El vuelo de mis padres es en la mañana del lunes, mamá había dicho que viajarían en horas de la tarde, pero encontraron un vuelo económico, el cual es de los primeros en salir, por lo que fue una gran oportunidad que no pudieron rechazar.
Me he enterado porque mamá me ha llamado diez minutos antes de subir al avión, típico de ella, siempre me sorprende en cada ocasión y eso me encanta.
—Ustedes son increíbles, se supone que habíamos quedado en que viajaban por la tarde —me quejo.
—Lo siento, cariño —se disculpa ella—. Encontramos vuelos baratos con otra aerolínea y Édgar está ansioso por llegar a la capital, según el itinerario, llegaremos en una hora. Sí, el café con leche, disculpa, hija, ya debo irme.
—De acuerdo, mamá —contesto—. Acabo de llegar a la oficina, pero veré si puedo ir a recibirlos en el aeropuerto, que tengan un buen viaje.
—Relájate, aunque estés muy ocupada te vamos a esperar —ataja ella con alegría en su voz.
—Hablaremos más tarde, no estoy muy ocupada, pero tampoco puedo irme intempestivamente, hablaré con mi jefe, cuídense mucho.
—Te amamos, hija —chilla papá, al otro lado de la línea.
—Yo también los amo, adiós.
Corto la llamada y organizo el montón de papeles que tengo sobre el escritorio. Si quiero ir al aeropuerto, debo mostrarle resultados a Eleazar, de lo contrario no podré salir sino hasta la hora del almuerzo, y lo que menos quiero es eso. Además, lo conozco desde hace mucho tiempo y es un aficionado al trabajo, le gusta la gente comprometida y responsable, y, resulta que, cuando me lo propongo, me convierto en alguien bastante responsable.
Mi atención para esta semana es la revisión y asesoría de una compañía que está en proceso de liquidación, todo el trámite es engorroso, pero me mantengo alegre y con una actitud positiva, nada gano haciendo pucheros o quejándome de lo mucho que hay por hacer. La empresa en cuestión, está tan llena de deudas, que se han quedado sin fuentes de ingresos y, por alguna razón, me recuerda a Federico. De no haberse podido fusionar con esa empresa, estaríamos asesorándolo sobre ese tema, afortunadamente no se llegó a ese punto, todo salió justo como él esperaba y, también, como yo pensé que terminaría: un éxito rotundo.
Aunque soy ordenada con mi trabajo, no puedo evitar dejar un montón de papeles dispersos por todos lados; me enfrasco tanto en el tema que, esa parte desordenada que me caracteriza, entra a hacerse notar, no lo puedo evitar. Iluminada por una luz superior, Eleazar no hace ningún reclamo referente al tema, dice que cada quien tiene su forma de trabajar, y tiene razón.
Una vez ordenados los documentos, camino hasta la oficina de mi jefe y lo encuentro hablando con Margarita, la otra jefa, una mujer alta e imponente de cabello abultado y corto al estilo Dora La Exploradora, cuya diferencia es que tiene el cabello color vino tinto; un rostro de porcelana que disimula perfectamente que ha superado los cincuenta años; unos ojos pequeños y oscuros; una nariz es fina, al igual que sus labios. Es toda una belleza para la edad que tiene y sus facciones dan a entender que es una mujer rígida y de temperamento fuerte; algo no tan lejano de la realidad.
—Con permiso —me anuncio—. Espero no interrumpir.
—Pasa, Paulina — indica Margarita—. Eleazar y yo estamos discutiendo un tema muy importante; valoramos el trabajo de cada uno de nuestros asociados, sin importar su antigüedad y queremos recompensar a uno de ellos —sigue hablando mientras la observo atentamente—. Estamos evaluando la posibilidad de que uno de nuestros empleados se convierta en socio de la firma, eso quiere decir que pasaría a tener el título de gerente asociado de la empresa, sabemos que eso conllevaría a una posterior reforma al título del bufete; en fin, estamos viendo todas las posibilidad y sus repercusiones; debes saber de primera mano que tienes méritos para llegar a ese cargo, Paulina, te has sabido destacar en el trabajo y creemos que eres muy capacitada para llegar a nuestro nivel, para ser una más de este panel. Como sea, más adelante daremos más detalles y perdona por esa breve introducción, ¿Qué te trae por aquí? —pregunta.
Había olvidado por un minuto lo parlanchina que es Margarita, una vez que comienza a hablar, no hay quien la detenga. Siempre que inicias una charla con ella, te deja hablar después de sus varios minutos de conferencia. Es una buena oradora, eso no se puede negar, pero por momentos se vuelve irritable verla hablar y hablar como si no hubiese un mañana.
—Solo venía a solicitarles que me permitan ausentarme..., tal vez por una hora y media —le explico—. Mis padres vienen a la ciudad y no tienen llaves de mi apartamento, solo será ir a recibirlos al aeropuerto e instalarlos en casa, lo cual no me llevará mucho tiempo, al menos, eso estimo, todo depende de la congestión que haya y el tiempo que tarden en bajarse del avión.
Con tantas palabras que he dicho, me siento como Margarita: una parlanchina más, pero después recapacito, y me doy cuenta de que es por un bien mayor; sé que están llenos de cosas por hacer, razón suficiente para darles una excusa convincente. De igual forma, es por asunto familiar, no habría forma de que se negaran, además, siempre he sido honesta con ellos y nunca les he mentido.
—Adelante, adelante, por mí no hay ningún problema —dice Eleazar—. ¿Tú la necesitas para algo, Margara?
Hace mucho tiempo que no escucho ese mote. Es el único de la firma que puede permitirse llamarla de esa forma, son amigos de muchos años y eso explica la forma de referirse el uno al otro, ella por su parte le dice Eli, aunque es un sobrenombre que perfectamente puede tener una chica, la confianza que tienen es enorme y viene de muchos años atrás; tengo entendido que se conocieron en la facultad —tal y como conocí a Sara—, de ahí que se hablen con ese tipo de apodos y, mientras no se preste para discusiones, que se sigan llamando como más se sientas cómodos, es un tema que no me concierne, pero que a mi mente llega mientras espero a por una respuesta.