Esposa y Madre por Error.

CAPÍTULO 9.

Capítulo 9

Jossie dio un paso atrás de forma instintiva. El aire del vestíbulo se sentía pesado por la imponente presencia de Jorge. Su mente, abrumada, rechazó de inmediato la cercanía de ese hombre.

Necesitaba orden, silencio y distancia para recuperarse del colapñso que había sufrido horas antes.

—Usted está invadiendo mi espacio deliberadamente —declaró Jossie, con su voz cortante—. Muévase. Necesito descansar. Yo necesito descansar. Su cercanía es molesta.

Jorge soltó una risa ronca, tosca y cargada de arrogancia. En lugar de retroceder, avanzó un paso al frente de manera prepotente.

—Me importa una mierda tu espacio, testaruda —soltó Jorge, grosero y directo—. Escúchame bien, porque no voy a repetir esto dos veces. Sé perfectamente que tu abuela se está muriendo en ese hospital. Sé que lo único que la va a salvar es un maldito riñón compatible y que estabas dispuesta a mutilarte por ella antes de que la clínica cometiera este error. Así que dejémonos de rodeos estúpidos y hablemos de negocios.

Jossie cruzó los brazos sobre su pecho, adoptando una postura rígida. Su rostro se mantuvo inexpresivo, pero sus ojos destilaron una frialdad absoluta.

—Hable rápido —replicó ella, sin filtros.

—El trato es este. Tú vas a gestar a ese bebé hasta el final. Te vas a cuidar, vas a comer todo lo que el maldito médico te ordene y me lo vas a entregar sano y salvo cuando nazca. A cambio, yo mismo voy a mover mis influencias para que tu abuela tenga ese donante de riñón compatible lo mas pronto posible. Ella vive, tú recuperas tu vida y yo tengo a mi heredero. ¿Qué dices?

Al escuchar las palabras de Jorge, una oleada de rabia sacudió a Jossie.

Con un movimiento rápido extendió su mano derecha hacia una mesa auxiliar y tomó un vaso de agua.

Quiso lanzar el líquido directo a la cara de Jorge para borrarle la estúpida sonrisa de superioridad. Sin embargo, justo antes de hacerlo, se detuvo a calcular la propuesta que el hombre acababa de plantear.

Jossie bajó la mirada hacia el vaso y luego la regresó al rostro de Jorge.

En un segundo, entendió el valor real de la situación. Ese hombre jodidamente rico estaba desesperado por conservar a su único heredero, y ella era quien lo llevaba en su vientre.

En este juego de poder, ella tenía la ventaja.

Dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco que resonó en el silencio del salón.

—Su propuesta es deficiente y carece de empatía, pero es la única opción viable que tengo para garantizar la salud de mi abuela —afirmó Jossie—. Acepto el trato. Pero no va a ser bajo sus términos egoístas, señor Reverón. Si quiere que este bebé nazca, va a tener que pagar el precio.

Jorge soltó una risita divertida, cruzándose de brazos mientras la miraba de arriba abajo con una sonrisa burlona.

—¿Ah, sí? A ver, suéltalo, pueblerina. Vamos a ver qué tanto vale tu dichoso orgullo —la provocó, arrogante.

Jossie levantó la voz de manera soberbia, igualando la arrogancia del magnate. No titubeó ni un segundo al enumerar sus demandas.

—Primero: la operación de trasplante de mi abuela debe realizarse esta misma semana. No voy a esperar a que usted decida cumplir cuando le dé la gana. Segundo: cero contacto físico entre usted y yo. Usted no me toca, no se me acerca a menos de un metro de distancia y no vuelve a invadir mi espacio personal bajo ninguna circunstancia. Tercero: exijo una transferencia bancaria inmediata a mi nombre que cubra la totalidad de mi carrera de arquitectura.

Jorge abrió la boca para interrumpirla, pero Jossie levantó la mano de forma tosca y tajante, obligándolo a guardar silencio.

—No he terminado aún, cállese —dijo ella con firmeza—. Cuarto: quiero una propiedad inmobiliaria libre de hipotecas a mi nombre y un vehículo funcional para trasladarme sin la interferencia de sus guardaespaldas. Y quinto: necesito que me ayude a recuperar la herencia que me dejó mi padre. Esas son mis condiciones. Tómelas o búsquese otro vientre, aunque ambos sabemos que no tiene el tiempo ni el material biológico para hacerlo.

El vestíbulo se sumió en un silencio total. Jorge quedó boquiabierto, impactado por la audacia, la velocidad mental y la asombrosa capacidad de chantaje de la chica.

Nadie en el mundo de los negocios había tenido los pantalones de acorralarlo de esa manera, y mucho menos una estudiante universitaria que acababa de despertar de un desmayo.

La falta de filtros de Jossie, lejos de enfurecerlo le provocó una descarga de adrenalina pura en el pecho. La miró fijo, reconociendo en ella a un rival digno de su propia prepotencia.

Jorge dio un paso hacia ella, rompiendo deliberadamente la segunda regla, y la miró fijamente a los ojos.

—Resulta que la pueblerina tiene garras de acero. Sabes, me gusta la gente que sabe negociar —dijo Jorge con su voz ronca—. Acepto. Voy a darte tu maldita casa, el carro, el dinero y todo lo que pides. Pero mi contraoferta exige algo más peligroso. Tú tendrás que casarte conmigo y fingir que somos el matrimonio perfecto por todo un año.




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