico se quitó los lentes, suspirando con pesadez.
—El embrión está intacto, señor Reverón, pero la paciente sufrió un colapso nervioso severo por inanición y sobrecarga sensorial. Y hay algo muy importante que debe saber de ella. Tras analizar su historial médico de la clínica y ver su comportamiento actual, es evidente que la señorita Herrera está dentro del espectro autista.
Jorge frunció el ceño de golpe, con un gesto de profundo desagrado.
—¡¿Qué carajos está diciendo?! —se enfureció, dando un paso intimidante hacia el doctor—. ¿Autismo? ¡No puede ser! Yo pagué por genes perfectos, y resulta que mi hijo puede heredar algún tipo de anomalía. ¡No voy a permitir que nazca con fallas neurológicas por culpa de esta mujer!
—Cálmese, señor Reverón. El autismo no es una enfermedad ni una falla estructural de ese tipo. Tiene sus pros y sus contras. Ella posee una inteligencia brillante y una honestidad poco habitual, pero su cerebro procesa los estímulos de forma hiperrealista. No soporta la falta de control sobre su entorno, los ruidos fuertes, ni los cambios drásticos en su rutina. El encierro la matará lentamente.
El doctor guardó sus cosas en el maletín y miró a Jorge con firmeza.
—Si la mantiene encerrada bajo este nivel de estrés, su cuerpo rechazará el embarazo de forma automática. El estrés severo provocará un aborto espontáneo en cuestión de días. Su obsesión por retenerla va a matarla a ella y a su hijo. Tiene que dejarla respirar.
Jorge se quedó en silencio, mirando el cuerpo pálido de Jossie sobre la cama.
Su arrogancia luchaba contra la realidad: por primera vez en su vida, su dinero y su poder no servían de nada para controlar a alguien.
Si quería que su heredero viviera, tenía que ceder.
Se dio la vuelta, con el rostro rígido, y miró a Marcos y a los guardaespaldas que esperaban en la puerta.
—Abran la maldita puerta —ordenó, con voz ronca, cargada de impotencia—. Déjenla ir a donde quiera, pero vigílenla. Si le pasa algo a ella o a mi hijo, son hombres muertos.
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Editado: 30.07.2026