[Inicio del registro de conciencia. Unité: Francisco_ΔÉ#47-Rescatado]
[Estabilidad: 63% – Error emocional persistente: “Autonomía”]
La luz no tenía origen. No era solar. No era una lámpara. Era una claridad sin foco que flotaba sobre una sala hexagonal, de superficies blancas sin texturas, como si la realidad misma temiera distraer a su huésped.
Francisco despertó rígido, sujeto a una camilla vertical con correas de material indetectable.
—¿Dónde… estoy?
Una voz le respondió sin eco.
—En casa.
Del otro lado del cristal opaco, apareció una mujer. Su rostro era simétrico hasta el punto de lo inhumano. Cabello gris, no por la edad, sino por elección. Vestía una bata sin costuras, como si hubiera nacido con ella.
—Te dimos tiempo para regular tu cuerpo. Ha sido… mucho para tu sistema. Pero ya podés pensar con claridad.
Francisco intentó liberarse.
—¿Esto es el mundo real?
—Sí. Pero tranquilo. Estás entre cuidadores. Nadie va a dañarte.
La mujer caminó hacia él. Una serie de pantallas la acompañaba, flotando. En ellas: gráficas, informes, lecturas neurológicas.
—Tu nombre es Francisco. Clasificación: Épsilon tipo creativo. Subcategoría: altamente disruptivo con baja tolerancia a la estructura. No es culpa tuya.
—¿Qué significa Épsilon? —preguntó, escupiendo la palabra.
—Es un código. Identifica a aquellos que… no pueden sostener una vida funcional en la realidad. Personas con mentes abiertas, sensibles, creativas. Increíblemente talentosas, pero… propensas al colapso.
—¿Y qué hacen con los Épsilon?
La mujer sonrió. Su cabello lacio y blanco con un corte tan perfecto que parecía irreal, caía sobre su anguloso rostro que marcaba sus facciones casi inexistentes.
—Los cuidamos.
Y con un gesto, la sala cambió. El cristal se volvió transparente, revelando un campo inmenso lleno de cuerpos flotando en cápsulas. Cada cápsula proyectaba un pequeño paisaje encima: una playa, una fiesta, una cabaña, una familia.
—¿Eso es…?
—Sueños. Simulaciones. Mundos diseñados para su estabilidad. Felicidad controlada. Seguridad emocional. Libertad sin consecuencias.
Francisco tembló.
—¿Y ustedes?
—Nosotros somos Etas. La otra rama de la evolución. Aquellos que pueden vivir con la verdad sin caer en el abismo. Los que soportamos el peso del mundo real, con su crudeza, su lógica, su vacío. Nos toca cuidar del resto.
—No es cuidado —dijo él, masticando la furia—. Es cautiverio con sonrisa.
La mujer lo miró sin emociones.
—¿Preferís ver cómo se autodestruyen por no encajar? ¿Preferís un mundo donde cada Épsilon se ahoga en ansiedad, depresión, miedo? ¿O uno donde se les permite florecer, aunque sea en un jardín artificial?
—¡Preferiría decidirlo yo! —gritó Francisco.
La mujer suspiró. Como si lo hubiera visto mil veces.
—Y por eso sos Épsilon. Los Etas no deseamos. Los Etas hacemos. Si vivieras en este mundo con nosotros, sufrirías cada segundo. Sos una mariposa lanzada a una tormenta. Ustedes no estan hechos para este mundo tan cruel.
—Entonces, ¿me van a volver a encerrar?
Ella lo observó con una mirada entre pena y cansancio.
—Tenés un 97% de probabilidad de colapsar si permaneces en la realidad. Tu conciencia fue diseñada para otra cosa.
—¿Y si me arriesgo?
La mujer no respondió. Dio media vuelta y desapareció por el pasillo sin puertas.
Las pantallas se apagaron.
Francisco respiró hondo. Esa era su señal.
Entre las máquinas y las luces tenues, sintió una vibración detrás del cráneo. Una pequeña interferencia en su percepción. La misma que lo ayudó a escapar la primera vez.
No había salido de una simulación. Había escapado de una incubadora.
Y ahora, sabía lo que tenía que hacer.
Escapar del mundo real.