Que Federico se enojara por haber peleado con Raúl me sorprendió, sin embargo, mi mente me decía que inevitablemente algo turbio sucedería si se llegaban a conocer. Efectivamente, las peores sospechas se hicieron realidad y ahora estoy lidiando con su indiferencia.
Los siguientes días le mando mensajes y lo llamo, pero él sigue manteniendo la distancia e ignorándome, tal como yo hice con él cuando llegó Esteban a mi vida; de cierta forma, siento que es el karma actuando nuevamente, dejándome claro que solo necesitaba una razón para darme un escarmiento.
El karma es una perra, de eso no hay duda, y lo que me está sucediendo es un claro ejemplo de la repercusión de mis actos del pasado; algo de razón tenía Danilo. Queda bastante claro, el universo va poniendo diversas situaciones para hacerme entender que mi vida va por el sendero equivocado; no obstante, cada día trato de redireccionar mis acciones y hacer de mí una mejor persona, aprendo cada día y tengo en cuenta los errores que cometí para no volver a repetirlos.
«Vamos bien, pero debes trabajar un poco más», me dice una parte de mi mente.
Afortunadamente, Martina ha hecho un trabajo maravilloso mientras pongo en orden todo el caos que me rodea, de lo contrario, contagiaría a la pequeña de todas esas emociones negativas del día a día. Aunque, las noches siguen siendo un delirio, poco a poco Sofia se aferra a ciertas horas para levantarse a pedir comida y para avisar que ha manchado su pañal, conforme pase el tiempo, será más llevadera su crianza; me estoy acomodando a su horario.
Han pasado solo tres días y comienzo a sentirme como una acosadora, exactamente como fue Raúl conmigo, un escalofrío recorre mi columna; supongo que Federico quiere darme una lección, al fin y al cabo, yo estuve en medio de esa batalla campal. Aunque después de tanta insistencia, finalmente contesta mi llamada.
—Hola, Paulina, ¿en qué te puedo ayudar?
—Hola —respondo, su tono de voz enseriado me estremece, solo trato de hacer lo correcto y no tengo intenciones de perder contacto con él, no después de todo lo que ha sucedido y aun sabiendo cuáles son sus intenciones—. Solo llamaba para saber cómo estás y excusarme por lo sucedido el otro día, ya pedí una orden de restricción en contra de Raúl, por si querías saberlo.
—Me alegra —dice y lo hace sin un atisbo de verdadera alegría—, realmente no fue mucho lo que me hizo, un leve corte en el interior de la mejilla y el dolor causado por los puños, pero estoy bien, nada de qué preocuparse.
—Pero te enojaste —le digo, para saber si realmente lo hizo o son ideas mías.
—Sí, estoy enojado —contesta—, primero el asunto de la bebé y luego el loco ese, me has ocultado cosas, Paulina, y espero de alguien que sea honesto conmigo, independientemente de si eres un amigo, un cliente, mi familia, etcétera.
—Tú no me dijiste que conocías a MariaTe —hablo una vez más.
—¡¿Y cómo iba a saber que ambas se conocían?! —refuta, y ahora es más palpable su frustración—. Además, no hay punto de comparación, si tengo intenciones de entrar en la vida de alguien, debo decirle si estoy casado, si tengo hijos o si estoy divorciado, pueden ser datos absurdos o innecesarios, pero son cosas que deben saberse de alguna forma, y lo de ese tipo, ¿por qué no me lo dijiste antes?, ¿por qué no lo denunciaste? Te quedaste cruzada de brazos, creyendo que se iría por arte de magia, es un tipo peligroso y tardaste en darte cuenta, si te estaba acosando debiste decirme y hacérselo saber a la policía para que tomen medidas en el asunto.
Sus palabras son como balas y una vocecilla dentro de mi cabeza me dice que tiene razón, que debí actuar diferente; siento que, en cualquier momento, la voz se me va a quebrar, pero debo mantenerme firme, al menos mientras hablo con él.
—Tienes razón, el asunto me tomó por sorpresa y no sabía qué hacer —digo finalmente—. Sabía que contaba con tu confianza, incluso pude haberle dicho a mi madre, a mi vecino... —Hago una pausa y sigo hablando—: respecto a lo otro, hice un acuerdo con Danilo, prometí no decirle a nadie, pero eventualmente debía hacerlo, sobre todo porque era cuestión de tiempo para que le llegara ese citatorio por el delito que cometió, además, con el paso de los días oficialmente se iba a convertir en mi hija. Aunque no lo hice a tiempo, te conté la razón de la bebé y lo hice antes de hacer los trámites legales; fue tarde, pero lo hice.
Escucho como Federico suspira al otro lado de la línea.
—No sé qué decir, Paulina, si seguimos por el mismo camino, no hay garantía de que me ocultes más cosas y sería una pena que pase eso, ¿hay algo más que deba saber?
—No hay nada más que ocultar —le digo, aun cuando mi voz amenaza con quebrarse—, te lo prometo y haré todo lo posible para que me creas, haré cualquier cosa para cambiar esa idea que tienes de mi, no soy una mujer mentirosa, te lo puedo demostrar..., no sé, podría cocinarte para remediar las cosas, teniendo en cuenta que íbamos a comer el otro día.
Y viene una abofeteada interna por lo que he dicho, ni siquiera sé cocinar; pero si acepta, tendré que tomar clases exprés de cocina para salvar mi pellejo. La idea ha venido de golpe, siguiendo los consejos de mi abuela, dentro de mi mente estaba ella diciendo: al corazón de un hombre se llega por el estómago. Así que decido esperar, incluso puedo lidiar con un rechazo de su parte.
—De acuerdo, Paulina, iré a cenar y podremos charlar mejor, este no es el mejor de los medios para hablar, y..., sí, te daré la oportunidad de redimir tus acciones —dice, y su tono de voz ha sonado más calmado, recuérdalo siempre, odio que me oculten cosas.
—Bien —expreso—, te mandaré los datos por mensaje; ten un buen día, Federico.
—Te veo más tarde, espero no haya más sorpresas —contesta.
—No las habrá, hasta pronto —me despido y corto la llamada.
Mi corazón amenaza con salirse de mi pecho, me pone nerviosa el hecho de haberlo invitado a cenar y lo único que hacer es preparar un huevo y calentar agua. Mi mamá hizo intentos por enseñarme a cocinar desde los ocho años; Rosita también lo intentó en una ocasión, pero esos débiles esfuerzos, solo sirvieron para darme cuenta de que no todas las mujeres están hechas para la cocina y, la muestra irrefutable de eso, soy yo.