Esposa y Madre por Error.

CAPÍTULO 11.

Capítulo 11

Jossie no parpadeó ante la pregunta de Jorge. Al contrario, terminó de comer y dejó los cubiertos sobre la mesa con el mismo ritmo tranquilo y preciso de siempre. Alzando la cabeza con lentitud, intentando sostenerle la mirada fija al hombre que tenía en frente, con su habitual serenidad desarmante.

—Hasta que usted deje de gustarme, señor Reverón —respondió ella, sin la menor alteración en su tono de voz.

Las palabras retumbaron en el comedor. Jorge se quedó completamente estático, con los ojos bien abiertos, las pupilas dilatadas y su copa de vino extendida a medio camino de su boca.

No se esperaba esa respuesta.

Apretó el borde de la mesa con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos en segundos. Su respiración se detuvo en seco y un vuelco salvaje le golpeó el pecho con violencia, haciendo que su corazón latiera tan rápido como un motor fuera de control.

De repente, sintió que el aire del comedor empezó a hacerse más denso, irrespirable.

—¿Qué carajo acabas de decir? —alcanzó a preguntar Jorge, perdiendo por completo la compostura y sintiendo cómo una ola de calor le subía directo al cuello, haciendo que su rostro se tiñera de rojo de forma agresiva.

Pasó la mano por su rostro y aflojó un poco el nudo de su corbata. Maldiciendo para sus adentros haber perdido la compostura ante una respuesta tan absurda.

—Escuchó perfectamente bien, señor Reverón —continuó Jossie con la frialdad característica de su autismo, apoyando las manos con suavidad sobre la mesa—. Anoche estuve investigando en internet sobre la atracción involuntaria y los estímulos neurológicos. Consulté varios artículos y foros de comportamiento humano. Los datos indican que la exposición constante a la persona que causa dicha alteración solo incrementa el interés no deseado. Por lo tanto, la estrategia más efectiva para extinguir ese sentimiento es el distanciamiento absoluto.

Jorge aclaró su garganta varias veces, tratando de procesar la teoría absurda que acababa de oír. Quiso levantarse y dejarla hablando sola, pero una mezcla de rabia, asombro y un extraño desconcierto lo mantenía pegado a la silla.

—¿Me estás evitando porque te gusto? —preguntó Jorge, entre incrédulo y fascinado.

—Exactamente, señor Reverón —confirmó Jossie, siendo brutalmente honesta con él—. Usted es un hombre ruidoso, malhablado, extremadamente arrogante y con severos problemas de control de ira. No me conviene que me guste un sujeto así. Por eso necesito acelerar el proceso de desinterés. Así que lo más recomendable para mí es alejarme de usted y buscar a otro hombre. Necesito encontrar a alguien más educado, menos odioso y con una actitud adecuada para enamorarme de él y así sustituir este estímulo erróneo que tengo hacia usted de forma definitiva.

El rostro de Jorge cambió su expresión en un segundo. La fascinación inicial se transformó en una furia absoluta, impulsada por un ataque de celos salvajes que le nubló el juicio por completo.

Se puso de pie bruscamente, haciendo que su silla se cayera hacia atrás con un golpe seco.

—¡Te me vas quitando esa puta idea de la cabeza ahora mismo! —espetó Jorge, dando un fuerte golpe sobre la mesa con la palma de su mano, que hizo temblar las copas—. ¡Tú no vas a mirar a ningún maldito imbécil ni a salir a la calle a buscar a alguien más! Firmaste un contrato conmigo por un año completo, me perteneces, ¿te quedó claro?. Durante esos trescientos sesenta y cinco días tu única prioridad soy yo y el bebé que llevas ahí dentro. ¡Ni se te ocurra mirar a otro hombre porque te juro que lo destruyo!

Jossie ni siquiera se inmutó por sus gritos. En lugar de asustarse o retroceder, como siempre, se levantó de su asiento con una calma exasperante.

Rompiendo la regla de distancia que ella misma había impuesto, caminó hacia él rodeando la mesa lentamente hasta quedar a escasos centímetros de su pecho.

Jorge se quedó sin palabras al sentir la proximidad y el calor de su cuerpo, la suave fragancia de su piel y la autoridad con la que ella ejercía cada movimiento.

Jossie levantó el rostro, mirándolo directo a los ojos y con la sinceridad que la caracterizaba le espetó sin rodeos.

—Entonces deje de resistirse tanto y hágame el amor, señor Reverón. Es raro que usted y yo vayamos a tener un hijo y que yo siga siendo virgen, ¿no le parece? ¡Nos van a descubrir! Creo que usted debería resolver ese asunto de una vez.

Jorge se quedó completamente petrificado ante su propuesta tan directa y fuera de lugar. Sus ojos se abrieron por completo con un desconcierto salvaje y su mente colapsó ante la honestidad brutal de sus palabras.

—¡Tuu... tú estás completamente loca, carajo! —gritó Jorge. Tartamudeando, con la garganta seca y la voz quebrada por la agitación—. ¡Lo único que tienes que hacer en esta casa cuidar de mi hijo, no andar buscando tonterías absurdas en internet!

Se dio vuelta y se alejó del comedor como alma que lleva el diablo y salió hecho una furia, dejando las puertas dobles retumbando tras de sí.




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