Estaciones del Corazón

3: ¿Qué tan importante es Thomas para mí?

Podía recordar aún sus suaves manos tomar la mía entre temblores producto de su miedo al decirme: “Yo me quedo”. Al final, la humillación no fue hacia él; las miradas llenas de ludibrio, burlescas, soeces eran hacia mí, los murmullos zaherientes eran dirigidos a mí. Quien era el centro de atención, bajo el actual acto flébil de Thomas, era yo.

Quería golpearlo, matarlo y hacer que ruegue perdón en el hades. ¿Por qué desistió de mi ayuda? Mi pensamiento revelaba mis sentimientos rencorosos y sanguinarios hacia él.

Miré de reojo a Lembore y noté su intranquilidad, su tristeza. Tal vez porque lastimó a una persona que solo trató de apoyarlo; pero, Thomas, ten por seguro algo, nunca más volveré a ofrecerte mi ayuda, nunca más Amelian te dirigirá una palabra amena, nunca más.

Cuando las clases acabaron en un ambiente hostil e insipiente de sus sinceras intenciones hacia mí, comprendí que yo no era más que una marginada por mis compañeros, aunque debía estar acostumbrada a ello, aún me resultaba repulsivo que solo quisiesen sacar provecho de mi fama. Por primera vez quise pertenecer, por primera vez quise correr hacia los brazos de mi padre y soltar mi llanto en un extenso e impetuoso abrazo. Me encaminé hacia el sanitario de la academia y la cerré desconsideradamente; me observé en el espejo y limpié con agresividad mis lágrimas que ya no podía contener, enojo era poco comparado con lo que sentía en ese momento.

Me apoyé del lavamanos y bajé la cabeza mientras lloraba en silencio.

—Dios, ¡qué vergüenza! —grité en voz baja para no ser oída.

Tras escucharme me erguí y limpié los restos de lágrimas que quedaban en mi rostro.

—No, no debo llorar —hablé aspirando fuertemente por la boca—. Mis ojos se enrojecerán y daré cabida a especulaciones —suspiré prolongadamente—. Amelian, solo actúa absorta de lo sucedido y… no se te ocurra volver a dirigirte a ese asqueroso muchacho malagradecido que solo~

Volví a llorar como una cobarde, como una mendiga de amor. ¡¿Qué esperaba?! ¿Ser tratada como una princesa por ese joven invidente que no puede ni amar su vida? ¡¡¿Qué esperaba?!! Incluso me doy pena, mis expectativas por él eran tan altas como el Dios mismo, entonces, ¿qué esperaba de él?

Golpeé reiteradas veces mi pecho para que cediera del dolor. Ese extraño dolor innombrable, ese dolor atosigante.

¿Por qué sentía su acto como una traición? No… no lloraba por él. Lloraba por mí, porque esperé ser amada por alguien que ya entregó su corazón, porque esperé salir de ese círculo vicioso de rogar amor a las personas incorrectas. ¡¿Es que acaso soy una estúpida?! ¡¡¿En qué momento puse tanto en él que verlo derrumbarse duele?!!

Soy una estúpida.

Me senté en las baldosas del sanitario y coloqué la mano sobre mi boca, conteniendo así mis alaridos y mi poca dignidad que quedaba. Aunque, callé de inmediato y la miré con sorpresa cuando la vi salir de uno de los cubículos del sanitario. ¡¿Cómo no me fijé si había alguien dentro?!

Limpié mis lágrimas despavorida y me levanté del piso tragando duro.

Vanessa.

Por suerte era solo ella.

—Entiendo por qué Thomy no puede irse contigo, ya ha perdido dos clases —mencionó retocando su maquillaje tras lavarse las manos.

—No hablemos de él, por favor —contesté sin verla, con mi espalda reposada en el lateral horizontal del lavado. Limpiando inútilmente el maquillaje corrido de mi rostro.

¿Por qué lo llama Thomy?

—Mi familia fue invitada por la suya, habrá una fiesta de caridad en la que recaudarán dinero para los hospitales estatales con bajos recursos de Bredmond —explicó cerrando su labial—. Él debe estar presentable o arruinará el evento.

—Con permiso —espeté caminando hacia la salida del sanitario, pero detuve mis pasos cuando escuché mi voz en su reproductor de sonido. ¿Me había grabado y me lo mostraba descaradamente? Volteé confundida de sus intenciones, ¿qué trataba de realizar? La vi con enojo y prejuicio.

—Amelian, eres mi amiga —dijo apagando su móvil—. Pero, a mí me gusta Thomas, además, nuestras familias piensan casarnos cuando cumpla la mayoría de edad, así que, aléjate de él o… ya sabes lo que puede ocurrir —dicho ello salió golpeando mi hombro con el suyo.

¿Qué estaba ocurriendo? ¿Acaso todos estaban en mi contra ahora?

La miré irse y reí abatida de mí, ¡esto debe ser una broma!

—Eres ingenua, Vanessa —dije aún en el umbral del sanitario—. Bruta, también —acoté con desdén.

—¿Qué? —inquirió sorprendida por mi atrevimiento. Se acercó a mí dopada de enojo.

—Si publicas el video, quien saldrá perjudicada eres tú —espeté viéndola como lo que es, mi inferior.

—La idiota eres tú —aseguró en su nesciencia—. También te grabé cuando te ridiculizabas en el salón de prácticas.

—Vaya… ¡qué susto! Eso no cambia nada, Vanessa; eres tú la que publicará un video de una inocente dama que trató de ayudar a un minusválido e impotente discapacitado, que luego lloró al no poder secundar al joven de los lobos feroces fatuos. Te verás como una agresora más en el mundo público de nuestras vidas. Además, no pienso desmentir que serás tú mi acosadora; porque, eso es lo que creerán mis fanáticos.




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