Estaciones del Corazón

2: Un rechazo para una propuesta inoportuna

Desde infanta papá me decía que hay estaciones en el corazón, de las cuales algunas eran cálidas y otras álgidas, ja, ja, ja, papá también mencionaba que todos estábamos en alguna estación, y que podía cambiar de acuerdo a las circunstancias de la vida. Papá creía que se encontraba en un hermoso verano junto a mi madre, sin embargo, cuando regresábamos a casa mi madre lo recibía entre gritos e insultos que despertaban al “monstruo”.

Lejos de mi madre, papá era mi papá, con ella, era solo Harrison Cánder.

Las historias narradas por mi padre revolvían mi estómago y originaban una sensación vomitiva en mi pecho. A mis nueve años los cuentos de mi papá se sentían cálidos, amorosos e incluso eran esperados por mí. A mis doce, ahora, ya no quería verlo, porque cuando lo hago no puedo evitar sentir repugnancia hacia él. Nostalgia de lo que fue. Vergüenza, porque ya no lo será jamás.

Cuando él me ve me saluda con una sonrisa arisca y se encierra en su habitación. Y cuando me ofrece un tiempo a lado suyo, lo hace por compromiso y no por amor. Sus actos revelan que ya no siente aprecio hacia mí, que ya no soy su princesa, ni ese “universo” en sus ojos. Para él solo soy un individuo que posee su sangre y la de la mujer a quien detesta.

Él descubrió que no es verano, es solo un invierno más como la mayoría de los humanos.

Debería odiar a mi madre por acostarse con otro hombre en nuestra casa y en la cama de mis padres, deshonrando sin culpa alguna al esposo que proveyó cada capricho de su mujer, pese a ello, la amo y me duele amarla, pero sé que no podré dejar de amarla, porque es mi madre, mía.

Sé que debería comenzar a aceptar esta vida. Esta vida en donde nadie ama a Amelian Cánder, esta vida álgida.

—¿Cómo fue tu día en la academia? —inquirió mi padre tras unos 20 minutos de silencio en medio de la carretera.

—Bien —respondí sentada en los asientos traseros, viendo por la ventana las calles de Pelmont.

—¿Ocurrió algo interesante?

—No.

Y aquí era en donde acababa la conversación. Apreté mis manos en el deseo de que no fuese así y respiré hondo conteniendo mis lágrimas ante el incauto deseo de volver a ser su “princesa”. Ese hombre, ese que conducía dirigiéndose a su hija con recelo, veía únicamente el recorrido hacia uno de los locales de comida rápida más cercana, ignorando la presencia y los sentimientos de su primogénita.

Ante sus ojos, ahora, Amelian no era nadie. Amelian era solo una extraña que convivía en su casa como una fugitiva de dos amores conflictivos.

Yo era ante sus ojos invierno.

Yo era el bóreas que traía consigo calamidad.

Y… esa condición no era agradable ni para un oso polar ni para un pingüino.

—Conocí a un muchacho —dije con suaves tonos melancólicos—, era ciego y se burlaron de él~

—¿Lembore? —cuestionó interrumpiéndome. Fruncí el ceño y asentí, ¿cómo lo sabía?—. Aléjate de él, es otro arbitrario como tu madre, un ultrajador.

Debí colegirlo, todos en casa debían estar en contra mía, en contra de mis decisiones, de mis acciones, de mis palabras, de mi sentir. Debí suponerlo, mi padre no podía ser la excepción, mi padre era ahora una estación frívola que buscaba helar a todo lo que lo rodeara.

«Si yo no soy verano, entonces, un viento invernal cristalizará todo lo que toque; y yo tomaré entre mis manos todo lo que ame, de ese modo, todo morirá, igual que yo, todos serán… invierno»

Apreté mis labios reacia a aceptar tales adjetivos, no por el disgusto de las probables calumnias hacia Lembore, sino, por ser mi padre quien las diga. Él, antes de descubrir la infidelidad de mi madre, era un soñador dechado, honrado, respetuoso y un buscador de la verdad y la justicia; hasta hace unos años jamás hubiese salido de sus labios tanto desprecio y hostilidad hacia un joven que desconoce.

Me irritaba reafirmar el hecho de que él ahora era este nefasto ser hambriento de desatar el caos en la estabilidad.

Solté mi aliento en la ventana del auto en aquel pleno silencio entumecedor, cerré los ojos con parsimonia y dibujé en la ventana un copo de nieve, pero cuando abrí mis ojos el retrato de un sol estaba allí; las líneas dibujadas se habían extendido, deformando así la imagen que trataba de ilustrar.

Verano, repetía mi conciencia.

Verano…

Y como si fuese Thomas el creador de esa estación, fue inevitable pensar en él.

Verano era Thomas. Para él, verano era yo.

—No creo que él sea así —dije en medio de aquel ambiente febril, ante la espera de la reacción contingente de mi padre—. Thomas no es quien describes, él no es así.

Culminado mi comentario los faroles públicos se encendieron, embadurnando mis palabras de beldad. Bajé la mirada y noté los nudillos de mis manos rojas ante el proceloso frío estival, al ver mi reflejo en la ventana del auto noté que mis labios y mejillas tenían el mismo toque carmín.

—No conoces a los Lembore —aseveró viéndome a través del retrovisor—. Y se ve que tampoco a Benjamin Lembore —espetó con frivolidad y sevicia—. Si quieres ser denigrada y humillada entonces acércate, ve, de todos modos, tenía presente que, igual que tu madre, jamás escucharías una recomendación mía.




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