Capítulo 8
Cuando Jossie despertó, la habitación ya no se sentía tan asfixiante como antes, la puerta estaba entreabierta. Jorge había cumplido su palabra de otorgarle libertad de movimiento.
Sin pensarlo dos veces, se levantó de la cama, se arregló y salió de la casa. Los guardaespaldas la siguieron a una distancia prudente, tal como su jefe les había ordenado.
Se dirigió al hospital. Necesitaba ver que su abuela estaba bien. Sin embargo, al llegar al piso de nefrología donde su abuela solía estar ingresada en una sala común y ruidosa, la enfermera de turno la detuvo con una expresión de asombro.
—Señorita Herrera, su abuela ya no está en este sector. Fue trasladada esta mañana por órdenes de la directiva. Sígame, por favor.
Jossie la siguió en silencio, con el ceño fruncido y los dedos apretados.
Caminaron hacia el ala VIP del hospital, un área silenciosa. La enfermera abrió la puerta de la Suite 402 y Jossie se quedó inmóvil en la entrada.
La suite era inmensa, impecable. Tenía un ventanal enorme que dejaba entrar la luz del sol. Su abuela descansaba sobre una cama clínica moderna, conectada a monitores nuevos que no emitían ruidos molestos. Tenía mejor semblante y una enfermera privada acomodaba sus mantas.
—¿Jossie? —Carmen sonrió al verla—. Hija, no entiendo qué está pasando. Llegaron unos hombres de traje esta mañana, me trajeron aquí y los mejores médicos me han estado revisando. Dicen que todo está pago.
Jossie se acercó a la cama. Sabía perfectamente quién estaba detrás de todo esto.
Jorge Luis Reverón intentaba limpiar su culpa.
—Es un ajuste por los daños causados, abuela —dijo Jossie con voz plana, sentándose a su lado—. El hospital es responsable del error y está financiando este lugar para evitar una demanda legal. No debes preocuparte.
—Pero es demasiado lujo, hija... —Carmen le acarició la mano—. Esto no es necesario. ¿Cuándo haremos los exámenes para ver si tu riñón está listo para la operación?
Un nudo invisible apretó la garganta de Jossie. Su mente procesó la cruda realidad. Estaba embarazada y ningún médico permitiría que donara un órgano en su estado. Pero mirar los ojos de su abuela la obligó a contener la verdad.
—Todo volverá a la normalidad, abuela —prometió Jossie, sosteniendo su tono firme—. Yo seré tu donante, solo es cuestión de tiempo.
Mientras tanto, en la oficina principal de la corporación Reverón, Jorge Luis miraba una carpeta de cuero que Marcos, su jefe de seguridad, le acababa de dejar sobre su escritorio.
Jorge le dio un trago corto a su vaso de whisky y abrió el expediente con impaciencia.
—¿Qué carajo encontraste sobre ella? No tengo toda la maldita tarde para perder el tiempo —preguntó, con su habitual grosería, dándole un golpe al escritorio.
—Señor, Jossie Herrera... Es una estudiante prodigio de la Facultad de Arquitectura. Es brillante para los números.
—¿Una estudiante prodigio? —se burló Jorge—. ¡Vaya, resulta que la muerta de hambre tiene cerebro! ¿Qué más hay ahí?
—Su padre era Steven Collins, señor. El arquitecto que murió hace dos años en el extraño derrumbe de las torres de Parque central. Tras su muerte, su madrastra, una mujer llamada Eleanor, se quedó con el patrimonio que le correspondía a la señorita Jossie, dejándola en la calle junto a su abuela.
Jorge cerró la carpeta con un golpe seco. Se levantó de su silla y caminó hacia el ventanal, mirando la ciudad. Su mente empezó a trabajar a mil por hora.
Aquella chica altiva y grosera que lo había desafiado en el laboratorio no era una pueblerina sin gracia ni una oportunista buscando su dinero. Era un diamante en bruto, de un valor incalculable.
Tratar con ella sería un maldito dolor de cabeza, pero Jorge sintió que el interés se encendía en su pecho. No era una mujer común, y eso la hacía sumamente atractiva y peligrosa para sus planes.
La noche cayó sobre la ciudad y el cansancio comenzó a debilitar el cuerpo de Jossie. No tenía otro lugar seguro a donde ir sin que los hombres de Jorge la vigilaran, así que regresó a la mansión.
Al cruzar la puerta del vestíbulo principal, la casa se encontraba en un silencio total.
Se detuvo en seco al llegar al centro del salón.
Jorge estaba sentado en un sillón, esperándola en la oscuridad con las piernas cruzadas. Al verla llegar, se levantó despacio, bloqueándole el acceso a las escaleras.
Sus ojos brillaban con una determinación absoluta.
—Creí que no vendrías —dijo Jorge mirándola a los ojos—. Pensé que intentarías escapar otra vez con tu ridículo orgullo.
—Necesito descansar —respondió Jossie con su habitual frialdad—. No es orgullo, es una necesidad biológica. Ahora, por favor, apártese de mi camino.
Jorge soltó una sonrisa arrogante, mirándola de una forma completamente distinta.
—No te vas a ir a dormir aún, testaruda —sentenció él, cruzándose de brazos—. He estado revisando tu vida y sé perfectamente quién eres. Así que deja de mirarme como si yo fuera tu enemigo porque tengo una propuesta que nos va a beneficiar a ambos.
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matrimonio por contrato, enemigos a amantes, hijos adorables
Editado: 30.07.2026