Bajo el mismo cielo
Clara había aprendido a desconfiar del amor.
No porque nunca hubiera amado, sino precisamente porque lo había hecho demasiado. Había entregado su corazón a alguien que prometió quedarse y terminó marchándose sin siquiera mirar atrás. Desde entonces, había construido alrededor de sí una pequeña fortaleza. Trabajaba, cuidaba de su madre y llevaba una vida tranquila. No necesitaba a nadie.
O eso se repetía cada noche antes de dormir.
Tenía veintinueve años y trabajaba en una pequeña librería en el centro de la ciudad. Le gustaba aquel lugar porque olía a papel viejo, café y madera. Allí podía pasar horas entre historias ajenas sin tener que preocuparse por escribir la suya.
Aquella tarde de noviembre, el cielo estaba cubierto de nubes oscuras.
Clara estaba cerrando la librería cuando comenzó a llover.
—Perfecto —murmuró mientras miraba por la ventana—. Justo lo que necesitaba.
No llevaba paraguas.
Esperó unos minutos, pero la lluvia no parecía tener intención de detenerse. Finalmente, tomó su bolso, apagó las luces y salió corriendo hacia la parada del autobús.
Apenas había avanzado unos metros cuando escuchó una voz detrás de ella.
—¡Espera!
Clara se volvió.
Un hombre corría hacia ella sosteniendo un paraguas negro.
Era alto, llevaba una camisa blanca ligeramente empapada y el cabello oscuro pegado a la frente por la lluvia.
—¿Te vas a mojar así? —preguntó.
Clara levantó una ceja.
—Eso parece.
Él sonrió.
—Entonces ven.
—¿A dónde?
—A la parada. A menos que prefieras enfermarte.
Clara dudó unos segundos antes de acercarse.
—Gracias.
Caminaron juntos bajo el pequeño paraguas.
—Soy Daniel —dijo él.
—Clara.
—Mucho gusto, Clara.
—Igualmente.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Pero aquel silencio no resultó incómodo.
Cuando llegaron a la parada, Clara se apartó del paraguas.
—Gracias por salvarme de una pulmonía.
Daniel soltó una carcajada.
—No hay de qué.
El autobús apareció a lo lejos.
Clara subió rápidamente.
Antes de que las puertas se cerraran, miró hacia atrás.
Daniel seguía allí, bajo la lluvia.
Y estaba sonriendo.
Al día siguiente, Clara había olvidado casi por completo aquel encuentro.
Hasta que salió de la librería.
Daniel estaba allí.
Apoyado contra un poste, con las manos en los bolsillos.
Clara se detuvo.
—¿Qué haces aquí?
—Esperándote.
—¿Por qué?
—Porque ayer me quedé con ganas de seguir hablando contigo.
Ella sonrió ligeramente.
—Eso es bastante atrevido.
—Lo sé.
—¿Y si te digo que no me interesa?
Daniel se encogió de hombros.
—Entonces me iré.
Aquella respuesta la sorprendió.
No insistió. No intentó convencerla.
Simplemente esperó.
Clara miró el reloj.
—Tengo veinte minutos antes de que llegue mi autobús.
Daniel sonrió.
—Entonces tengo veinte minutos para convencerte de que un café conmigo no es una mala idea.
Terminaron sentados en una pequeña cafetería frente a la librería.
Hablaron durante casi dos horas.
Clara descubrió que Daniel tenía treinta y dos años, trabajaba como arquitecto y había regresado a la ciudad después de varios años viviendo fuera.
Él descubrió que Clara amaba los libros, odiaba las películas de terror y tenía la costumbre de leer las últimas páginas de las novelas antes de terminarlas.
—¡Eso debería ser un delito! —exclamó Daniel.
—Me gusta saber cómo terminan las cosas.
Daniel la miró fijamente.
—Quizás por eso te da tanto miedo empezar algunas.
Clara dejó de sonreír.
Por alguna razón, aquellas palabras habían tocado un lugar que ella mantenía escondido.
—Quizás —respondió.
Daniel no volvió a hablar del tema.
Y eso fue precisamente lo que hizo que Clara comenzara a confiar en él.
Las semanas siguientes pasaron rápidamente.
Daniel comenzó a visitarla en la librería.
A veces compraba libros que probablemente nunca leería.
—Ese ya lo compraste la semana pasada —le decía Clara.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué vuelves a comprarlo?
—Porque necesito una excusa para verte.
Clara intentaba ocultar la sonrisa.
Pero no siempre lo conseguía.
Daniel también comenzó a esperarla a la salida del trabajo.
Caminaban juntos, hablaban de sus sueños, de sus miedos y de todas aquellas pequeñas cosas que normalmente las personas tardan meses en contar.
Una noche, mientras caminaban por el parque, Daniel tomó su mano.
Clara se tensó.
Él lo notó inmediatamente y la soltó.
—Perdón.
Clara lo miró.
—No es por ti.
—Lo sé.
—Es que...
Respiró profundamente.
—Una vez confié en alguien y me hizo sentir que amar era una estupidez.
Daniel guardó silencio.
—¿Y ahora?
Clara lo miró a los ojos.
—Ahora no sé qué pensar.
Él tomó suavemente su mano otra vez.
—Entonces no pienses.
—¿Qué hago?
—Déjate sentir.
Clara sintió que el corazón le latía con fuerza.
Y por primera vez en mucho tiempo, no tuvo miedo.
Se acercó a él.
Daniel la besó.
Fue un beso suave, lento, casi tímido.
Cuando se separaron, Clara sonrió.
—Esto es una mala idea.
Daniel sonrió también.
—Probablemente.
—Me estoy acostumbrando demasiado a ti.
—Yo llevo semanas acostumbrándome a ti.
Pero el amor, a veces, llega acompañado de pruebas.
Un mes después, Daniel recibió una llamada.
Era una propuesta de trabajo.
Una gran oportunidad.
Una empresa extranjera quería contratarlo para dirigir un proyecto durante un año en otro país.
Cuando se lo contó a Clara, ella intentó sonreír.
—Eso es maravilloso.