Esposa y Madre por Error.

CAPÍTULO 10.

Capítulo 10

Jorge no esperó a que Jossie procesara la sorpresa de su oferta. Dio un paso hacia adelante, mirándola a los ojos con esa mezcla de prepotencia y arrogancia que lo caracterizaba.

—Para asegurar mi maldita herencia, mi padre necesita ver en mí una imagen de estabilidad impecable —explicó Jorge, sin rodeos—. Hay quienes están esperando el menor descuido para quitarme la presidencia de la empresa. Para asegurar mi imperio debo estar felizmente casado y tener un hijo. Tú estarás aquí los nueve meses de embarazo y tres meses más después del parto. Un año completo fingiendo ante mi familia y el mundo entero esa basura se que somos el matrimonio perfecto. Tú obtienes lo que pediste y yo me quedo con mi imperio y mi heredero.

Jossie no pestañeó. Escuchó cada palabra mientras que su mente analizaba de manera rápida el panorama.

Sus pupilas dilatadas se movían con rapidez de un lado a otro, un hábito inconsciente que tenía cuando realizaba sus cálculos a gran velocidad.

En su cabeza, los pro y los contra tomaban peso a partes iguales en una balanza.

Por un lado estaba la salud de su abuela, el financiamiento de sus estudios, una propiedad a su nombre y la recuperación de la empresa de su padre. En el otro lado, un año de convivencia bajo el mismo techo con un hombre ruidoso, impredecible y grosero.

La suma de los beneficios superaba con creces los costos emocionales.

Jorge se le quedó mirando con una fascinación extraña.

Estaba acostumbrado a tratar con mujeres que sonreían por compromiso, mujeres que se derretían ante su enorme fortuna.

Pero Jossie no hacía nada de eso. Sus gestos eran auténticos, transparentes y carentes de cualquier coqueteo o filtro social.

Era una mente brillante trabajando a plena marcha frente a él. Aunque su arrogancia jamás le permitiría admitirlo, Jossie no se parecía en nada a ninguna mujer que hubiera conocido en su vida.

—Un año de contrato —dijo Jossie con tono seco, rompiendo el silencio—. Nueve meses de gestación y noventa días posteriores. Ni un día más. Y mantendrá su palabra sobre la distancia física cuando estemos en privado.

—Hecho —asintió Jorge, con una sonrisa apenas marcada en sus labios.

Jossie extendió su mano de forma rígida y firme. Jorge la tomó, cerrando el acuerdo con un apretón decidido que selló el pacto.

Tres días después, las influencias de Jorge demostraron su sorprendente efectividad. La abuela fue intervenida en una operación de trasplante relámpago que resultó ser un éxito total.

Para garantizar la comodidad de Jossie, Jorge ordenó su traslado a una de las suites adaptadas en la planta baja de la mansión.

Jossie observaba en silencio desde el segundo piso cuando su abuela llegó en la ambulancia privada.

Jorge salió de su despacho para recibir a la anciana. Jossie esperaba que el magnate se comportara con su habitual patanería y falta de tacto. Sin embargo, lo que presenció la dejó completamente descolocada.

Jorge se acercó a la silla de ruedas de Carmen, inclinó ligeramente la cabeza y le dirigió una sonrisa genuina, desprovista de cualquier rasgo de arrogancia o agresividad.

—Bienvenida a casa, señora Carmen —dijo Jorge con una voz suave y educada—. Los mejores médicos del país están a su entera disposición. Si necesita cualquier cosa para su comodidad, solo tiene que pedirlo.

—Muchas gracias, joven Jorge. Ha sido un ángel para nosotros —respondió la anciana, sonriendo y tomándole la mano con agradecimiento.

Jossie frunció el ceño con desconcierto. Esas acciones rompían por completo la imagen que tenía de él y le generaba una extraña molestia interna que no sabía cómo clasificar.

Esa misma noche, el comedor principal estaba iluminado por una enorme lámpara de cristal que colgaba del techo.

La mesa estaba repleta de comida solo para los dos.

Jossie permanecía sentada a un lado, cortando sus vegetales con movimientos precisos.

A pesar de que Jorge había cumplido su palabra con la operación de su abuela, Jossie mantenía una distancia impenetrable hacia él.

No lo miraba, lo evitaba en todo momento y cuando Jorge iniciaba una conversación, sus respuestas eran frías, toscas y cortas, limitadas a lo básico.

Jorge, sentado en la cabecera de la mesa, llevaba quince minutos observando cómo ella masticaba en absoluto silencio, con su mirada fija en su plato, evitando mirarlo a los ojos a toda costa.

La frustración comenzó a hervirle en la sangre. Para un hombre acostumbrado a ser el centro de atención de todos, la indiferencia absoluta de Jossie era como un insulto, una provocación insoportable.

Dejó caer los cubiertos sobre el plato de porcelana con un golpe seco que resonó en todo el comedor.

—¡Ya me tienes hasta la médula con tu maldita actitud! —soltó Jorge, perdiendo la paciencia y clavando sus ojos enfurecidos en ella—. Traje a tu abuela sana, tiene a los mejores médicos y no te ha faltado una sola cosa en esta casa. ¿Hasta cuándo carajos vas a seguir evitándome y haciendo como si yo fuera un maldito fantasma en esta casa?




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