¿estas conmigo o Estas fuera?

Quiero estar contigo siempre

Mientras Dania se recostaba sobre el pecho de Tom, con el ritmo de su respiración marcando una melodía tranquila, una pregunta inquietante comenzó a formarse en su mente. La duda le pesaba en el corazón, como una sombra que no podía ignorar.

—¿Estarás conmigo siempre? —preguntó en voz baja, con una mezcla de ternura y preocupación.

Tom se incorporó ligeramente, apoyándose en un codo mientras la observaba. Dania se acomodó bajo las sábanas blancas que cubrían la cama, su rostro iluminado por la luz dorada del atardecer que se filtraba suavemente entre las cortinas. La habitación parecía suspendida en el tiempo, bañada por un resplandor cálido y silencioso.

—¿A qué te refieres? —respondió Tom, confundido por la repentina inquietud en su voz.

Dania suspiró, bajando la mirada por un momento antes de reunir el valor para expresar lo que la atormentaba.

—Me refiero a nosotros... a lo que pueda pasar si alguien descubre nuestra relación. Tú podrías perder tu trabajo, tu licencia. Y yo... podría ser expulsada. No quiero que nada de eso te pase por mi culpa.

Sus palabras salieron como un susurro tembloroso, pero el miedo que contenían era real. Sus ojos, llenos de incertidumbre, buscaron los de Tom, esperando una respuesta que pudiera calmar su alma.

Tom se acercó lentamente, tomó sus manos con delicadeza y entrelazó sus dedos con los de ella. Su mirada era firme, sincera, cargada de una ternura que solo él podía transmitir.

—Dania... tanto si se enteran como si no, estaré contigo pase lo que pase. ¿Sabes por qué? Porque quiero estar contigo hasta el final. Y eso... eso es una promesa.

Una sonrisa se dibujó en el rostro de Dania, iluminando su expresión como si el sol hubiera regresado a su corazón. Sin pensarlo, se lanzó hacia Tom, rodeándolo con sus brazos y fundiendo sus labios en un beso dulce, lleno de amor y alivio.

El calor de sus cuerpos se mezclaba, creando un refugio donde el tiempo parecía detenerse. Afuera, la lluvia comenzaba a golpear suavemente la ventana, como si el mundo quisiera acompañarlos con una sinfonía tranquila y melancólica.

Ambos sabían que lo que compartían era prohibido, que las reglas estaban en su contra. Pero su amor era más fuerte que cualquier norma, más profundo que cualquier juicio. Estaban dispuestos a luchar, a resistir, a proteger lo que habían construido.

Tom acariciaba suavemente el cabello de Dania, sus dedos recorriendo cada hebra como si fueran pétalos de una flor frágil.

—Si alguna vez sientes miedo o dudas... recuerda este momento. Aquí, ahora, somos invencibles —susurró, con voz cálida.

Dania asintió, sintiendo cómo sus palabras se grababan en su alma. Cerró los ojos y se permitió disfrutar del presente, dejando atrás las preocupaciones, el miedo, el mundo.

Tom la abrazó con fuerza, como si quisiera protegerla de todo lo que pudiera herirla. El silencio se volvió sagrado, solo interrumpido por el murmullo de la lluvia.

—¿Sabes? —susurró Dania, rompiendo el silencio—. A veces sueño con nosotros en un lugar donde nadie nos juzgue. Un sitio donde podamos ser nosotros mismos... sin miedo.

Tom sonrió, acariciando su mejilla con el dorso de la mano.

—Yo también lo sueño, Dania. Y sé que un día lo haremos realidad. Hasta entonces... tenemos este momento. Y eso, para mí, es suficiente.

Dania lo miró con una intensidad que lo dejó sin aliento. En sus ojos había amor, dolor, esperanza. Se besaron nuevamente, más lento, más profundo, permitiendo que sus corazones hablaran sin palabras.

Las horas pasaron, y la noche envolvió la habitación en una oscura tranquilidad. La luz de la luna se filtraba tímidamente, acompañando sus susurros, sus confesiones, sus promesas eternas.

Hablaron de sus sueños, de sus miedos, de lo que vendría. Se aferraron el uno al otro como si el mundo pudiera desmoronarse en cualquier momento, sabiendo que su amor era su única certeza.

Y en medio de esa noche silenciosa, entre la lluvia, la música y el calor de sus cuerpos, Dania y Tom entendieron que, aunque el mundo los juzgara... ellos se habían elegido. Y eso era lo único que importaba.

La luz de la mañana se filtraba por la ventana, bañando la habitación en tonos cálidos y suaves. El canto de los pájaros despertó a Dania, quien aún recostada sobre la cama, extendió la mano hacia el lado vacío. Tom no estaba.

Se incorporó lentamente, sentándose en el borde de la cama. Se estiró con delicadeza y se frotó los ojos, aún adormilada. Permaneció así unos segundos, recordando la noche anterior. Apretó la comisura de sus labios, intentando contener una sonrisa... pero no pudo. La felicidad la desbordaba.

La noche había sido mágica. Las promesas susurradas entre besos, las caricias, el amor hecho cuerpo. Habían hecho el amor tres veces, y aunque Dania se sentía agotada, no se arrepentía de nada. Al contrario, deseaba repetirlo una y mil veces más.

Miró a su alrededor. No tenía ropa seca, solo el vestido azul aún húmedo por la lluvia. Buscó entre los cajones algo que pudiera usar y encontró una camiseta de Tom. Dudó por un momento, pero finalmente se la puso. Le quedaba grande, cayendo por debajo de los glúteos, pero no le importaba. Sabía que tenía la confianza de Tom para usarla.

En la cocina, Tom preparaba el desayuno con dedicación. El aroma del café y los huevos comenzaba a llenar el departamento. Fue interrumpido por dos brazos que lo rodearon por la cintura. Al voltear, vio a Dania, sonriente, con la camiseta puesta y el cabello aún algo despeinado.

—¿Cómo amaneciste, chiquilla? —preguntó sin dejar de mover la espátula.

—Me duele todo el cuerpo... pero estoy feliz —respondió con una sonrisa pícara.

Dania se separó, pero Tom fue más rápido. La tomó por la cintura, atrayéndola frente a él. Su mirada recorrió el cuerpo de la chica, deteniéndose en sus piernas apenas cubiertas. Mordió su labio inferior, provocando un leve rubor en Dania.




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